miércoles, 23 de noviembre de 2011

Sinceros compulsivos.

- Buenas noches. Hola a todos. Me llamo Luis y tengo un problema: por ser sincero, hasta conmigo mismo. Reconozco que soy compulsivo. Supongo que todos habéis sufrido situaciones similares a las mías y que por eso estamos aquí. 

Me costó aceptar venir a “ Sinceros Anónimos”. Fue mi familia la que insistió en que debo asistir a esta terapia. Bueno…la familia que aún me apoya porque como bien sabéis, la sinceridad es muy difícil de sobrellevarse en el ámbito familiar, aunque siempre mejor que en las relaciones sociales o laborales, como todos sin duda ya tenemos claro.
Como sincero compulsivo soy incapaz de mentir, aunque sea ligeramente o incluso por piedad. Quizá con vuestra ayuda sea capaz de dar un giro a mi vida y solucionar este problema.

El frágil equilibrio entre saber mentir con sutileza y ser una persona “falsa” es lo que yo no domino. Soy incapaz de mentirle a nadie, ni a propios ni a extraños, ni en temas trascendentales ni en cuestiones frívolas. Me parece inmoral y no puedo evitar ser sincero.

Tuve una novia que procuraba entender que esa sinceridad compulsiva yo no podía controlarla pero tras varios meses me dejó. Yo no creo que a nadie le haga gracia que le respondan que sí a la pregunta “-¿Estoy gorda?”, por citar tan sólo un ejemplo. Yo sabía que mi respuesta le dolería, pero es que tan sólo pensar en no decirle la verdad me provocaba un dolor de estómago insufrible. Durante mucho tiempo me consolé pensando que la culpa era suya: si no quería saber la respuesta, ¿para qué formulaba la pregunta? Pero hoy por hoy quizá mi respuesta hubiera sido “ estás muy gupa”, que también era cierto...

Los ejemplos son incontables. Cuando aquel camarero asiático me preguntó si lo había tomado por tonto cuando cuestioné su afirmación de que su comida china siempre era de gran calidad ..., como siempre, respondí sinceramente y al llegar a casa tuve que ponerme hielo en el ojo izquierdo. Eso sí, hielo de primera calidad.

O aquella amiga que perdí cuando me preguntó si su gato era adorable. ¿Cómo iba a decirle que sí si era uno de esos felinos sin pelo?...
En definitiva, son tan sólo unos ejemplos de lo peligroso que puede llegar a ser para las relaciones sociales e incluso para la integridad física esta sinceridad compulsiva.
Mi estrategia de permanecer callado ha fallado: en algunas ocasiones lo han tomado por indiferencia o no he podido evitar que un ademán de mi cabeza responda por mí, con lo cual no he tenido más remedio que terminar dando explicaciones por mi gesto, decir la verdad y volver al problema de siempre.

Gracias por la cálida acogida y espero que, entre todos superemos esta enfermedad tan mal entendida e infravalorada por la ciencia.

María, la tutora de la terapia, le dirigió unas palabras:
-En primer lugar, darte la bienvenida Pedro. Está claro que tu problema es grave pero puedes estar tranquilo porque tiene solución y entre todos la encontraremos. Ya has dado el primer paso. De nuevo, bienvenido a “Mentirosos Anónimos””.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Juegos de luz.

Cuando él aparece en la esquina de la aurora sus ojos hacen el gesto de enfocar sobre la imagen. Busca el objetivo adecuado, la obertura del diafragma idóneo y la velocidad indicada. Fotografía el aire caliente de la mañana saltando entre la luz y el espacio abierto unos instantes a destiempo. Con el visor ante los ojos confirma que la vista le ha engañado en un juego de luces y la diminuta pantalla de plasma le devuelve su reflejo.


Por alguna razón que se le escapa el espejismo ha devorado las líneas de su cara y la imagen que refleja es la del hombre que asomaba en la distancia dirigiéndose a ella. Quiere conocerle, empezando por palparse la barbilla. Siente sus dedos sobre un mentón buscando unos rastros de barba que no están. Lleva la mano a las gafas que muestra su imagen, pero no están y sin poder evitarlo baja su vista al pantalón, que reconoce como suyo.

El libro ha rodado desde su mano hasta el suelo quedando el lomo, con la foto de primer plano insolente recogiendo esa luz que inicia el vuelo. Llegará tarde a la primera entrevista que le encargan desde que es becaria.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Sin pilas de litio.


Nada les duele más allá de la epidermis, sino sólo a ratos, y a un lunar más allá de su “ahora” y de su “tal vez” . En aquel lugar que quedó tatuado en unas notas que no afectaban la piel. Exactamente cuatro notas, en un compás binario donde el aire se detuvo en una tarde de otoño, reverberante de ocres y olores a tierra húmeda.

El tiempo y la vida les separaron. Allá, entre los chopos y en sus brazos se descompuso el quantum de un segundo detenido y cautivo de la maquinaria absurda de un reloj preso en una pila de litio.

En el botón de sus pezones se detuvo la tarde, el otoño, los árboles de hoja caduca y su pálida fragancia a perfume por estrenar. En el dobladillo de su tejano las hormigas no anidaron ni el lodo consiguió humedecer de olvido la tela de algodón teñida de simple espera. Quedó impasible al tiempo: a las estaciones , a los calendarios, a la climatología y a las inclemencias de la vida y de la muerte.

El se entretuvo en unos algunos cruces de vías, trayectos de ida y vuelta, vías muertas y  trayectos sin retorno.
Cuando a los veinte años volvió a soñar con ella una noche de otoño la encontró intacta, con su mano derecha abierta a la forma de su mano izquierda, ajustando en un instante las coordenadas de tiempo y el espacio. Las que que se habían descolorido en el mapa de navegación que ambos habían perdido aún sin haberlo trazado.  En ese instante de una tarde, cuando no sabían que en un día de Septiembre, el caos había jugado a enredar las biografías de dos jóvenes que habían iniciado el camino de un encuentro. y ni el tiempo ni la distancia pudieron conseguir borrar de un mapa que empezaron a desplegar en ese momento, entre los chopos.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Desconectado.

La música en los auriculares le conducía por derroteros animados y en su mente el ritmo le llevaba y traía por un tranvía prefijado en su móvil. No se percató de que en la parada de Sol subió el amor de su vida. No vio el tímido arcoiris en el escaparate del super. No apreció que la misma marca de cereales de siempre había cambiado de envase y creyó comprar otro. No reparó en que la cajera tenía una voz preciosa ni de que un coche negro tocó el claxon cuando salió con su bolsa de plástico biodegradable que pagó con unos céntimos y que llevaba colgando en su mano.

Cuando la sirena del SAMUR se iba acercando, no pudo confirmar que aún vivía, pero sonreía feliz con las últimas notas de su canción favorita a 85 decibelios.

Castrati.


La mujer que le había atendido en la clínica veterinaria debía superar la treintena y parecía que el cuidado de sus uñas era lo más importante para ella. Su aspecto era cuidado, entendiendo seguramente que la imagen es fundamental en los trabajos cara al público, aunque era evidente que la pasión por su trabajo había desaparecido hacía tiempo, o quizá no la hubiese tenido nunca. Porque la pasión tiene corazón viajero. Y cual cutículas se exterioriza, se disimula o se recorta, amputando con los pequeños alicates la opción de ver que la vida está escondida en cada gesto.
La música del hilo musical era un aria bellísima que le recordaba una película de hace unos quince años.
Mientras acariciaba a su fiel Cat , con la música sonando tan bella y tan cercana ante la ausencia de otros propietarios de mascotas, en esa mañana atiborrada de luz otoñal y de lágrimas mal digeridas no pudo evitar dejar que una , y sólo una lágrima rodase lenta de su ojo derecho antes de entregarle para la castración a la joven veterinaria, de guantes azules y sonrisa de dentífrico, quien con cuidado , y tras revisar la ficha, tomó por las axilas a ese gato siamés que le regalaron hace unos meses y que destruyó la paz del hogar en dos días.
Dudando ante su mirada gatuna si era o no la mejor decisión, la voz del último castrati seguía sonando en la sala de espera de una sala con luces de neón.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Curso semi-presencial

Tomado de Google.

Me matriculé en un curso semi-presencial de enología para principiantes. El primer día nos dieron a los cinco matriculados toda una relación de tipos de uva, sus características esenciales, tierra de cultivo y formas de reconocer más comunes, junto con un dossier pormenorizado de las composiciones más usadas en los caldos de la zona.

La primera práctica on-line fue hace dos jueves. A las 17 horas, con el dossier en la mesa, el portátil recién cargado, habiendo avisado de que por favor no me distrajesen y con un vaso de agua a mi alcance, desde la pantalla emergió una copa balón con un tinto que sujeté algo torpe y a los 10 segundos un cuestionario para rellenar las apreciaciones con una línea final donde hacer un resumen donde al fin y tras mucho pensarlo me atreví a escribir:
“Evocador y delicado bouquet floral sobre una pétrea base de taninos, especias y vainilla. Vibrante e inolvidable.”

El segundo jueves me conecté a la hora acordada, y con una lucecita verde junto al nombre del tutor y ningún estudiante conectado al campus virtual se me hizo llegar otra copa, de vino blanco esta vez y una cartulina roja donde en letra gótica escrita en tinta china y a plumilla rezaba:
“Le ruego concrete su comentario e intente delimitar zona y composición de la cosecha . La base de datos quedó inservible tras su entrada en ella el jueves pasado.”
Atentamente.
Profesor Falanix

viernes, 4 de noviembre de 2011

La Ley de Hubble

Tomado de Google

Por la Ley de Hubble  el corrimiento de mi color hacia el rojo de galaxia perdida en el universo infinito establece que yo no me alejo de tu galaxia, pero no porque tú y yo nos alejemos en esta materia inquietante del vacío, sino porque el espacio entre tu mundo y mi mundo de nuestras respectivas galaxias o espacio oscuro se ha ido elongando y ya que según la teoría del Big Bang  nuestra distancia de distanciamiento es proporcional a la distancia y la velocidad de alejamiento, ahora, entre nosotros, y  tras 130 mil millones de años te veo absolutamente inalcanzable. 

Irremisiblemente me acerco a una supernova en mi  periodo de desaceleración,  pronto a iniciarse.

Y observo en el telescopio cómo te sigues alejando en el espacio negro donde jamás podremos encontrarnos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Pequeños anuncios.

Tomado de Google.

Albert E. llevaba días indeciso y preocupado. Leyendo la prensa llegó a los clasificados, concretamente a la sección de “Varios”, y le llamó la atención un anuncio, como otros. Con tiempo hasta la reunión con los proveedores que aplazó por tres veces leyó el texto completo: “Profesor soufai-mane. Vidente, medium, competente. Soluciona todos tus problemas. Especialmente recuperar pareja, amor, trabajo, negocios, suerte, problemas familiares, protección etc.  Resultados rápidos. Paga después de resultado”. Un número de  móvil y otro de fijo.

Llamó y concertó cita a las 20 horas. Se presentó con el traje y la corbata y un reloj a modo de señuelo porque en la cartera del bolsillo interior de la americana llevaba tarjetas, efectivo y una foto de su esposa con su hijo recién nacido y llegado el caso, y puestos a elegir de qué desprenderse a la fuerza, no dudaba en señalar el reloj.
Le recibió amable un tipo mulato, de mediana edad, con una túnica borgoña con estrellas blancas y un olor a incienso y sudor rancio.

En la sala, decorada con cachivaches varios, una esfera de cristal sobre un tapete rojo en una mesa de Ikea y unos títulos por las paredes, reinaba una penumbra demoledoramente añeja y decadente.

El vidente, que se presentó también como experto en experiencias cuánticas se sentó con gesto amable en un silloncito de mimbre ofreciendo a Albert silla y percha para la chaqueta. Este miró los títulos de gabinetes telúricos, sociedades esotéricas y hasta de una supuesta escuela superior en ciencias tántricas y sin acabar de decidirse a dejar en la percha su ropa se volvió a mirar al medium, que sonriente le preguntaba
-         ¿Sobre qué quiere consultar?.
-         Pues la verdad- dijo Albert- ya no quiero consultar sobre nada.

Se abotonó su americana cruzada y preguntando por el importe de la consulta mientras el adivinador le cogía por el brazo suavemente intentando retenerle, se alejó hasta el pasillo preñado de tristeza y con olor a coliflor en ese instante.
Quizá era el hombre menos propicio a consultar sobre asuntos del más allá, porque desde su forma de entender, desde su más acá pesaba todavía mucho la razón.

Al llegar a casa, cansado pero de buen humor le dijo a su mujer que llegaba un poco tarde porque se había entretenído ojeando unos cuentos. Para el chaval. 

miércoles, 2 de noviembre de 2011

La desesperanza de Esperanza

El Institut Pere Mata, es el precursor del hospital de Sant Pau de Barcelona.

Su paso por la ruta modernista de Reus, Tarragona, le permite conocer un edifico de Domènech i Montaner, la Fundación Pere Mata. Es el centro psiquiátrico de la provincia y tiene pabellones diferenciados. Los jardines por donde pasean los internos no están abiertos al público. Joana sabía de la existencia de este complejo arquitectónico pero no se imaginaba ni la calidez y austeridad a un tiempo del conjunto ni, por supuesto, la experiencia de hablar con Esperanza con una reja por medio.
El horario de visitas al público es de 10 a 12 previa concertación grupal y llegó al final del horario previsto porque, para no perder la costumbre, en el GPS  puso la dirección a la que le condujo: a una urbanización de la carretera que une Reus a Maspujol. Siguiendo su instinto llegó a Maspujol porque el nombre le sugería una tontería: Artur Mas, actual “president” de la Generalitat y Jordi Pujol, "ex-president". Una simpleza que la animó a llegar a un pueblo que anunciaba el fin de la Fiesta Mayor con un concierto llamado “Aftersun”.  El rock todavía la inspiraba alegría así qué no descartó quedarse un día más para asistir.
Al llegar al Pere Mata su cámara de fotos no estaba en el bolso pero no sería necesaria para el descubrimiento de encontrar la representación de la esperanza en Esperanza, del dolor incrustado en el alma de una mujer que la vida maltrató hasta conducirla a este lugar de forma transitoria.
Aparentaba unos cuarenta años, alta y de complexión ancha, ojos vivos y mirada inquieta y desde la otra parte de la verja le pidió un cigarrillo. Joana lleva encima un paquete de Marlboro siempre, junto a un encendedor,  por si alguna vez el impulso de la adicción, mil veces abandonado y otras mil retomado le agarrase fuerte por el deseo de “una calada”. Por supuesto se lo dio. Enseguida vino hacia ellas una enfermera que enojada caminaba directamente hacia ellas.
-   No, por favor, está prohibido señora-  dijo airada
-   Disculpe pero tengo entendido que sí pueden fumar aquí.- dijo Joana.
-   Los encendedores y otros objetos peligrosos  no pueden usarlos- contestó la enfermera en un tono más conciliador.   
Se lo prendió ella desde la calle. La enfermera se retiró y  eso la hizo pensar que esta mujer con ojeras no era peligrosa. Aspiraba el cigarrillo de forma intensa y comenzó a hablar, sin más. Distendidamente.
- Me llamo Esperanza. Te preguntarás por qué estoy aquí- dijo la interna.
Se la notaba serena y tranquila, tal vez por la medicación pero como la verdad es que soplaba una brisa agradable y Joana no deja pasar de largo las historias que quieren ser escuchadas, porque de ellas ha aprendido siempre mucho más que de los tratados filosóficos, los libros de neurología o las monografías sobre cualquier tema dejó que el tiempo trajese lo que quisiera traer.
- Por supuesto que sí - respondió, apoyando el codo en el muro y cruzando una pierna sobre la otra para decantar el peso de forma alternante por si la cosa se alargaba.
- Pues porque soy torpe hasta para matarme. Por eso. Ni eso lo he hecho bien.- empezó diciendo. Y siguió charlando tranquilamente:
“Mira…es que hasta mi nombre:Esperanza… es que hasta eso es para descojonarse. Como no quiero entretenerte mucho te diré que estoy aquí por torpe. Por eso. Mis padres nos criaron a mi hermano y a mí en una disciplina espartana. Dice la Dra Arenga, que es argentina o uruguaya por el acento y que es muy buena profesional,  que algo de mi infancia debió quedar como mal cuajado.
Pues eso… que mi padre era militar y mi madre ama de casa y a los 14 años mi padre, viendo que para los estudios era mejor que mi hermano se empeñó en que hiciera BUP (aunque yo quería ponerme a trabajar para escapar de mi casa porque las hostias iban que volaban).

Ahí conocí a Jose. Jose el perdonavidas, Jose el guay con su moto, y sus canutos y con él llegó el infierno del que escapé con una costilla rota, una delante, y otra detras, de la mano de mi hija Aurora.

Haciendo escaleras como loca, con la niña a mi vera, conseguí alquilar un piso para nostras. Me sentía limpia y pura como una princesa. A la niña me la cogieron en la guardería municipal y yo hice un curso de peluquería subvencionado y trabajé enseguida.

Trabajaba duro pero estaba bien. Fue entonces cuando contacté con mi hermano. No para pedir ayuda sino para empezar a estar cerca de alguien que me amase. Fue fenomenal verle tan feliz con su esposa. Yo, tan escarmentada, voy y me caso con  Jordi a los dos meses de conocerle. Pero es que era un ser tan maravilloso que Dios debía quererlo para él porque le atropelló un tren a los tres meses de casarnos.Adoraba a la niña y le hacía cosquillas, y le leía cuentos, y me besaba, y me acariciaba por todo lo que nadie me dio jamás. Sería eso: que Dios lo quería para él.

Cobro viudedad de Jordi, una pensión pequeña pero el palo fue tan gordo que entonces sí que fui a buscar consuelo en mi hermano. Piensa que él tenía 23 años. Su esposa le acababa de abandonar porque la verdad, vivir con él era imposible. Le diagnosticaron trastorno bipolar. Polos de qué, me preguntaba yo. Joder…que le ayuden cuando está deprimido, que con tanta ciencia encuentren lo que hay de él porque él es buen tío y ahora ni le conocía. Y su día llegó cuando yo llegué tarde. Igual es que los psiquiatras no sabían suficiente y no encontraron la dosis de medicamentos, pero ese día, la nena y yo vimos decir adiós desde una mirada vacía, que me alertó tarde.  Tarde.Ya se deslizaba del sexto piso y sonó en la acera un "plomm" de él, y mi grito.

Joana  no sentía sed ni calor a pesar de estar a 35 º C. Le ofreció otro cigarrillo pero Esperanza dijo que no, que si no luego tendría más “mono”.
- ¿Te aburro?- preguntó después.
- En absoluto- dijo ella.
Esperanza, desbocada en su relato pero con cara de póker como explicando lo más normal del mundo prosiguió explicando su situación actual:

Ahora la niña está en una casa de acogida, hasta que me cure del todo, pero yo ya estoy curada. Todos dicen que ya me queda poco. Y así será porque Aurora será hija de la nada pero la quiero como el todo que es para mí. Porque es todo para mi. Y yo he de estar bien por ella. Y lo estoy.

Las vecinas me conocían muy poco,  claro que tampoco podían tener mucho aprecio a mi hermano en sus fases maníacas, para qué engañarnos. Una del quinto con dos hijos  se quedó con la nena. Yo me quedé con la pena del agujero negro de qué mierda de esperanza iba a tener. Lo enterramos pero no pude llorar. No sé. No me salía.

Me quedé en su casa con la niña pero le veía en todas partes, oía su voz, su música, sus reniegos y sus airados gritos como cuando se sentía pletórico, y era urgente cambiar una estantería o salía de madrugada a comprar en pijama un programa imprescindible para el ordenador.
Cogí sus medicinas y las miré, Pero había aspirinas. Mira qué tontería. Y ahí la cagué.

Tomé 27 antipertensivos de la tableta casi intacta, unas pastillas rojas y también las cuatro aspirinas. Yo quería que mi tensión bajase hasta el infinito, con la serenidad de un dulce sueño y además sin sentir dolor.
Había dejado a Aurora al cargo de la vecina del quinto y me tumbé en el suelo del comedor, una almohada que quería tirar lejos para que pensasen que me desmayé o algo así pero sangré tanto por la boca que la vecina de abajo avisó a la policía por la mancha de su techo. Y aquí estoy. Ya ves, ni eso lo supe hacer bien.

Reclamaban el regreso de los internos y  Esperanza regresaba al Pabellón 2, a la segunda planta. Por pocos días más



martes, 1 de noviembre de 2011

Publicidad de un coche.

Nos gusta desafiar los límites.  Porque de alguna manera todo queda. La mirada híbrida entre el asombro y la muerte que se nutrió de tu piel no es una excepción. Mi pulso desafiando la aceleración de tus caballos de potencia se dispara en los 5,5 segundos que la propaganda anuncia.
Con el consumo combinado de mi sed y de tu aliento todo lo que se sabía sobre híbridos ya es historia. Te acomodas en el asiento de mis brazos abiertos donde rebajar las revoluciones de tu corazón de acero y ahí dejas tu engalanada fragancia de sueños por estrenar siempre un poco más cerca de tu piel sedienta.
La publicidad de Nuevo “Infiniti” M35 Híbrido me alerta de tus ojos, de tu olor a lluvia en el césped sobre mi corazón cansado. Porque desde ahora tú y yo sólo somos un híbrido con vocación de camino por recorrer. Un camino al que no quiero renunciar.

Pablo sonríe con razón.

Unos decían que era un suertudo, otros que parecía simplón y otros que resiliente. Como si dijeran que era rubio y bajito. No entendían que la capacidad para mantener un funcionamiento adaptativo funcional y armónico tras los avatares de la vida, en especial los traumáticos, no es una característica absoluta ni se adquiere de una vez y para siempre.

En su caso era el resultante de un proceso dinámico y evolutivo que varió según las circunstancias, los eventos que la vida le fue trayendo, el contexto anímico en que le hallaron y la etapa madurativa en que se fueron sucediendo. Porque por mucho que puedan pensar que es un regalo llegado del birlibirloque su necesidad de sentirse vivo y optimista no era más que el fruto de la interacción entre él y su entorno, y una forma de vertebrar su historia vital, siempre en aras del azar.

Le dicen que es una suerte que tenga tanta seguridad en sí mismo pero olvidan que su familia le enseñó a que ser especial es un privilegio que no debe malgastarse en compararse con otros.

Le reprochan que nunca le faltó apoyo social pero ignoran que el apoyo lo construyó con la empatía, con un estar con y por los que le rodeaban.
Le censuran que siempre crea que algo siempre está en su mano por hacer y se mofan de que sienta que su vida tiene un sentido que va más allá de su propia permanencia en este mundo pequeño con su fecha de caducidad desde la cuna.
Le recriminan que su humor lo lleva a temas serios, tan serios como la trascendencia de la vida y los derroteros de la muerte  pero él sabe que al final de los finales el humor libera endorfinas que aligeran el pesar de los pesares. Comenzando por reírse de sí y sus despistes es incapaz de reírse de nadie porque la ética la lleva atada con imperdibles en su corazón de pan sentado.

La vida nunca es gratis, porque aunque te la dan…jamás te la regalan. Sólo él sabe que sonríe con razón de igual manera que hacen los necios sin ella.