sábado, 31 de diciembre de 2011

Luces de mar.



Salió a la calle con la sensación de que la temperatura estaba realmente agradable, a pesar del frío que abrazó su cara bruscamente. Las calles estaban alumbradas por árboles engalanados con cintas de luces diminutas que convertían la avenida, a sus ojos, en una pista de despegue hacia la noche oscura.

Al lado de un buzón, un arbusto se estremecía con el mismo adorno lumínico, y él se sorprendió contando mentalmente las copas que había ingerido desde el inicio de aquella cena.

El aire a su alrededor brillaba y no podía hacer más que sonreír, curioso y encantado ante ese artificio de luz y de ilusiones visuales. Se sentía un pez ante unas breves llamas vegetales a su alcance.

Cerró su puño sobre una de las luces, y sintió el tímido calor que atravesaba su carne para hacer brillar su piel, pero al desplegar sus dedos, lentamente, la luz, progresivamente blanca y azulada, se fue apagando sobre la palma de su mano. 
El aire seguía brillando con esas minúsculas estrellas artificiales que aparecían y desaparecían en un espacio similar a un cubículo que le invitaba a entrar. Avanzó un paso en la acera, y siguió contemplando el espectáculo constante que hacía trucos de magia con sus ojos y su piel.

Esa efímera e intensa vida de cada punto de luz, le producía la sensación de estar en un hábitat ajeno, donde el arbusto y él eran los únicos habitantes de la noche. Sin dejar de ser consciente de la realidad, se dejó llevar por el embrujo de esa sensación a medida. Sintió incluso que las baldosas respiraban burbujas de luz, ascendentes, pequeñas y plateadas, como de un fondo de un acuario a escala de su cuerpo.

Sintió la vívida experiencia de sentirse un pez sin aletas ni branquias. y casi pudo sentir la sal en el dorso de sus manos y el olor a salitre en el aire.

Cuando de forma súbita todas las luces de la noche navideña se apagaron, se sintió aún ingrávido y desnudo, ante la ausencia de esos luminosos latidos de un prodigio que su mente quiso fabricar, hasta llegar a cubrir su piel de un polvo plateado que brillaba como las escamas de un pez. .
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lunes, 26 de diciembre de 2011

La sombra.


Hoy la sombra del espejo se ha decantado por cobrar vida, en ese trayecto sin retorno de irse vistiendo poco a poco, y año a año, de un oscuro rencor cada vez más oscuro y más espeso. 

Demasiado tiempo prolongando el ego de ese ser abyecto en su cortedad de miras, en su hedonismo absurdo, y sus ínfulas de todopoderoso. Cuando se decide a atacarle, descarta un ataque por la espalda. Quiere ver su rostro antes de destruirle, entre la viscosidad de sus brazos. Se crece hacia delante desde el ángulo imposible de la luz mortecina del vestidor que la envía hacia atrás.

Lentamente se va transformando. Su densidad va en aumento y, haciendo un rodeo, consigue abarcar primero los hombros de su creador, y posteriormente formar una masa ante él. Puede verle con su sonrisa de triunfo, su eterna mirada altiva y desdeñosa, y el ademán de soberbia de un ser odioso apegado a su ego.

Poseedora de la certeza de que la imagen domesticada que regala el vidrio debe ser destruida, se demora en su abrazo calibrando que con esa aniquilación se irá la dimensión física de su propia existencia. Ya es demasiado tarde para retroceder su silueta a la posición inicial sobre la puerta del armario de tres cuerpos.

Cuando unos dedos vestidos con un solitario de oro trazan un nudo en la corbata de seda a rayas, ella constata que él no se apercibió de la densidad acumulada a su alrededor, ni del negro dolor que tras él ha ido dejando en cada escalón de su carrera. 

Cuando el tipo envidiado y laureado puede sentirla y reconocerla, se estremece, y el pánico le asalta al notar unas manos que aprietan con mayor intensidad de la que ordena su cerebro.
Siente entonces una niebla densa como el mercurio que aprieta su tráquea. Esa oscuridad asfixiante sí le devuelve la imagen del espejo, junto a una opresión en el pecho. 

Benlliuere. Relieve del pedestal a Goya. En calle Felipe IV de Madrid


Puede verse boqueando, con los ojos como sólo ha visto en las pescaderías, y una especie de esfera perfecta, de negro humo que va penetrando en su boca entre unos labios azulados. 

Siente un olor a alquitrán denso de odio y de afán de destrucción sin cuartel. Sus manos luchan, enloquecidas, contra un nudo y un botón de camisa. En un último intento de dejar paso al aire, desvía la mirada hacia un lado, buscando un respiro y una oportunidad de salir vivo.

Una figura alargada, con una guadaña apoyada en el suelo, le señala una lámina enmarcada de un cuadro de Goya mientras le mira en calma, bajo el quicio de la puerta.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Amor derretido.

Jugaba a instar a los dioses menores a un pacto con él. Como uno más de los estúpidos seres desterrados del averno cuando en su juego absurdo nos quisieron hacer creer que somos algo más que sus elucubraciones teñidas con un soplo de agua y una pizca de sol de segunda mano. Jugaba con las palabras en la noche fría de la barra de un bar, frente a esa mujer con pelo de Magdalena y aires de Cleopatra. Con dos bromas bien trabadas y unos versos prestados, las palabras actuaron como pócima dulce en los labios de un chamán vestido de gala y apremio, de promesa y eternidad.

Ella vestía un tejano y un halo de tristeza y en sus pestañas la luna se había dormido en la noche de su negrura. Cruzaron la puerta y el aire a Navidad les hirió en los ojos. Las luces de la calle zigzagueban en tres tonos de verde y la esquina retenía la luz de un farol viejo, tan viejo, tal vez, como sus vidas.

Cuando en el cuarto de una pensión sin nombre se miraron, se vieron por primera vez. Con el pestillo echado y la sombra de sus cuerpos derritiendo la luz de unas lamparitas imposibles, oyeron risas flojas y pisadas sin cuerpos por la escalera de madera, gastada y sin remedio.

Se acariciaron mudos los cuellos y sin dejar de besarse fueron desabrochando botones, fueron abriendo los poros y fueron cerrando cicatrices. En el primer asalto a un tren de mercancías caducadas descarrilaron los vagones cargados de miedos y desesperanza, que cayeron resbalando por el terraplén del pasado dando vueltas de campanas.

En el segundo asalto adelantaban las pelvis y dejaban sin destinatario el respirar agitado y rojo. Y en cada beso ella buscaba las palabras redentoras que él seguía inventando desde el más profundo interior que conocía y que se deshacía ahora en palabras blandas y firmes, tiernas y azules.

Y en cada beso él buscaba la vida en su boca como el aire en la mañana que estaba por descubrir.

Acomodaron las cinturas de sus cuerpos, luchando contra la vida y la muerte, en una carrera loca de suspiros mudos. Rebobinando el reloj, quedaron presos de esa nada donde quedarse prendidos de ese placer profundo y roto de contracciones y espasmos. En ese instante, mordiendo cada uno su propio puño, ahogaron el imparable grito de victoria sobre la muerte.

Gorro arlequinado.

Foto tomada de un cartel.

Por la rendija de sus ojos entró un amor de contrabando, con su envoltorio de peineta y un lazo de seda azul. Se agrietaron las paredes de suspiros y arrebatos. Se habitaron las noches de sueños confusos y de despertares salados. De alimentos que no sacian y de agua que no hidrata.

Quiso epatar a su sombra y se dispuso a emprender el camino mil veces desestimado, el de buscar la fusión de redimirse en ella, entregándose desnudo en un mar por dibujar.
Diseñó con calma un andamio de estrategias de conquista, con un arsenal que iba creciendo a medida que resultaban invisibles a su corazón de junco. Se fue demorando en sus ritos cotidianos. Se desvelaba al hilo de un pensamiento circular. Se desbordaba en una imagen imposible de pieles fundidas y alientos compartidos. Se iba dejando las horas en un cajón de tiempo muerto y en un quedarse en los huesos. Los días iban pasando y ella seguía impermeable a la lluvia de su amor disparatado.

Cuando hubo de rendirse a la triste realidad de que dos son solo uno si ambos reman en una misma dirección, desanduvo los anhelos. Se dejó precipitar en el llanto denso y oscuro de una certeza tan vieja como la vida. Y esa noche de Mayo, dispuso en la mesa las más bellas palabras, las metáforas más sutiles, los sentimientos a jirones de carne trémula y sangre coagulada y vio llegar la aurora, teñido de desaliento y armado de dislate, con el pelo enmarañado y los ojos enrojecidos en la mirada perdida tras las gafas.

El soneto era perfecto. La obra nacida del desamor estaba escrita. Cuando pudo leerla a través de los restos de las últimas lágrimas, tomó el papel y lo dobló en dos en un postrero afán de cerrar una grieta que en su desarrollo destruía toda la casa. Justo antes de volver a doblar en dos el rectángulo donde había dejado su alma prendida a unos renglones, algo muy hondo le hizo plegar hacia afuera los extremos de papel y se lo colocó en la cabeza. No se detuvo a mirar la imagen en ningún espejo.

En el gorro de papel arlequinado dejaba descansar el sueño de reinventarse.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Llamada perdida.

Vétigo, obra de Antonio Sánchez-Gil


Me sentí envalentonada porque la imagen de mi espejo de baño, dejó que la niebla se dispersase. Me vi magnífica. Espléndida. Acabada de pintar por pinceles de marta y pigmentos de arcilla.

Cuando la tenue luz de la mañana, con la magia de una promesa, fue calentando mis horas, incluso aquellas en que ya no te esperaba, me destruyó el instante en el que el impulso de mi corazón te había olvidado. 

Porque era ocasión de abrir otra puerta a la vida. Ocasión para pasar página y rehacer lo vivido. De acomodar en mi almohada la levedad de tu talle para enterrarlo, y no sufrir más por la hoguera de mis sentimientos caducados.

La llamada perdida en el móvil me recordó, por un breve instante, que sólo estabas a diez horas de avión. Pero no eras tú quien llamaba.

Me pilló pensando en ti cuando sonó. Descerrajé el candado de un baúl intangible, para recuperar la brisa que creí olvidada. Esa ahíta de aroma de playa y canela, de sal y agua, que quedó prendida en mi pelo cuando te amé. Por última vez. Cerca del mar

Ya no sé qué debo hacer, porque me cuesta, y cómo me cuesta olvidarte.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Miembros fantasmas.

Tomado de Google

Perdí las alas en una jugada de black-jack. La banca tenía un as de corazones. Con un 10 de tréboles me las jugué, a falta de más efectivo o de mejor aval. Cayó como una losa un seis sobre el tapete.  Pero los halos de mi musa me ronronearon en mis oídos, pidiéndome una nueva carta. Con seis, de picas,  me pasé.

El juego no perdona. Podían enviarme al infierno sin más, pero prefirieron cercenarme las alas, con la intervención de un anestesista vía MIR, que agradezco, pues en vez de usar una desnuda espada vengativa y justiciera, que cayera del cielo caída del sin más, no sentí dolor alguno. 

Ahora luzco unos muñones a la altura de mis omóplatos y, por un instinto atávico, muevo unas alas invisibles haciendo el ademán de volar. Puro espejismo.

No consigo desplegar esos apéndices que ya no tengo, pero que sigo sintiendo como un miembro fantasma más.

Guiso de amor.

Óleo de Modesto Trigo

Puso en adobo las promesas que se hizo a los quince, con una pizca de guiños a Mafalda y un buen pellizco de Cortázar. Tenía que dejarlo reposar siete horas.
En la noche le presentaron a una mujer que, de entrada, no le sugería gran cosa. Tenían, eso sí, algunas aficiones comunes, y exhibía un gran sentido del humor, sobre todo cuando las llaves de su casa se le cayeron del bolsillo al salir del coche. Lo que permitió ofrecerle la suya hasta hallar un cerrajero o encargado de alcantarilla.

La noche llevó a la madrugada, tras una leche con Cola-Cao que se les antojó a media noche, unas risas con la torpeza de ambos para desabrochar el sujetador, y una entrega, entre ladridos del perro vecino y el fresco que la bomba de frío anárquica .

Por la mañana temprano, Pablo cortó las verduras frescas de sus sueños, a pequeños dados, mientras un diente de ratón Pérez hacía de base para el sofrito. Como requería una buena base de calor, de magia y de inocencia, las verduras debían esperar a que estuviera doradito el ajo, pero sin quemarse. Lo justo para no perder la fe en la magia. 

Cuando el olor a verdad de la buena, y el color a natillas, le indicaron que era el momento de poner las verduras, las depositó con cuidado, removiéndolo todo con una espátula de madera de chopo, bañada en luz de luna. Sabía de la importancia de cocinar sin prisas este guiso, para que todos los ingredientes pudieran desprender su aroma. Parecido al de las aulas donde reinan, en las manos, las gomas de borrar y el pegamento en barra. Sólo a fuego lento se hacen los mejores platos.

Dispuso entonces, en la sartén, los pedazos de promesas. Estaban radiantes, rojas y salvajemente húmedas por el adobo. La luz de la cocina hacía brillar los hilos de esperanza que constituían las fibras de esa carne, el ingrediente estrella.

Tapó la sartén con una tela ignífuga, hecha de la seda de un gusano especial. Uno criado en las moreras de un lugar recóndito, que tiene la virtud de producir un tejido que atrapa el amor entre sus finos hilos, sin dejarlo escapar jamás. Con el guiso tapado y el aroma a primavera en la nariz, se quedó sentado en la silla plegable de la cocina, con los oídos abiertos a la música que el chup-chup iba deslizando por el alicatado, por encima del ruido de los coches de la calle, e incluso por encima de su propio corazón con una arritmia ahora adornado. 

Ese era el sonido del hervor de agua cargada de mañana, que compartiría con esa desconocida, en la mesa del patio, bajo aquel limonero que inició su floración en el instante en que ella, con ese beso del sueño, despertó con él a la savia de todos los árboles frutales de todos los jardines de su reino.

Apagó el fuego y se dirigió al dormitorio. La vio dormir profundamente, con el hombro derecho al aire, la comisura de los labios entreabierta y un respirar profundo y un pelín sonoro. Su pecho se movía sólo suavemente con cada inspiración y él se sentó a su lado, en la cama, 

Quería despertarla raudo, para que ambos pudieran almorzar un desayuno de ensueño, bajo la sombra del sauce que teñía la mesa de teca de placidez y paz, pero al verla tan tranquila, y tan dormida, se quedó mirando sin más su pelo, y sus labios. Sin poder saber qué aromas y suspiros nocturnos le cobijaban sus sueños, se acercó a ella y puso su cara sobre la suya. La notó hacer un gesto y oyó flojito...”hola amor”. Ambos se quedaron ahí, en silencio, en una quietud absoluta. Llegaba un aroma que ella no podía resistir, porque le traía el recuerdo de la salida al mar en su último verano en el colegio mayor de Madrid. Con su mochila de anhelos y deseos escondidos bajo el pupitre. 

Ese aroma a “hoy es el mejor día de mi vida” le hizo despertar sonriente. Sonrió aún más al verle sentado tocando con su cadera, sus piernas flexionadas. Con la mejilla  de él sobre su propia mejilla, y ese olor a sofrito de caricias por abrir. 

Se miraron a los ojos, hasta verse reflejados en la pupila del otro, sin dejar de sonreír y, sin pronunciar palabra alguna. Él le ayudó a acomodarse en la cama, como en un desperezarse, donde ella abría sus brazos y luego lo abrazaba, quedamente. 

Se recorrieron, con las yemas de los dedos, el pecho y el abdomen, mientras iniciaban lentos movimientos de cintura, que acompañaban un terco asedio de la posición supina, mirándose, sonriendo siempre. Pablo simplemente se dejó llevar por el aroma del guiso, y por el regusto de la noche, con esa mujer, que en unas horas le regresó la dicha de saberse vivo. Se retuvieron las piernas, y como en un baile de disfraces, pero sin máscaras, pudieron galopar al ritmo de sus latidos, precipitándose en un mar de agua salada. 

Cuando ella estuvo llena de amor, y en su tercer alunizaje sin paracaídas, se fundieron, juntando el dolor de ambos, entre rítmicas muertes, que una dicha que les hizo renacer. 

Riendo, y llorando, salieron al sonido del barrio y sus reclamos. Salieron juntos del nudo en el que no podrían dejar de entrar  y salir una y mil veces, desde aquel día, para degustar el guiso de la vida al fin.

Comida rápida.

En el quinto día sin comida caliente miró su bocadillo por la cara y el envés. Dio dos mordiscos calculando el agua que necesitaría para engullir la totalidad. Se levantó del muro y con cuidado depositó el resto, perfectamente enfundado en su papel de plata, en una papelera.

Cansado de cocinar para quemarse, lavar con el “nanas” los fogones y por fin tener que quitarse el reloj para lavar un solitario cubierto, fue al Opencor a comprar las cápsulas All-eat. que acaban de sacar a la venta y que vio anunciadas. Tomó una verde y una roja y de postre una manzana que sí disfrutó en masticar. Le pareció un gran invento. Ahorraba tiempo pero sobre todo el desorden de la cocina. A nivel económico tendría que hacer cálculos a posteriori. Tras esa primera comida de cápsulas se dispuso a esperar el sueño.

Normalmente nada le despertaba cuando el cansancio le dejaba caer vencido en el sillón, tras las comida. Ni siquiera la alarma del comercio de los bajos que, a veces, se disparaba a las cuatro más o menos.

Cuando esperó en vano mirando la tele la llegada de un sopor que no llegaba y como se aburría, se puso a cocinar. En el momento en que el olor a quemado le despertó chocó con el mármol chaspeado de la encimera y apagó el fuego, con la rabia de saber por experiencia que ese desaguisado costaría de limpiar.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Cita a ciegas 2.

Óleo de Daniel Cuervo

Ya suponía que no acudiría a la cita. Los puñados de palabras intercambiadas en los dos meses de intensa correspondencia, le habían puesto en alerta.
Los cuentos de hadas le habían atraído de niño. Las princesas existían en su mente con rasgos indefinidos, pero portadoras siempre de manos delgadas e increíblemente blancas.

La vida se había ocupado de desmantelar los trucos y espejismos de los primeros amores. A estas alturas de su vida conocía los andares, y la forma de mirar, más allá de las mujeres que acaban vomitando tras una copa que les abre el alma. Las que acaban regresando a sus enajenaciones tras abrocharse la falda y recoger a duras penas sus pertenencias, entre las que nunca faltan el sentido del ridículo, ni un romanticismo colgado en la percha de la puerta de sus ojos. Este lo recogen cuidadosamente para hacerlo invisible en su vida cotidiana.

Esta mujer parece poco habladora, muy pudorosa, y de forma independiente al número de personas que la rodean, siempre está sola. Él sospecha que es tenaz, y que seguramente fue una niña fantasiosa, capaz de fabricarse un universo a su medida donde aislarse de un mundo que le parecía hostil. La imagina distante, y poseedora de un secreto que nada ni nadie conseguirá arrancarle.

La noche antes, y por un acuerdo tácito de no intercambiarse foto alguna, habían concertado el primer encuentro en la entrada de un teatro céntrico. Ella postulaba decididamente porque no llevaran indumentaria ni complemento alguno que les hiciese identificables. Se mostró terca en la certeza de que se podrán reconocer entre la multitud, como ella es capaz de notar un garbanzo entre colchones. Cuando él escribió, en el último momento -“llevaré una revista Time”, no llegó a saber si ella lo llegaría a leer..

Con media hora de antelación, hoy entra en un bar, desde donde puede ver el teatro y pide un café con leche que toma sin dejar de observar la calle. A las 12 en punto está ante el teatro, mirando la acera, a un lado, y luego a otro. Una mujer se acerca a la cartelera. Su aspecto es cuidado. Cuando él la mira para llamar su atención con un gesto de interrogación en su mirada, ella al instante baja la vista, y se aleja sin mediar palabra.

Con la revista enrollada en la mano derecha mira el reloj y a la gente, alternativamente, y cuando el frío le cala los huesos se aleja hacia la boca del metro.

Ella bajó del taxi inquieta y se rompió un tacón. Aun maldiciendo al tipo que con su coche en doble fila impidió que llegase a una hora razonable, mira la acera, se detiene, se acerca a las taquillas y vuelve a mirar su reloj. Le imaginó muy puntual. Poco dado a cuentos chinos. Ve una revista que yace en la papelera.

A él se le había olvidado, que la garganta es quien juega a cara o cruz el tono de un sí o de un no. Y salió cara. Subió las escaleras y atravesó la calle, para contemplar, fascinado, a una mujer con un zapato en la mano, haciendo contorsiones ante la entrada del teatro. Con la otra sujetaba el bolso. y se subía el cuello de un abrigo azul marino de paño. Su cabello colgaba asimétrico por su cara y ante la imagen no pudo evitar sonreír. 

Sin haberlo previsto, se encontró escondiéndose tras un poste de publicidad municipal, y sólo quiso seguir ahí, sin moverse, observándola. Era una película para él, que sin pretenderlo se había convertido en un espectador privilegiado de una función cómica en plena calle.

Ella le vio en uno de los movimientos de su cabeza, y se quedó mirándole. Quieta, con la mano del zapato dirigida hacia él. Ambos rieron, muertos de frío, por un borrón, en la primera línea de un cuento por leer.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Cita en martes y trece.

Si algo me trae un nudo a la garganta me niego a hacer caso al momento porque prefiero pensar que puedo pisar la desazón con la punta de los pies. Hasta la reunión general.

Suelo pactar un día y una hora para verme con el dolor, la tristeza y el desaliento. Una cita sin más, por permitir que esas sensaciones molesten al paladar, sólo un periodo de tiempo acotado y circunscrito a un espacio, en la esfera del reloj de mi propio tiempo. Aunque sé que la esfera es variable en función de la impronta que traen en las manos. El disconfort trae con él variados repliegues de risas forzadas, surcos de alguna lágrima o huellas al fin dejadas por ese mal momento. Con su aroma a miedo o rabia y su amargo sabor .

Pretendo apagar con la punta de los pies esa sorpresa invasora. Esa que una página, o una imagen o unas notas de pentagrama consigue introducirse en mi mente como un ladrón de pacotilla, con ruido de estornudo y un disfraz de alquiler cutre.

Acostumbro a convocar a mis fantasmas, monstruos, ogros, miedos varios y letanías por deshojar a las cinco de la tarde de un martes trece cualquiera. No tengo nada en contra de esos días. Más bien es por precaución y comodidad ya que no la marco en el calendario de la cocina, que es el que rige las cosas importantes en realidad. Y correría el riesgo de olvidarme de asistir.

Curso la convocatoria en un mail de artesanía, para cada destinatario escribo en un tipo de letra y color diferenciado y luego las envío, de una en una. Siempre con tiempo suficiente y adjuntando una propuesta de orden del día.

A mi vez me apunto en una libreta roja diminuta, de propaganda de una pizzería, lo que puedo alegar con cada convocado. Anoto cada estropicio emocional que he ido recogiendo por la calle de esta avenida de líneas continuas y discontinuas, de único sentido de circulación. A veces los miedos son reincidentes. Otras veces aparecen nuevos asistentes y en más de una ocasión me sorprendo bregando con fantasmas de un pasado tan antiguo que deberían oler a rancio pero que insisten en salir a escena ( hay divos nostálgicos cuyo afán de protagonismo es insaciable y atemporal. Y son los que dan más guerra) .

Cuando llega el día dejo el piso en penumbra y con las ventanas abiertas. Me acomodo en un silloncito de mimbre verde con un cojín de tela ya gastado y ahí van llegando los invitados, cada uno vestido para la ocasión. Les escucho atentamente. Y luego me escucho a mí.

Al cabo de un rato, a veces largo rato, buscamos un pacto de no agresión multilateral, para que yo pueda seguir hasta la próxima amarga sensación pasando de puntillas por los miedos. Sabiendo que no faltaremos a ninguna cita ni ellos ni yo.