jueves, 22 de diciembre de 2011

Gorro arlequinado.

Foto tomada de un cartel.

Por la rendija de sus ojos entró un amor de contrabando, con su envoltorio de peineta y un lazo de seda azul. Se agrietaron las paredes de suspiros y arrebatos. Se habitaron las noches de sueños confusos y de despertares salados. De alimentos que no sacian y de agua que no hidrata.

Quiso epatar a su sombra y se dispuso a emprender el camino mil veces desestimado, el de buscar la fusión de redimirse en ella, entregándose desnudo en un mar por dibujar.
Diseñó con calma un andamio de estrategias de conquista, con un arsenal que iba creciendo a medida que resultaban invisibles a su corazón de junco. Se fue demorando en sus ritos cotidianos. Se desvelaba al hilo de un pensamiento circular. Se desbordaba en una imagen imposible de pieles fundidas y alientos compartidos. Se iba dejando las horas en un cajón de tiempo muerto y en un quedarse en los huesos. Los días iban pasando y ella seguía impermeable a la lluvia de su amor disparatado.

Cuando hubo de rendirse a la triste realidad de que dos son solo uno si ambos reman en una misma dirección, desanduvo los anhelos. Se dejó precipitar en el llanto denso y oscuro de una certeza tan vieja como la vida. Y esa noche de Mayo, dispuso en la mesa las más bellas palabras, las metáforas más sutiles, los sentimientos a jirones de carne trémula y sangre coagulada y vio llegar la aurora, teñido de desaliento y armado de dislate, con el pelo enmarañado y los ojos enrojecidos en la mirada perdida tras las gafas.

El soneto era perfecto. La obra nacida del desamor estaba escrita. Cuando pudo leerla a través de los restos de las últimas lágrimas, tomó el papel y lo dobló en dos en un postrero afán de cerrar una grieta que en su desarrollo destruía toda la casa. Justo antes de volver a doblar en dos el rectángulo donde había dejado su alma prendida a unos renglones, algo muy hondo le hizo plegar hacia afuera los extremos de papel y se lo colocó en la cabeza. No se detuvo a mirar la imagen en ningún espejo.

En el gorro de papel arlequinado dejaba descansar el sueño de reinventarse.

2 comentarios:

  1. Imágenes que nos vuelven de nuestra mirada perdida en un horizonte de amores en proyecto, aguantando el ánimo estoico con el sombrero puesto.

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  2. Qué perfecto comentario Alfred. Gracias.
    Un fuerte abrazo.

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.