sábado, 17 de septiembre de 2011

Silvia en la Academia

Me llamo Silvia. Cuando entré en la academia de estética fue más por insistencia de mi madre que por vocación o por afición. No recuerdo haber peinado de niña a ninguna muñeca, ni me había planteado una actividad relacionada con la belleza en general,  pero no tenía idea de qué tipo de estudios seguir y quiero pensar que mis padres no querían tenerme por casa sin horarios cuando descubrimos que estaba fuera de plazo para estudios reglados.
La entrevista con la directora fue insulsa y  se limitó a informar con esmero a mi madre de las opciones que se me  abrían, de los pagos mensuales a realizar y de los contenidos de los dos cursos y ahí me vi al día siguiente probándome un uniforme de pantalón negro y camiseta blanca. 
A la semana llegó un hombre de unos cuarenta años a hacerse la manicura. Con mi timidez y mi escasa experiencia no entendí que la profesora me hiciera hacer este servicio pero como desde el primer momento comprendí que en esta academia hay que ver, oír y callar pero sobre todo no discutir, me senté ante él. Mientras estaba limando las uñas de su mano derecha  escuché una conversación que me hizo sospechar que estaba con una relación muy deteriorada, si no rota.
Cuando regresó a la semana pidió que fuera yo quien le atendiera. Hablamos del tiempo, preguntaba si yo me encontraba a gusto en la academia…en fin, vaguedades.
Y las semanas eran  periodos de espera para mí, que encontraba a ese hombre a una distancia abismal de mi propia experiencia, conocimientos o expectativas.
Al mes sabía mis horarios de salida y me esperó estacionado en doble fila un martes de Julio. Me invitaba a tomar un café y llevarme a casa luego.
Esa tarde fuimos a tomar un granizado a una conocida terraza del Paseo de Gracia. Y a partir de ese momento la vida se quedó pequeña para disfrutar de las sensaciones "in crescendo” que iban desfilando ante mí : de asistir a espectáculos que  ignoraba que existieran, de platos de cartas que no sabía ni pronunciar... Tardes preñadas de conversaciones y actividades que generaban emociones diversas y gratas sin alusión alguna a encuentros íntimos. Y disfruté enormemente de su compañía. Llegó Septiembre y desapareció.
Los martes se hicieron inciertos, pesarosos y desquiciantes al principio, posteriormente tristes y vacíos pero ya vuelven a ser simplemente martes.
Si él me dio la oportunidad de crecer, de verme más hermosa, de sentirme buena conversadora y una joven atractiva y elegante pues no tengo queja alguna de este verano inolvidable.
La directora no se equivocó, se me abrieron más opciones de las que jamás pensé, pero la que más valoro es la que se me brindó en la mejora de mi autoestima. Y sigo aquí.
      

2 comentarios:

  1. Como narración esta muy bien, pero es un poco antifeminista, no crees?

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  2. Llámala machista si quieres. Porque, amigo Alfred,...los microrrelatos salen como salen.
    Un cordial saludo.

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.