miércoles, 25 de mayo de 2016

Casa rural y Van Gogh

De Internet

La mañana se abría con la luz que destilaba la ventana de la habitación del hotel rural. Daba a un campo, de cereales, según creyó, salpicado de amapolas. Le recordó a un cuadro de Van Gogh que había visto en una exposición temporal.
Esos días de vacaciones, ante una primavera de ocio improvisado, le regalaba días de asueto sin planes, casi como inacabables días de verano de la infancia. Había llegado de noche, sin perderse, por una vez,  a las afueras de un pueblo de 600 habitantes, según google, gozando de un aire limpio que le despertó el hambre y el recuerdo de Paula, la chica de la panadería de ese lugar quien le bautizara en artes ignoradas.
Tras una ducha, y con un desayuno digno de un marajá e el cuerpo, se enjaretó unos pantalones de deporte del Decathon, unas zapatillas muy usadas y una camiseta de be Happy. El camino de tierra que tomó rompía un bosque, donde el cantar de unos pájaros le invitó a sentarse bajo un pino. Así, con el sol tamizado entre las hojarasca moteada de piñas, sintió la paz de estar libre de  culpa, libre de relojes, libre de ataduras.
Debió de dormirse unos minutos, tal vez menos, pero revivió una tarde de adolescencia en la casa de veraneo de Pablo, un  compañero de COU, donde el paisaje recordaba a un nacimiento de Navidad. Un perro ladraba ahora, y él,  soñaba aromas de juventud cargada de sueños por desenvolver. Al lado del can había una mujer, de unos cuarenta, con short azul y blusa roja con lunares blancos.  Se levantó y, mientras miraba cómo ella jugaba con el perro, señalando ambos algo en el suelo, sintió un rubor en las mejillas; un calor que, como un incendio, y de los pies a la coronilla, le iban despertando los mismos instintos de saberse vivo que aquella noche en que, con diecisiete años, en casa de  Pablo, no escuchara más voz que la de corazón. Derritiéndose de pasión, eso sí, con reconocible torpeza vista desde el hoy, sobre una era  ya segada, reventadita de amapolas saltarinas alrededor de una muchacha que oliera a pan.

viernes, 20 de mayo de 2016

Escritor a tiempo completo

La tormenta se había  ido acercando, persiguiéndole tal vez, hasta que al filo de las diez de ese trece de Marzo, primer día de su retiro, estalló en mil pedazos. Justo, además,  cuando había cometido el error de ir  a comprar víveres en el único colmado que permanecía abierto todo el año.

Decidido a encerrarse el tiempo que hiciera falta hasta dar con un Premio Planeta, había pedido  una excedencia de su puesto de administrativo del INEM.  Llevaba un año haciendo cuadrar los ahorros. Un año escribiendo minirrelatos que publicaba en su blog. Un año debatiendo con María si su amor era de ida y vuelta, de juguete, de mentira, de interés o de arrebato ya pasado a mejor vida. Demasiado tiempo sin dejar  ir ni pedir quedarse, se confesaron un día,  decidiendo, de mutuo acuerdo,  un divorcio sin matrimonio previo. Un año engarzando ideas para su novela. Como perlas. Haciendo croquis y tablillas donde sus personajes iban aumentando en marañas de hilos sobre un corcho en la pared  del despacho. De ese mismo despacho, lleno de luz y vistas  a la Diagonal, donde María le inspirase, cual musa alada, en esos cinco años de amor por encontrar, tantos poemas como  besos inventados. 

Y como ocurre a veces, las cosas se alinearon a la buena estrella, y llegó Marzo,  con su firma de permiso sin sueldo pero con puesto. Y llegó el día ansiado en que encargó a su hermana el riego de algunas plantas, y al banco instrucciones de pagos precisas. Y hasta llegó con la algarabía de un lavado de coche para estrenar su etapa de escritor en serio. Al fin llegó el día en que su mejor amigo, Pablo, le hizo entrega de las llaves del famoso apartamento cara la mar que no habitaba nadie desde la muerte de los abuelos.

Los recuerdos de adolescente en esa urbanización, con Pablo y sus casitas de pisos imitando estilos de España, le sabían a lecturas clandestinas y borracheras primerizas. A timbas de póquer y salitre en la bragueta. A Coca-cola con vino y a turistas en topless. Era ese sabor a pandilla de amigos, a juventud y sueños por desenvolver.

Pertrechado con su portátil, sus ganas de comerse a las editoriales, su necesidad de escribir hasta dejarse la piel  a tiras, y una maleta tamaño cabina, se dispuso a poner en marcha el motor de su aparcado sueño y consiguió aparcar el coche antes de que la segunda gota de lluvia hiciera acto de presencia  ese viernes de estreno.

Se descubrió  ignorante de cómo se daba electricidad en ese piso, pero decidió buscar comida antes de que nada, y la lluvia de primavera, espléndida ante el mar, le dejó calado hasta los huesos, buscando el llavín, cargado con tres bolsas del único colmado de "toda la vida". No importaba tener luz o no. La lluvia tampoco importaba, porque primavera es eso, un tronar con ratos de sol que abren el apetito de luz. Se enfrascó ante el portátil con un bocata frío mientras las musas le dictaban a la oreja en un primer instante. Luego se entretenían mirando las gotas resbalar por las vidrieras que tapizaban la vista, y no dictaban nada, ni revoloteaban, ni estaban, parecía.

Llegó la noche y encontró el conmutador de la luz, descubriendo que el olor a cerrado de los armarios escondía mantas húmedas y frías; que la nevera funcionaba pero un radiador de calor no, y que la tele no había errado al decir que ese fin de semana sería pasado por aguas abundantes en todo el litoral y es especial en la Costa Dorada.   

En la mañana del lunes se percató de que había bebido demasiado del whisky  que estaba en un mueble bar años setenta,como entonces, y de que el ulular del viento entre las persianas venecianas medio carcomidas le habían dejado a punto de sucumbir.

El apartamento de Roca de San Cayetano, tan en primera línea de mar y con esa terraza tan maravillosa había resultado una ratonera para su nostalgia, pero sólo a los quince días, ante una primera página de un texto en Arial 12 que se había congelado, y un vaso vacío en la mano y una manta sobre los hombros, comprendió que alguien en el espejo del comedor, se había despertado hambriento de su hoy.

martes, 10 de mayo de 2016

Juego de adjetivos

Estos días voy escuchando ramilletes floridos de adjetivos sobre representantes de partidos políticos. Como si dijéramos que se acercan nuevas elecciones, que serán una repetición de lo sabido, con resultados similares y pactos de obligado cumplimiento, ahora como premisa previa.

Me permito poner un juego de adjetivos, referidos sobre el presidente español actual, por diversos autores, recogido vía copyleft, de las redes sociales ante las votaciones de 2011 que ya usé. Es que toda esta película me suena a dejà vu 


Como arbitrario y caciquil que era, abrió su  ampuloso ego y con afán  crematístico, y en  modo diferido, quedó  sobrecogido.

Un  ruin, avaro, bribón y bellaco rey del mambo, cual usurero, hizo de recortador. Tan egoísta, falso, demagogo y  cínico como el  cobarde y represor que era, rehízo un rancio credo.

Contrató a un ganapán que transportaba a un  gañán violento, charlatán y  sofista.  Siendo de natural insolidario, retrógrado, prepotente y estólido, encontró indecente y  torticero al internauta y sin mediar  hipócrita razón, como oportunista, mentecato, machista y engreído que era, en el anonimato de las redes se creció.

Vestido de soplagaitas y ramplón, garrulo por charlatán y zafio y  marrullero de vocación, siendo  estulto por necio, trolero de nacimiento, fulero por la primaria, farfullero por la edad del pavo, e impresentable de herencia, quedó gaznápiro y embobado.

Como el gandul y perezoso, el holgazán y haragán que era, trabajó de remolón, de zángano de un panal, de indolente de salón.

Ya mayor, y aún negligente, entrenó de engañador, de mentiroso infantil. Y ya puestos en la senda de ser mentiroso, embustero, farsante y tramposo, prosiguió su carrera de estafador.

No es inventado. Este cuento no es falaz. Ni roza lo fraudulento. Pues aunque  ilusorio o supuestamente  irreal, no es capcioso. Es el reflejo en absoluto artificioso, de un  corrupto. Que por  embustero recalcitrante, parece asustaviejas y agorero. 

Aunque sólo sea un  memo, un  palurdo, o un ceporro, ese que parece lelo, sólo es... un simple e infeliz  bobo. Poco más y poco menos.

martes, 3 de mayo de 2016

Ya me cansé

Ya me cansé de ese vivir agonizante.

De ese vivir buscando la muleta para sueños,
cual clavo ardiendo que no me queme una vez más.
De ese vivir desenmascarando falsas risas,
esas que exhiben los mercados de quita y pon.
De ese vivir desconfiando de chupitos de cianuro
que en dosis homeopáticas nos brindan día tras día.
De ese vivir entre afectos con remiendos
que nos oferta la cobertura de  la línea de internet
De ese vivir con vestido para la ocasión
con risas en falsete entre falsa dentaduras.
De ese vivir de luna de espejo desvencijado
que se niega a mostrar suavemente mi alegría.
De ese vivir atado a leyes de hipocresía,
del mercado de valores basado en curvas y edad

De ese vivir sin vivir en uno, con cada telediario,
que nos muestra, cámara en mano, la pequeñez del ser.
Si es que es un vivir de discontinua agonía.


Así que, lápiz en ristre,  de garabato me pintaré.

jueves, 28 de abril de 2016

Segundo tren

José, Pepe para los amigos, se sentaba a media mañana en un banco del andén dos, aunque sólo viajaba a Madrid los domingos para ir al Retiro. Allí pasaba los festivos mientras iba vaciando de a poquito una bolsa del pan sentado. Lo iba troceando menudo entre semana. Lo hacía mientras añoraba el trajín por la cocina de María. Días de fiesta entreteniendo la ausencia de la  mujer de su vida,  con el grato afán de algarabía de ese derroche de vida. A través de niños y parejas, turistas y barquitas sin prisa por naufragar, se daba casi en olvidar el zarpazo de esa ausencia incompresible, para regresar a Torrejón en la tarde, a por su cena solitaria.

El día en que entró en la estación una mujer de su edad, con un libro en una mano  y un bocadillo en la otra, vistiendo una mirada primaveral y un apetito de saberse viva, supo que había llegado su segundo tren, y decidió,sin calcular por una vez, seguir a su intuición y no dejarlo pasar.


sábado, 16 de abril de 2016

Poetas oliendo a mar

El bar tiene mil cachivaches, un piano añejo, una barra de madera y unos clientes especiales.

En parte, como es fácil de imaginar, porque el propietario tiene un concepto de la hostelería que va más allá de unos pinchos de tortilla o de diseño, y en parte, porque su ubicación en la zona bohemia de la ciudad, hace que ni haga falta tener màquina de café, pero  sí en cambio grandes  cantidades de paciencia y de amor al arte, o de por amor al arte.

Cada sábado, en la zona de atrás, sin obligar a clientes a que dejen espacio, los poetas que se reúnen allá, hacen un corro con sus sillas. A veces conectan el altavoz, y esos días la música de fondo del bar se deja muda, para que las musas revoloteen sobre los peinados de oidores y rapsodas. Sobre la pàtina de decadencia y la de proyectos por estrenar. Sobre las piernas de quienes sostiene el mundo con sus visión poética de la vida y de muerte.

Esos días de sábado, sanadores diría yo, y que no son de sabadete ni con camisa limpia ni con polvos de estrellas, la noche se viste por ese rato que antecede a la luna de los sueños,  de algunas voces.

Las voces  cobran vida en las manos del rapsoda que comparte espacio con la mujer atractiva que ejerce de tal. Cobran vida en las miradas de soslayo a los escotes de las poetas que escriben de unas esencias de poesía con vainilla. Cobran vida en los ojos del poeta que late y se transparenta  bajo el casco de moto, o las zapatillas de marca.

Las voces empujan los corazones, los elevan, o los hacen caer en remolinos de amapolas bajo la luna. Esa luna que hace su entrada sobre el cielo de la ciudad de las fantasías. Porque una noche a la semana, los locos poetas de un bareto de imposible etiquetado, se reúnen a aullar a a la luna de los sueños y  de la sangre.  A la luna de los lobos y sirenas que saben a mar.

jueves, 14 de abril de 2016

Piensa en que no hay gato y desaparecerá


-¿Has visto?, Qué cojo va, ¿no?
-Le habrá enganchado la pata esa  maldita puerta del bar
-Espera Fly, que se acerca. Le preguntaremos.

El gorrión de la pata colgona daba saltitos, por acercarse a un fragmento de croissant que había quedado junto a una piedra  tocando al estanque

-Eh, tú, gorrión…sí, tú... acércate
-¿Qué quieres pez rojo malhumorado?
- Saber qué te ha pasado, hombre, nada más
- ¿En mi pata derecha?. Pues un mordisco
- No lo puedo entender, ¿quién te mordió?
- Un gato negro, peludo, gordo y salvaje al que jamás había visto.
- Pues será uno que estuvo el otro día mirándonos, ¿verdad Fly?
- Ni idea. Este nuestro estuvo a punto de tirarse al agua para cazarnos. Metía sus manos, con las garras a punto, y tuvimos que escondernos bajo un nenúfar. Y a ti… ¿qué te hizo?
-No me fijé en que acechaba tras unas hojas bajas del matorral. Estaba tranquilamente comiendo migas de un bocata de jamón, cuando sin más ni más, sin escuchar nada antes, sentí un dolor en la pata. Tiré de ella y el gato me dejó ir, pero creí quedarme sin mi preciada pata para siempre.
- Y yo venga a advertirte de la puerta del bar, y ahora resulta que hay un peligro mucho mayor.
- ¿Sabéis de quién es?, dijo el gorrión cojo
- Nosotros desde dentro del agua vemos sólo regular, pero juraría que una musa delgada y, de pelo corto, estuvo hace unos días jugando con un gato. Creí que era a rayas, como el de Alicia, pero ahora no podría jurarlo.
-Si sabemos de qué musa, podemos hablar con el escritor y que haga que su personaje se deshaga del gato, ¿no crees Fly?.
-Lo que yo  creo es que puede ser el personaje de un cuento que esa musa dicta al oído de un escritor, y si es así, tenemos gato para rato.
- Pues lo que yo creo- dijo el gorrión cojo- es que no es un personaje, porque tiene dientes de verdad. Podríamos decir a Antonia, del bar, que ponga una trampa para gatos, le cace y le lleven a un refugio para gatos sin dueño, porque yo no puedo perder otra pata.
- Ni nosotros la cabeza, que necesitamos para pensar.

Se despidieron. Un gato se acurrucaba entonces sobre el regazo de la musa Victoria, mientras el señor de gafas seguía buscando un personaje con gato negro que había perdido entre un relato de casonas y otro de conciertos en terrazas