jueves, 22 de diciembre de 2011

Amor derretido.

Jugaba a instar a los dioses menores a un pacto con él. Como uno más de los estúpidos seres desterrados del averno cuando en su juego absurdo nos quisieron hacer creer que somos algo más que sus elucubraciones teñidas con un soplo de agua y una pizca de sol de segunda mano. Jugaba con las palabras en la noche fría de la barra de un bar, frente a esa mujer con pelo de Magdalena y aires de Cleopatra. Con dos bromas bien trabadas y unos versos prestados, las palabras actuaron como pócima dulce en los labios de un chamán vestido de gala y apremio, de promesa y eternidad.

Ella vestía un tejano y un halo de tristeza y en sus pestañas la luna se había dormido en la noche de su negrura. Cruzaron la puerta y el aire a Navidad les hirió en los ojos. Las luces de la calle zigzagueban en tres tonos de verde y la esquina retenía la luz de un farol viejo, tan viejo, tal vez, como sus vidas.

Cuando en el cuarto de una pensión sin nombre se miraron, se vieron por primera vez. Con el pestillo echado y la sombra de sus cuerpos derritiendo la luz de unas lamparitas imposibles, oyeron risas flojas y pisadas sin cuerpos por la escalera de madera, gastada y sin remedio.

Se acariciaron mudos los cuellos y sin dejar de besarse fueron desabrochando botones, fueron abriendo los poros y fueron cerrando cicatrices. En el primer asalto a un tren de mercancías caducadas descarrilaron los vagones cargados de miedos y desesperanza, que cayeron resbalando por el terraplén del pasado dando vueltas de campanas.

En el segundo asalto adelantaban las pelvis y dejaban sin destinatario el respirar agitado y rojo. Y en cada beso ella buscaba las palabras redentoras que él seguía inventando desde el más profundo interior que conocía y que se deshacía ahora en palabras blandas y firmes, tiernas y azules.

Y en cada beso él buscaba la vida en su boca como el aire en la mañana que estaba por descubrir.

Acomodaron las cinturas de sus cuerpos, luchando contra la vida y la muerte, en una carrera loca de suspiros mudos. Rebobinando el reloj, quedaron presos de esa nada donde quedarse prendidos de ese placer profundo y roto de contracciones y espasmos. En ese instante, mordiendo cada uno su propio puño, ahogaron el imparable grito de victoria sobre la muerte.

2 comentarios:

  1. Canto a la vida intentando ahogar en un sueño, la cruda realidad del comportamiento humano.

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  2. Gracias Alfred, de nuevo, por tu lectura y tu comentario acertado y que valoro enormemente.
    Pretendía hacer una foto de dos seres humanos, que a través de un encuentro fortuito, y por motivos bien distintos, se encuentran en un instante consigo mismos. Juntos renacen de sus cenizas.
    Un abrazo

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.