sábado, 31 de diciembre de 2011

Luces de mar.



Salió a la calle con la sensación de que la temperatura estaba realmente agradable, a pesar del frío que abrazó su cara bruscamente. Las calles estaban alumbradas por árboles engalanados con cintas de luces diminutas que convertían la avenida, a sus ojos, en una pista de despegue hacia la noche oscura.

Al lado de un buzón, un arbusto se estremecía con el mismo adorno lumínico, y él se sorprendió contando mentalmente las copas que había ingerido desde el inicio de aquella cena.

El aire a su alrededor brillaba y no podía hacer más que sonreír, curioso y encantado ante ese artificio de luz y de ilusiones visuales. Se sentía un pez ante unas breves llamas vegetales a su alcance.

Cerró su puño sobre una de las luces, y sintió el tímido calor que atravesaba su carne para hacer brillar su piel, pero al desplegar sus dedos, lentamente, la luz, progresivamente blanca y azulada, se fue apagando sobre la palma de su mano. 
El aire seguía brillando con esas minúsculas estrellas artificiales que aparecían y desaparecían en un espacio similar a un cubículo que le invitaba a entrar. Avanzó un paso en la acera, y siguió contemplando el espectáculo constante que hacía trucos de magia con sus ojos y su piel.

Esa efímera e intensa vida de cada punto de luz, le producía la sensación de estar en un hábitat ajeno, donde el arbusto y él eran los únicos habitantes de la noche. Sin dejar de ser consciente de la realidad, se dejó llevar por el embrujo de esa sensación a medida. Sintió incluso que las baldosas respiraban burbujas de luz, ascendentes, pequeñas y plateadas, como de un fondo de un acuario a escala de su cuerpo.

Sintió la vívida experiencia de sentirse un pez sin aletas ni branquias. y casi pudo sentir la sal en el dorso de sus manos y el olor a salitre en el aire.

Cuando de forma súbita todas las luces de la noche navideña se apagaron, se sintió aún ingrávido y desnudo, ante la ausencia de esos luminosos latidos de un prodigio que su mente quiso fabricar, hasta llegar a cubrir su piel de un polvo plateado que brillaba como las escamas de un pez. .
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lunes, 26 de diciembre de 2011

La sombra.


Hoy la sombra del espejo se ha decantado por cobrar vida, en ese trayecto sin retorno de irse vistiendo poco a poco, y año a año, de un oscuro rencor cada vez más oscuro y más espeso. 

Demasiado tiempo prolongando el ego de ese ser abyecto en su cortedad de miras, en su hedonismo absurdo, y sus ínfulas de todopoderoso. Cuando se decide a atacarle, descarta un ataque por la espalda. Quiere ver su rostro antes de destruirle, entre la viscosidad de sus brazos. Se crece hacia delante desde el ángulo imposible de la luz mortecina del vestidor que la envía hacia atrás.

Lentamente se va transformando. Su densidad va en aumento y, haciendo un rodeo, consigue abarcar primero los hombros de su creador, y posteriormente formar una masa ante él. Puede verle con su sonrisa de triunfo, su eterna mirada altiva y desdeñosa, y el ademán de soberbia de un ser odioso apegado a su ego.

Poseedora de la certeza de que la imagen domesticada que regala el vidrio debe ser destruida, se demora en su abrazo calibrando que con esa aniquilación se irá la dimensión física de su propia existencia. Ya es demasiado tarde para retroceder su silueta a la posición inicial sobre la puerta del armario de tres cuerpos.

Cuando unos dedos vestidos con un solitario de oro trazan un nudo en la corbata de seda a rayas, ella constata que él no se apercibió de la densidad acumulada a su alrededor, ni del negro dolor que tras él ha ido dejando en cada escalón de su carrera. 

Cuando el tipo envidiado y laureado puede sentirla y reconocerla, se estremece, y el pánico le asalta al notar unas manos que aprietan con mayor intensidad de la que ordena su cerebro.
Siente entonces una niebla densa como el mercurio que aprieta su tráquea. Esa oscuridad asfixiante sí le devuelve la imagen del espejo, junto a una opresión en el pecho. 

Benlliuere. Relieve del pedestal a Goya. En calle Felipe IV de Madrid


Puede verse boqueando, con los ojos como sólo ha visto en las pescaderías, y una especie de esfera perfecta, de negro humo que va penetrando en su boca entre unos labios azulados. 

Siente un olor a alquitrán denso de odio y de afán de destrucción sin cuartel. Sus manos luchan, enloquecidas, contra un nudo y un botón de camisa. En un último intento de dejar paso al aire, desvía la mirada hacia un lado, buscando un respiro y una oportunidad de salir vivo.

Una figura alargada, con una guadaña apoyada en el suelo, le señala una lámina enmarcada de un cuadro de Goya mientras le mira en calma, bajo el quicio de la puerta.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Amor derretido.

Jugaba a instar a los dioses menores a un pacto con él. Como uno más de los estúpidos seres desterrados del averno cuando en su juego absurdo nos quisieron hacer creer que somos algo más que sus elucubraciones teñidas con un soplo de agua y una pizca de sol de segunda mano. Jugaba con las palabras en la noche fría de la barra de un bar, frente a esa mujer con pelo de Magdalena y aires de Cleopatra. Con dos bromas bien trabadas y unos versos prestados, las palabras actuaron como pócima dulce en los labios de un chamán vestido de gala y apremio, de promesa y eternidad.

Ella vestía un tejano y un halo de tristeza y en sus pestañas la luna se había dormido en la noche de su negrura. Cruzaron la puerta y el aire a Navidad les hirió en los ojos. Las luces de la calle zigzagueban en tres tonos de verde y la esquina retenía la luz de un farol viejo, tan viejo, tal vez, como sus vidas.

Cuando en el cuarto de una pensión sin nombre se miraron, se vieron por primera vez. Con el pestillo echado y la sombra de sus cuerpos derritiendo la luz de unas lamparitas imposibles, oyeron risas flojas y pisadas sin cuerpos por la escalera de madera, gastada y sin remedio.

Se acariciaron mudos los cuellos y sin dejar de besarse fueron desabrochando botones, fueron abriendo los poros y fueron cerrando cicatrices. En el primer asalto a un tren de mercancías caducadas descarrilaron los vagones cargados de miedos y desesperanza, que cayeron resbalando por el terraplén del pasado dando vueltas de campanas.

En el segundo asalto adelantaban las pelvis y dejaban sin destinatario el respirar agitado y rojo. Y en cada beso ella buscaba las palabras redentoras que él seguía inventando desde el más profundo interior que conocía y que se deshacía ahora en palabras blandas y firmes, tiernas y azules.

Y en cada beso él buscaba la vida en su boca como el aire en la mañana que estaba por descubrir.

Acomodaron las cinturas de sus cuerpos, luchando contra la vida y la muerte, en una carrera loca de suspiros mudos. Rebobinando el reloj, quedaron presos de esa nada donde quedarse prendidos de ese placer profundo y roto de contracciones y espasmos. En ese instante, mordiendo cada uno su propio puño, ahogaron el imparable grito de victoria sobre la muerte.

Gorro arlequinado.

Foto tomada de un cartel.

Por la rendija de sus ojos entró un amor de contrabando, con su envoltorio de peineta y un lazo de seda azul. Se agrietaron las paredes de suspiros y arrebatos. Se habitaron las noches de sueños confusos y de despertares salados. De alimentos que no sacian y de agua que no hidrata.

Quiso epatar a su sombra y se dispuso a emprender el camino mil veces desestimado, el de buscar la fusión de redimirse en ella, entregándose desnudo en un mar por dibujar.
Diseñó con calma un andamio de estrategias de conquista, con un arsenal que iba creciendo a medida que resultaban invisibles a su corazón de junco. Se fue demorando en sus ritos cotidianos. Se desvelaba al hilo de un pensamiento circular. Se desbordaba en una imagen imposible de pieles fundidas y alientos compartidos. Se iba dejando las horas en un cajón de tiempo muerto y en un quedarse en los huesos. Los días iban pasando y ella seguía impermeable a la lluvia de su amor disparatado.

Cuando hubo de rendirse a la triste realidad de que dos son solo uno si ambos reman en una misma dirección, desanduvo los anhelos. Se dejó precipitar en el llanto denso y oscuro de una certeza tan vieja como la vida. Y esa noche de Mayo, dispuso en la mesa las más bellas palabras, las metáforas más sutiles, los sentimientos a jirones de carne trémula y sangre coagulada y vio llegar la aurora, teñido de desaliento y armado de dislate, con el pelo enmarañado y los ojos enrojecidos en la mirada perdida tras las gafas.

El soneto era perfecto. La obra nacida del desamor estaba escrita. Cuando pudo leerla a través de los restos de las últimas lágrimas, tomó el papel y lo dobló en dos en un postrero afán de cerrar una grieta que en su desarrollo destruía toda la casa. Justo antes de volver a doblar en dos el rectángulo donde había dejado su alma prendida a unos renglones, algo muy hondo le hizo plegar hacia afuera los extremos de papel y se lo colocó en la cabeza. No se detuvo a mirar la imagen en ningún espejo.

En el gorro de papel arlequinado dejaba descansar el sueño de reinventarse.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Llamada perdida.

Vétigo, obra de Antonio Sánchez-Gil


Me sentí envalentonada porque la imagen de mi espejo de baño, dejó que la niebla se dispersase. Me vi magnífica. Espléndida. Acabada de pintar por pinceles de marta y pigmentos de arcilla.

Cuando la tenue luz de la mañana, con la magia de una promesa, fue calentando mis horas, incluso aquellas en que ya no te esperaba, me destruyó el instante en el que el impulso de mi corazón te había olvidado. 

Porque era ocasión de abrir otra puerta a la vida. Ocasión para pasar página y rehacer lo vivido. De acomodar en mi almohada la levedad de tu talle para enterrarlo, y no sufrir más por la hoguera de mis sentimientos caducados.

La llamada perdida en el móvil me recordó, por un breve instante, que sólo estabas a diez horas de avión. Pero no eras tú quien llamaba.

Me pilló pensando en ti cuando sonó. Descerrajé el candado de un baúl intangible, para recuperar la brisa que creí olvidada. Esa ahíta de aroma de playa y canela, de sal y agua, que quedó prendida en mi pelo cuando te amé. Por última vez. Cerca del mar

Ya no sé qué debo hacer, porque me cuesta, y cómo me cuesta olvidarte.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Miembros fantasmas.

Tomado de Google

Perdí las alas en una jugada de black-jack. La banca tenía un as de corazones. Con un 10 de tréboles me las jugué, a falta de más efectivo o de mejor aval. Cayó como una losa un seis sobre el tapete.  Pero los halos de mi musa me ronronearon en mis oídos, pidiéndome una nueva carta. Con seis, de picas,  me pasé.

El juego no perdona. Podían enviarme al infierno sin más, pero prefirieron cercenarme las alas, con la intervención de un anestesista vía MIR, que agradezco, pues en vez de usar una desnuda espada vengativa y justiciera, que cayera del cielo caída del sin más, no sentí dolor alguno. 

Ahora luzco unos muñones a la altura de mis omóplatos y, por un instinto atávico, muevo unas alas invisibles haciendo el ademán de volar. Puro espejismo.

No consigo desplegar esos apéndices que ya no tengo, pero que sigo sintiendo como un miembro fantasma más.

Guiso de amor.

Óleo de Modesto Trigo

Puso en adobo las promesas que se hizo a los quince, con una pizca de guiños a Mafalda y un buen pellizco de Cortázar. Tenía que dejarlo reposar siete horas.
En la noche le presentaron a una mujer que, de entrada, no le sugería gran cosa. Tenían, eso sí, algunas aficiones comunes, y exhibía un gran sentido del humor, sobre todo cuando las llaves de su casa se le cayeron del bolsillo al salir del coche. Lo que permitió ofrecerle la suya hasta hallar un cerrajero o encargado de alcantarilla.

La noche llevó a la madrugada, tras una leche con Cola-Cao que se les antojó a media noche, unas risas con la torpeza de ambos para desabrochar el sujetador, y una entrega, entre ladridos del perro vecino y el fresco que la bomba de frío anárquica .

Por la mañana temprano, Pablo cortó las verduras frescas de sus sueños, a pequeños dados, mientras un diente de ratón Pérez hacía de base para el sofrito. Como requería una buena base de calor, de magia y de inocencia, las verduras debían esperar a que estuviera doradito el ajo, pero sin quemarse. Lo justo para no perder la fe en la magia. 

Cuando el olor a verdad de la buena, y el color a natillas, le indicaron que era el momento de poner las verduras, las depositó con cuidado, removiéndolo todo con una espátula de madera de chopo, bañada en luz de luna. Sabía de la importancia de cocinar sin prisas este guiso, para que todos los ingredientes pudieran desprender su aroma. Parecido al de las aulas donde reinan, en las manos, las gomas de borrar y el pegamento en barra. Sólo a fuego lento se hacen los mejores platos.

Dispuso entonces, en la sartén, los pedazos de promesas. Estaban radiantes, rojas y salvajemente húmedas por el adobo. La luz de la cocina hacía brillar los hilos de esperanza que constituían las fibras de esa carne, el ingrediente estrella.

Tapó la sartén con una tela ignífuga, hecha de la seda de un gusano especial. Uno criado en las moreras de un lugar recóndito, que tiene la virtud de producir un tejido que atrapa el amor entre sus finos hilos, sin dejarlo escapar jamás. Con el guiso tapado y el aroma a primavera en la nariz, se quedó sentado en la silla plegable de la cocina, con los oídos abiertos a la música que el chup-chup iba deslizando por el alicatado, por encima del ruido de los coches de la calle, e incluso por encima de su propio corazón con una arritmia ahora adornado. 

Ese era el sonido del hervor de agua cargada de mañana, que compartiría con esa desconocida, en la mesa del patio, bajo aquel limonero que inició su floración en el instante en que ella, con ese beso del sueño, despertó con él a la savia de todos los árboles frutales de todos los jardines de su reino.

Apagó el fuego y se dirigió al dormitorio. La vio dormir profundamente, con el hombro derecho al aire, la comisura de los labios entreabierta y un respirar profundo y un pelín sonoro. Su pecho se movía sólo suavemente con cada inspiración y él se sentó a su lado, en la cama, 

Quería despertarla raudo, para que ambos pudieran almorzar un desayuno de ensueño, bajo la sombra del sauce que teñía la mesa de teca de placidez y paz, pero al verla tan tranquila, y tan dormida, se quedó mirando sin más su pelo, y sus labios. Sin poder saber qué aromas y suspiros nocturnos le cobijaban sus sueños, se acercó a ella y puso su cara sobre la suya. La notó hacer un gesto y oyó flojito...”hola amor”. Ambos se quedaron ahí, en silencio, en una quietud absoluta. Llegaba un aroma que ella no podía resistir, porque le traía el recuerdo de la salida al mar en su último verano en el colegio mayor de Madrid. Con su mochila de anhelos y deseos escondidos bajo el pupitre. 

Ese aroma a “hoy es el mejor día de mi vida” le hizo despertar sonriente. Sonrió aún más al verle sentado tocando con su cadera, sus piernas flexionadas. Con la mejilla  de él sobre su propia mejilla, y ese olor a sofrito de caricias por abrir. 

Se miraron a los ojos, hasta verse reflejados en la pupila del otro, sin dejar de sonreír y, sin pronunciar palabra alguna. Él le ayudó a acomodarse en la cama, como en un desperezarse, donde ella abría sus brazos y luego lo abrazaba, quedamente. 

Se recorrieron, con las yemas de los dedos, el pecho y el abdomen, mientras iniciaban lentos movimientos de cintura, que acompañaban un terco asedio de la posición supina, mirándose, sonriendo siempre. Pablo simplemente se dejó llevar por el aroma del guiso, y por el regusto de la noche, con esa mujer, que en unas horas le regresó la dicha de saberse vivo. Se retuvieron las piernas, y como en un baile de disfraces, pero sin máscaras, pudieron galopar al ritmo de sus latidos, precipitándose en un mar de agua salada. 

Cuando ella estuvo llena de amor, y en su tercer alunizaje sin paracaídas, se fundieron, juntando el dolor de ambos, entre rítmicas muertes, que una dicha que les hizo renacer. 

Riendo, y llorando, salieron al sonido del barrio y sus reclamos. Salieron juntos del nudo en el que no podrían dejar de entrar  y salir una y mil veces, desde aquel día, para degustar el guiso de la vida al fin.

Comida rápida.

En el quinto día sin comida caliente miró su bocadillo por la cara y el envés. Dio dos mordiscos calculando el agua que necesitaría para engullir la totalidad. Se levantó del muro y con cuidado depositó el resto, perfectamente enfundado en su papel de plata, en una papelera.

Cansado de cocinar para quemarse, lavar con el “nanas” los fogones y por fin tener que quitarse el reloj para lavar un solitario cubierto, fue al Opencor a comprar las cápsulas All-eat. que acaban de sacar a la venta y que vio anunciadas. Tomó una verde y una roja y de postre una manzana que sí disfrutó en masticar. Le pareció un gran invento. Ahorraba tiempo pero sobre todo el desorden de la cocina. A nivel económico tendría que hacer cálculos a posteriori. Tras esa primera comida de cápsulas se dispuso a esperar el sueño.

Normalmente nada le despertaba cuando el cansancio le dejaba caer vencido en el sillón, tras las comida. Ni siquiera la alarma del comercio de los bajos que, a veces, se disparaba a las cuatro más o menos.

Cuando esperó en vano mirando la tele la llegada de un sopor que no llegaba y como se aburría, se puso a cocinar. En el momento en que el olor a quemado le despertó chocó con el mármol chaspeado de la encimera y apagó el fuego, con la rabia de saber por experiencia que ese desaguisado costaría de limpiar.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Cita a ciegas 2.

Óleo de Daniel Cuervo

Ya suponía que no acudiría a la cita. Los puñados de palabras intercambiadas en los dos meses de intensa correspondencia, le habían puesto en alerta.
Los cuentos de hadas le habían atraído de niño. Las princesas existían en su mente con rasgos indefinidos, pero portadoras siempre de manos delgadas e increíblemente blancas.

La vida se había ocupado de desmantelar los trucos y espejismos de los primeros amores. A estas alturas de su vida conocía los andares, y la forma de mirar, más allá de las mujeres que acaban vomitando tras una copa que les abre el alma. Las que acaban regresando a sus enajenaciones tras abrocharse la falda y recoger a duras penas sus pertenencias, entre las que nunca faltan el sentido del ridículo, ni un romanticismo colgado en la percha de la puerta de sus ojos. Este lo recogen cuidadosamente para hacerlo invisible en su vida cotidiana.

Esta mujer parece poco habladora, muy pudorosa, y de forma independiente al número de personas que la rodean, siempre está sola. Él sospecha que es tenaz, y que seguramente fue una niña fantasiosa, capaz de fabricarse un universo a su medida donde aislarse de un mundo que le parecía hostil. La imagina distante, y poseedora de un secreto que nada ni nadie conseguirá arrancarle.

La noche antes, y por un acuerdo tácito de no intercambiarse foto alguna, habían concertado el primer encuentro en la entrada de un teatro céntrico. Ella postulaba decididamente porque no llevaran indumentaria ni complemento alguno que les hiciese identificables. Se mostró terca en la certeza de que se podrán reconocer entre la multitud, como ella es capaz de notar un garbanzo entre colchones. Cuando él escribió, en el último momento -“llevaré una revista Time”, no llegó a saber si ella lo llegaría a leer..

Con media hora de antelación, hoy entra en un bar, desde donde puede ver el teatro y pide un café con leche que toma sin dejar de observar la calle. A las 12 en punto está ante el teatro, mirando la acera, a un lado, y luego a otro. Una mujer se acerca a la cartelera. Su aspecto es cuidado. Cuando él la mira para llamar su atención con un gesto de interrogación en su mirada, ella al instante baja la vista, y se aleja sin mediar palabra.

Con la revista enrollada en la mano derecha mira el reloj y a la gente, alternativamente, y cuando el frío le cala los huesos se aleja hacia la boca del metro.

Ella bajó del taxi inquieta y se rompió un tacón. Aun maldiciendo al tipo que con su coche en doble fila impidió que llegase a una hora razonable, mira la acera, se detiene, se acerca a las taquillas y vuelve a mirar su reloj. Le imaginó muy puntual. Poco dado a cuentos chinos. Ve una revista que yace en la papelera.

A él se le había olvidado, que la garganta es quien juega a cara o cruz el tono de un sí o de un no. Y salió cara. Subió las escaleras y atravesó la calle, para contemplar, fascinado, a una mujer con un zapato en la mano, haciendo contorsiones ante la entrada del teatro. Con la otra sujetaba el bolso. y se subía el cuello de un abrigo azul marino de paño. Su cabello colgaba asimétrico por su cara y ante la imagen no pudo evitar sonreír. 

Sin haberlo previsto, se encontró escondiéndose tras un poste de publicidad municipal, y sólo quiso seguir ahí, sin moverse, observándola. Era una película para él, que sin pretenderlo se había convertido en un espectador privilegiado de una función cómica en plena calle.

Ella le vio en uno de los movimientos de su cabeza, y se quedó mirándole. Quieta, con la mano del zapato dirigida hacia él. Ambos rieron, muertos de frío, por un borrón, en la primera línea de un cuento por leer.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Cita en martes y trece.

Si algo me trae un nudo a la garganta me niego a hacer caso al momento porque prefiero pensar que puedo pisar la desazón con la punta de los pies. Hasta la reunión general.

Suelo pactar un día y una hora para verme con el dolor, la tristeza y el desaliento. Una cita sin más, por permitir que esas sensaciones molesten al paladar, sólo un periodo de tiempo acotado y circunscrito a un espacio, en la esfera del reloj de mi propio tiempo. Aunque sé que la esfera es variable en función de la impronta que traen en las manos. El disconfort trae con él variados repliegues de risas forzadas, surcos de alguna lágrima o huellas al fin dejadas por ese mal momento. Con su aroma a miedo o rabia y su amargo sabor .

Pretendo apagar con la punta de los pies esa sorpresa invasora. Esa que una página, o una imagen o unas notas de pentagrama consigue introducirse en mi mente como un ladrón de pacotilla, con ruido de estornudo y un disfraz de alquiler cutre.

Acostumbro a convocar a mis fantasmas, monstruos, ogros, miedos varios y letanías por deshojar a las cinco de la tarde de un martes trece cualquiera. No tengo nada en contra de esos días. Más bien es por precaución y comodidad ya que no la marco en el calendario de la cocina, que es el que rige las cosas importantes en realidad. Y correría el riesgo de olvidarme de asistir.

Curso la convocatoria en un mail de artesanía, para cada destinatario escribo en un tipo de letra y color diferenciado y luego las envío, de una en una. Siempre con tiempo suficiente y adjuntando una propuesta de orden del día.

A mi vez me apunto en una libreta roja diminuta, de propaganda de una pizzería, lo que puedo alegar con cada convocado. Anoto cada estropicio emocional que he ido recogiendo por la calle de esta avenida de líneas continuas y discontinuas, de único sentido de circulación. A veces los miedos son reincidentes. Otras veces aparecen nuevos asistentes y en más de una ocasión me sorprendo bregando con fantasmas de un pasado tan antiguo que deberían oler a rancio pero que insisten en salir a escena ( hay divos nostálgicos cuyo afán de protagonismo es insaciable y atemporal. Y son los que dan más guerra) .

Cuando llega el día dejo el piso en penumbra y con las ventanas abiertas. Me acomodo en un silloncito de mimbre verde con un cojín de tela ya gastado y ahí van llegando los invitados, cada uno vestido para la ocasión. Les escucho atentamente. Y luego me escucho a mí.

Al cabo de un rato, a veces largo rato, buscamos un pacto de no agresión multilateral, para que yo pueda seguir hasta la próxima amarga sensación pasando de puntillas por los miedos. Sabiendo que no faltaremos a ninguna cita ni ellos ni yo.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Sinceros compulsivos.

- Buenas noches. Hola a todos. Me llamo Luis y tengo un problema: por ser sincero, hasta conmigo mismo. Reconozco que soy compulsivo. Supongo que todos habéis sufrido situaciones similares a las mías y que por eso estamos aquí. 

Me costó aceptar venir a “ Sinceros Anónimos”. Fue mi familia la que insistió en que debo asistir a esta terapia. Bueno…la familia que aún me apoya porque como bien sabéis, la sinceridad es muy difícil de sobrellevarse en el ámbito familiar, aunque siempre mejor que en las relaciones sociales o laborales, como todos sin duda ya tenemos claro.
Como sincero compulsivo soy incapaz de mentir, aunque sea ligeramente o incluso por piedad. Quizá con vuestra ayuda sea capaz de dar un giro a mi vida y solucionar este problema.

El frágil equilibrio entre saber mentir con sutileza y ser una persona “falsa” es lo que yo no domino. Soy incapaz de mentirle a nadie, ni a propios ni a extraños, ni en temas trascendentales ni en cuestiones frívolas. Me parece inmoral y no puedo evitar ser sincero.

Tuve una novia que procuraba entender que esa sinceridad compulsiva yo no podía controlarla pero tras varios meses me dejó. Yo no creo que a nadie le haga gracia que le respondan que sí a la pregunta “-¿Estoy gorda?”, por citar tan sólo un ejemplo. Yo sabía que mi respuesta le dolería, pero es que tan sólo pensar en no decirle la verdad me provocaba un dolor de estómago insufrible. Durante mucho tiempo me consolé pensando que la culpa era suya: si no quería saber la respuesta, ¿para qué formulaba la pregunta? Pero hoy por hoy quizá mi respuesta hubiera sido “ estás muy gupa”, que también era cierto...

Los ejemplos son incontables. Cuando aquel camarero asiático me preguntó si lo había tomado por tonto cuando cuestioné su afirmación de que su comida china siempre era de gran calidad ..., como siempre, respondí sinceramente y al llegar a casa tuve que ponerme hielo en el ojo izquierdo. Eso sí, hielo de primera calidad.

O aquella amiga que perdí cuando me preguntó si su gato era adorable. ¿Cómo iba a decirle que sí si era uno de esos felinos sin pelo?...
En definitiva, son tan sólo unos ejemplos de lo peligroso que puede llegar a ser para las relaciones sociales e incluso para la integridad física esta sinceridad compulsiva.
Mi estrategia de permanecer callado ha fallado: en algunas ocasiones lo han tomado por indiferencia o no he podido evitar que un ademán de mi cabeza responda por mí, con lo cual no he tenido más remedio que terminar dando explicaciones por mi gesto, decir la verdad y volver al problema de siempre.

Gracias por la cálida acogida y espero que, entre todos superemos esta enfermedad tan mal entendida e infravalorada por la ciencia.

María, la tutora de la terapia, le dirigió unas palabras:
-En primer lugar, darte la bienvenida Pedro. Está claro que tu problema es grave pero puedes estar tranquilo porque tiene solución y entre todos la encontraremos. Ya has dado el primer paso. De nuevo, bienvenido a “Mentirosos Anónimos””.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Juegos de luz.

Cuando él aparece en la esquina de la aurora sus ojos hacen el gesto de enfocar sobre la imagen. Busca el objetivo adecuado, la obertura del diafragma idóneo y la velocidad indicada. Fotografía el aire caliente de la mañana saltando entre la luz y el espacio abierto unos instantes a destiempo. Con el visor ante los ojos confirma que la vista le ha engañado en un juego de luces y la diminuta pantalla de plasma le devuelve su reflejo.


Por alguna razón que se le escapa el espejismo ha devorado las líneas de su cara y la imagen que refleja es la del hombre que asomaba en la distancia dirigiéndose a ella. Quiere conocerle, empezando por palparse la barbilla. Siente sus dedos sobre un mentón buscando unos rastros de barba que no están. Lleva la mano a las gafas que muestra su imagen, pero no están y sin poder evitarlo baja su vista al pantalón, que reconoce como suyo.

El libro ha rodado desde su mano hasta el suelo quedando el lomo, con la foto de primer plano insolente recogiendo esa luz que inicia el vuelo. Llegará tarde a la primera entrevista que le encargan desde que es becaria.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Sin pilas de litio.


Nada les duele más allá de la epidermis, sino sólo a ratos, y a un lunar más allá de su “ahora” y de su “tal vez” . En aquel lugar que quedó tatuado en unas notas que no afectaban la piel. Exactamente cuatro notas, en un compás binario donde el aire se detuvo en una tarde de otoño, reverberante de ocres y olores a tierra húmeda.

El tiempo y la vida les separaron. Allá, entre los chopos y en sus brazos se descompuso el quantum de un segundo detenido y cautivo de la maquinaria absurda de un reloj preso en una pila de litio.

En el botón de sus pezones se detuvo la tarde, el otoño, los árboles de hoja caduca y su pálida fragancia a perfume por estrenar. En el dobladillo de su tejano las hormigas no anidaron ni el lodo consiguió humedecer de olvido la tela de algodón teñida de simple espera. Quedó impasible al tiempo: a las estaciones , a los calendarios, a la climatología y a las inclemencias de la vida y de la muerte.

El se entretuvo en unos algunos cruces de vías, trayectos de ida y vuelta, vías muertas y  trayectos sin retorno.
Cuando a los veinte años volvió a soñar con ella una noche de otoño la encontró intacta, con su mano derecha abierta a la forma de su mano izquierda, ajustando en un instante las coordenadas de tiempo y el espacio. Las que que se habían descolorido en el mapa de navegación que ambos habían perdido aún sin haberlo trazado.  En ese instante de una tarde, cuando no sabían que en un día de Septiembre, el caos había jugado a enredar las biografías de dos jóvenes que habían iniciado el camino de un encuentro. y ni el tiempo ni la distancia pudieron conseguir borrar de un mapa que empezaron a desplegar en ese momento, entre los chopos.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Desconectado.

La música en los auriculares le conducía por derroteros animados y en su mente el ritmo le llevaba y traía por un tranvía prefijado en su móvil. No se percató de que en la parada de Sol subió el amor de su vida. No vio el tímido arcoiris en el escaparate del super. No apreció que la misma marca de cereales de siempre había cambiado de envase y creyó comprar otro. No reparó en que la cajera tenía una voz preciosa ni de que un coche negro tocó el claxon cuando salió con su bolsa de plástico biodegradable que pagó con unos céntimos y que llevaba colgando en su mano.

Cuando la sirena del SAMUR se iba acercando, no pudo confirmar que aún vivía, pero sonreía feliz con las últimas notas de su canción favorita a 85 decibelios.

Castrati.


La mujer que le había atendido en la clínica veterinaria debía superar la treintena y parecía que el cuidado de sus uñas era lo más importante para ella. Su aspecto era cuidado, entendiendo seguramente que la imagen es fundamental en los trabajos cara al público, aunque era evidente que la pasión por su trabajo había desaparecido hacía tiempo, o quizá no la hubiese tenido nunca. Porque la pasión tiene corazón viajero. Y cual cutículas se exterioriza, se disimula o se recorta, amputando con los pequeños alicates la opción de ver que la vida está escondida en cada gesto.
La música del hilo musical era un aria bellísima que le recordaba una película de hace unos quince años.
Mientras acariciaba a su fiel Cat , con la música sonando tan bella y tan cercana ante la ausencia de otros propietarios de mascotas, en esa mañana atiborrada de luz otoñal y de lágrimas mal digeridas no pudo evitar dejar que una , y sólo una lágrima rodase lenta de su ojo derecho antes de entregarle para la castración a la joven veterinaria, de guantes azules y sonrisa de dentífrico, quien con cuidado , y tras revisar la ficha, tomó por las axilas a ese gato siamés que le regalaron hace unos meses y que destruyó la paz del hogar en dos días.
Dudando ante su mirada gatuna si era o no la mejor decisión, la voz del último castrati seguía sonando en la sala de espera de una sala con luces de neón.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Curso semi-presencial

Tomado de Google.

Me matriculé en un curso semi-presencial de enología para principiantes. El primer día nos dieron a los cinco matriculados toda una relación de tipos de uva, sus características esenciales, tierra de cultivo y formas de reconocer más comunes, junto con un dossier pormenorizado de las composiciones más usadas en los caldos de la zona.

La primera práctica on-line fue hace dos jueves. A las 17 horas, con el dossier en la mesa, el portátil recién cargado, habiendo avisado de que por favor no me distrajesen y con un vaso de agua a mi alcance, desde la pantalla emergió una copa balón con un tinto que sujeté algo torpe y a los 10 segundos un cuestionario para rellenar las apreciaciones con una línea final donde hacer un resumen donde al fin y tras mucho pensarlo me atreví a escribir:
“Evocador y delicado bouquet floral sobre una pétrea base de taninos, especias y vainilla. Vibrante e inolvidable.”

El segundo jueves me conecté a la hora acordada, y con una lucecita verde junto al nombre del tutor y ningún estudiante conectado al campus virtual se me hizo llegar otra copa, de vino blanco esta vez y una cartulina roja donde en letra gótica escrita en tinta china y a plumilla rezaba:
“Le ruego concrete su comentario e intente delimitar zona y composición de la cosecha . La base de datos quedó inservible tras su entrada en ella el jueves pasado.”
Atentamente.
Profesor Falanix

viernes, 4 de noviembre de 2011

La Ley de Hubble

Tomado de Google

Por la Ley de Hubble  el corrimiento de mi color hacia el rojo de galaxia perdida en el universo infinito establece que yo no me alejo de tu galaxia, pero no porque tú y yo nos alejemos en esta materia inquietante del vacío, sino porque el espacio entre tu mundo y mi mundo de nuestras respectivas galaxias o espacio oscuro se ha ido elongando y ya que según la teoría del Big Bang  nuestra distancia de distanciamiento es proporcional a la distancia y la velocidad de alejamiento, ahora, entre nosotros, y  tras 130 mil millones de años te veo absolutamente inalcanzable. 

Irremisiblemente me acerco a una supernova en mi  periodo de desaceleración,  pronto a iniciarse.

Y observo en el telescopio cómo te sigues alejando en el espacio negro donde jamás podremos encontrarnos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Pequeños anuncios.

Tomado de Google.

Albert E. llevaba días indeciso y preocupado. Leyendo la prensa llegó a los clasificados, concretamente a la sección de “Varios”, y le llamó la atención un anuncio, como otros. Con tiempo hasta la reunión con los proveedores que aplazó por tres veces leyó el texto completo: “Profesor soufai-mane. Vidente, medium, competente. Soluciona todos tus problemas. Especialmente recuperar pareja, amor, trabajo, negocios, suerte, problemas familiares, protección etc.  Resultados rápidos. Paga después de resultado”. Un número de  móvil y otro de fijo.

Llamó y concertó cita a las 20 horas. Se presentó con el traje y la corbata y un reloj a modo de señuelo porque en la cartera del bolsillo interior de la americana llevaba tarjetas, efectivo y una foto de su esposa con su hijo recién nacido y llegado el caso, y puestos a elegir de qué desprenderse a la fuerza, no dudaba en señalar el reloj.
Le recibió amable un tipo mulato, de mediana edad, con una túnica borgoña con estrellas blancas y un olor a incienso y sudor rancio.

En la sala, decorada con cachivaches varios, una esfera de cristal sobre un tapete rojo en una mesa de Ikea y unos títulos por las paredes, reinaba una penumbra demoledoramente añeja y decadente.

El vidente, que se presentó también como experto en experiencias cuánticas se sentó con gesto amable en un silloncito de mimbre ofreciendo a Albert silla y percha para la chaqueta. Este miró los títulos de gabinetes telúricos, sociedades esotéricas y hasta de una supuesta escuela superior en ciencias tántricas y sin acabar de decidirse a dejar en la percha su ropa se volvió a mirar al medium, que sonriente le preguntaba
-         ¿Sobre qué quiere consultar?.
-         Pues la verdad- dijo Albert- ya no quiero consultar sobre nada.

Se abotonó su americana cruzada y preguntando por el importe de la consulta mientras el adivinador le cogía por el brazo suavemente intentando retenerle, se alejó hasta el pasillo preñado de tristeza y con olor a coliflor en ese instante.
Quizá era el hombre menos propicio a consultar sobre asuntos del más allá, porque desde su forma de entender, desde su más acá pesaba todavía mucho la razón.

Al llegar a casa, cansado pero de buen humor le dijo a su mujer que llegaba un poco tarde porque se había entretenído ojeando unos cuentos. Para el chaval. 

miércoles, 2 de noviembre de 2011

La desesperanza de Esperanza

El Institut Pere Mata, es el precursor del hospital de Sant Pau de Barcelona.

Su paso por la ruta modernista de Reus, Tarragona, le permite conocer un edifico de Domènech i Montaner, la Fundación Pere Mata. Es el centro psiquiátrico de la provincia y tiene pabellones diferenciados. Los jardines por donde pasean los internos no están abiertos al público. Joana sabía de la existencia de este complejo arquitectónico pero no se imaginaba ni la calidez y austeridad a un tiempo del conjunto ni, por supuesto, la experiencia de hablar con Esperanza con una reja por medio.
El horario de visitas al público es de 10 a 12 previa concertación grupal y llegó al final del horario previsto porque, para no perder la costumbre, en el GPS  puso la dirección a la que le condujo: a una urbanización de la carretera que une Reus a Maspujol. Siguiendo su instinto llegó a Maspujol porque el nombre le sugería una tontería: Artur Mas, actual “president” de la Generalitat y Jordi Pujol, "ex-president". Una simpleza que la animó a llegar a un pueblo que anunciaba el fin de la Fiesta Mayor con un concierto llamado “Aftersun”.  El rock todavía la inspiraba alegría así qué no descartó quedarse un día más para asistir.
Al llegar al Pere Mata su cámara de fotos no estaba en el bolso pero no sería necesaria para el descubrimiento de encontrar la representación de la esperanza en Esperanza, del dolor incrustado en el alma de una mujer que la vida maltrató hasta conducirla a este lugar de forma transitoria.
Aparentaba unos cuarenta años, alta y de complexión ancha, ojos vivos y mirada inquieta y desde la otra parte de la verja le pidió un cigarrillo. Joana lleva encima un paquete de Marlboro siempre, junto a un encendedor,  por si alguna vez el impulso de la adicción, mil veces abandonado y otras mil retomado le agarrase fuerte por el deseo de “una calada”. Por supuesto se lo dio. Enseguida vino hacia ellas una enfermera que enojada caminaba directamente hacia ellas.
-   No, por favor, está prohibido señora-  dijo airada
-   Disculpe pero tengo entendido que sí pueden fumar aquí.- dijo Joana.
-   Los encendedores y otros objetos peligrosos  no pueden usarlos- contestó la enfermera en un tono más conciliador.   
Se lo prendió ella desde la calle. La enfermera se retiró y  eso la hizo pensar que esta mujer con ojeras no era peligrosa. Aspiraba el cigarrillo de forma intensa y comenzó a hablar, sin más. Distendidamente.
- Me llamo Esperanza. Te preguntarás por qué estoy aquí- dijo la interna.
Se la notaba serena y tranquila, tal vez por la medicación pero como la verdad es que soplaba una brisa agradable y Joana no deja pasar de largo las historias que quieren ser escuchadas, porque de ellas ha aprendido siempre mucho más que de los tratados filosóficos, los libros de neurología o las monografías sobre cualquier tema dejó que el tiempo trajese lo que quisiera traer.
- Por supuesto que sí - respondió, apoyando el codo en el muro y cruzando una pierna sobre la otra para decantar el peso de forma alternante por si la cosa se alargaba.
- Pues porque soy torpe hasta para matarme. Por eso. Ni eso lo he hecho bien.- empezó diciendo. Y siguió charlando tranquilamente:
“Mira…es que hasta mi nombre:Esperanza… es que hasta eso es para descojonarse. Como no quiero entretenerte mucho te diré que estoy aquí por torpe. Por eso. Mis padres nos criaron a mi hermano y a mí en una disciplina espartana. Dice la Dra Arenga, que es argentina o uruguaya por el acento y que es muy buena profesional,  que algo de mi infancia debió quedar como mal cuajado.
Pues eso… que mi padre era militar y mi madre ama de casa y a los 14 años mi padre, viendo que para los estudios era mejor que mi hermano se empeñó en que hiciera BUP (aunque yo quería ponerme a trabajar para escapar de mi casa porque las hostias iban que volaban).

Ahí conocí a Jose. Jose el perdonavidas, Jose el guay con su moto, y sus canutos y con él llegó el infierno del que escapé con una costilla rota, una delante, y otra detras, de la mano de mi hija Aurora.

Haciendo escaleras como loca, con la niña a mi vera, conseguí alquilar un piso para nostras. Me sentía limpia y pura como una princesa. A la niña me la cogieron en la guardería municipal y yo hice un curso de peluquería subvencionado y trabajé enseguida.

Trabajaba duro pero estaba bien. Fue entonces cuando contacté con mi hermano. No para pedir ayuda sino para empezar a estar cerca de alguien que me amase. Fue fenomenal verle tan feliz con su esposa. Yo, tan escarmentada, voy y me caso con  Jordi a los dos meses de conocerle. Pero es que era un ser tan maravilloso que Dios debía quererlo para él porque le atropelló un tren a los tres meses de casarnos.Adoraba a la niña y le hacía cosquillas, y le leía cuentos, y me besaba, y me acariciaba por todo lo que nadie me dio jamás. Sería eso: que Dios lo quería para él.

Cobro viudedad de Jordi, una pensión pequeña pero el palo fue tan gordo que entonces sí que fui a buscar consuelo en mi hermano. Piensa que él tenía 23 años. Su esposa le acababa de abandonar porque la verdad, vivir con él era imposible. Le diagnosticaron trastorno bipolar. Polos de qué, me preguntaba yo. Joder…que le ayuden cuando está deprimido, que con tanta ciencia encuentren lo que hay de él porque él es buen tío y ahora ni le conocía. Y su día llegó cuando yo llegué tarde. Igual es que los psiquiatras no sabían suficiente y no encontraron la dosis de medicamentos, pero ese día, la nena y yo vimos decir adiós desde una mirada vacía, que me alertó tarde.  Tarde.Ya se deslizaba del sexto piso y sonó en la acera un "plomm" de él, y mi grito.

Joana  no sentía sed ni calor a pesar de estar a 35 º C. Le ofreció otro cigarrillo pero Esperanza dijo que no, que si no luego tendría más “mono”.
- ¿Te aburro?- preguntó después.
- En absoluto- dijo ella.
Esperanza, desbocada en su relato pero con cara de póker como explicando lo más normal del mundo prosiguió explicando su situación actual:

Ahora la niña está en una casa de acogida, hasta que me cure del todo, pero yo ya estoy curada. Todos dicen que ya me queda poco. Y así será porque Aurora será hija de la nada pero la quiero como el todo que es para mí. Porque es todo para mi. Y yo he de estar bien por ella. Y lo estoy.

Las vecinas me conocían muy poco,  claro que tampoco podían tener mucho aprecio a mi hermano en sus fases maníacas, para qué engañarnos. Una del quinto con dos hijos  se quedó con la nena. Yo me quedé con la pena del agujero negro de qué mierda de esperanza iba a tener. Lo enterramos pero no pude llorar. No sé. No me salía.

Me quedé en su casa con la niña pero le veía en todas partes, oía su voz, su música, sus reniegos y sus airados gritos como cuando se sentía pletórico, y era urgente cambiar una estantería o salía de madrugada a comprar en pijama un programa imprescindible para el ordenador.
Cogí sus medicinas y las miré, Pero había aspirinas. Mira qué tontería. Y ahí la cagué.

Tomé 27 antipertensivos de la tableta casi intacta, unas pastillas rojas y también las cuatro aspirinas. Yo quería que mi tensión bajase hasta el infinito, con la serenidad de un dulce sueño y además sin sentir dolor.
Había dejado a Aurora al cargo de la vecina del quinto y me tumbé en el suelo del comedor, una almohada que quería tirar lejos para que pensasen que me desmayé o algo así pero sangré tanto por la boca que la vecina de abajo avisó a la policía por la mancha de su techo. Y aquí estoy. Ya ves, ni eso lo supe hacer bien.

Reclamaban el regreso de los internos y  Esperanza regresaba al Pabellón 2, a la segunda planta. Por pocos días más