sábado, 15 de octubre de 2011

En la cinta caminadora.


No quiso pensar hasta qué punto le importaba porque su corazón llevaba mucho tiempo cerrado  por necesidad. Comparaba su expresión con la de “pobres de necesidad”. Ella se sabía sola por necesidad de sosiego y por decisión propia. 



Con el primer compañero, el de la noche mágica de Barcelona la relación había sido tan intensa que los altibajos de su ánimo se le contagiaban pasando de la euforia hiperactiva a la melancolía más absurda, profunda y aniquiladora en poco tiempo. Salían en su moto a cualquier hora a circular por la carretera de Vallvidriera y llegaban hasta Barcelona, por ejemplo, y allí tomaban una cerveza si hacía calor o un café con leche si hacía frío y se volvían. Igual estaban dos días sin lavar ni un plato, sin salir de la casa, leyendo, estudiando  o con algún amigo fumando porros como hacían escapadas veloces a salto de impulsos.  Compartían el piso con otros dos estudiantes pero eran una pareja de hecho para todos, con la salvedad de que no vivían solos. 


Lo de los porros no llegó  a entender cómo funcionaban. Iban a Barcelona en busca de una “china” hasta la Plaza Real  y regresaban con la piedrita, con aquella envoltura de papel de aluminio. El ritual era lo que le fascinaba: cómo lo calentaban con el mechero sobre la palma de la mano, casi siempre Joan,  y el siguiente proceso de  mezclarlo con  hebras de un cigarrillo rubio, normalmente Fortuna y la forma de enrollar aquellos papelitos que daban como resultado un cilindro impreciso e irregular y de apariencia inestable. Siempre pensó que era el ritual lo que les hacía efecto y el hecho de fumarse   en corro entre los presentes, pasándolo de mano a mano. Ella inhalaba como los demás pero la risa floja de los otros la hacía estar receptiva de su alrededor y en absoluto reía ni sentía distorsión del tiempo o de las caricias como explicaban. 


Mientras seguía en la cinta caminadora recordó con precisión una noche previa a un examen. Nunca supo de dónde salieron las “centraminas”, que ya estaban en franco desuso y que tomaron una compañera y ella misma. Le vino como un flash a la memoria esa sensación de ser papel absorbente que la subyugó: entender, fijar y memorizar con enorme facilidad  cada concepto, por denso que le pareciera hasta ese momento. Todo aparecía preciso y era meridianamente comprensible. Aquella noche se había preparado a la perfección un trimestre entero de una sentada con los apuntes que le había pasado otra compañera, con mejor letra y menos faltas de asistencia. Fue mágico. Revivió la sensación de aquella la mañana en la ducha con el último esquema que había hecho fijado en su mente como una fotografía.


Desayunó tranquila con el que fue el mítico diario El Avuí, el primero editado en catalán desde que acabó la dictadura. Sabía que se publicó desde el 76 a base de conseguir clientes previos que tenían que fidelizarse y que  tras la fusión en Julio con El Punt, ahora se llama “El Punt Avui”. Lee igual de cómoda en ambos idiomas pero en absoluto era su diario de referencia. Como tampoco era frecuente sentirse tan descansada habiendo dormido tan poco.


De hecho no habían quedado en cómo seguir en contacto. Ella tenía su móvil en llamadas realizadas y poco antes de las 11 le envió un mensaje con un simple “Bon dia” que fue seguido de una llamada. Luis le dijo que sería imposible verse a no ser que comieran juntos al mediodía ya que faltaba personal y él estaba muy liado. Hablaron muy poco, lo justo para que ella notase que  era mejor proponer verse ya el sábado y él preguntó si le apetecía hacer una escapada a Madrid para ver juntos la exposición de Antonio López si a ella le parecía bien.
- Perfecto.- dijo ella.  Así  aprovecharía para ver a su madre y pasarse por casa.


Le pareció estupendo el plan propuesto: coger el AVE  sobre las diez y pasar el día en Madrid. Él pensaba hacer la reserva del tren y de la exposición por Internet al mediodía pero Laia le propuso que fuera ella quien se hiciera cargo de esas gestiones, si confiaba en ella, claro. La risa al otro lado del auricular la envolvió de nuevo en una sensación de paz que no había conocido nunca.
- Ok.  Entonces, cuando tenga todo listo te paso el plan en un mensaje. ¿Vale?
- Venga…genial. Un beso enorme.


Laia se quedó con el eco de su voz serena, con el beso enorme que la enviaba. Permaneció sentada en el sillón del hall unos minutos, subió a la 402 y guardó en su bolsa las pocas cosas que había llevado.  


La rosa, por alguna razón pueril, también fue a parar a la bolsa tras regalar su aroma una vez más.

4 comentarios:

  1. Pura nostalgia, recuerdos con ecos perdidos en la niebla del olvido, personajes que se deshacen y se intercambian en nuestra memoria. Muy bueno. El Avui, empezó con aportaciones para iniciar un capital social que le permitiera salir adelante, y daban títulos de "coparticep". Recuerdo el día que se publico, todos en la calle Consejo de Ciento, creo, de noche con la copa de cava y un ejemplar en la mano, y el director haciendo una proclama desde el balcón, es otro recuerdo desdibujado por el paso del tiempo.

    ResponderEliminar
  2. Albada, me ha encantado entre otras cosas la imagen última de la rosa. Un abrazo

    ResponderEliminar
  3. Milady, veo que le está cogiendo el gusto al relato evocador. Yo también estoy bastante nostálgico últimamente. Me ha encantado. Un beso.

    ResponderEliminar
  4. Gracias. La nostalgia me gusta en dosis homeopáticas.
    Me gusta el presente, que suele ser producto de lo vivido. Me gusta demasiado, pero recordar cosillas sobre Barcelona me ha sido grato.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar

Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.