lunes, 26 de diciembre de 2011

La sombra.


Hoy la sombra del espejo se ha decantado por cobrar vida, en ese trayecto sin retorno de irse vistiendo poco a poco, y año a año, de un oscuro rencor cada vez más oscuro y más espeso. 

Demasiado tiempo prolongando el ego de ese ser abyecto en su cortedad de miras, en su hedonismo absurdo, y sus ínfulas de todopoderoso. Cuando se decide a atacarle, descarta un ataque por la espalda. Quiere ver su rostro antes de destruirle, entre la viscosidad de sus brazos. Se crece hacia delante desde el ángulo imposible de la luz mortecina del vestidor que la envía hacia atrás.

Lentamente se va transformando. Su densidad va en aumento y, haciendo un rodeo, consigue abarcar primero los hombros de su creador, y posteriormente formar una masa ante él. Puede verle con su sonrisa de triunfo, su eterna mirada altiva y desdeñosa, y el ademán de soberbia de un ser odioso apegado a su ego.

Poseedora de la certeza de que la imagen domesticada que regala el vidrio debe ser destruida, se demora en su abrazo calibrando que con esa aniquilación se irá la dimensión física de su propia existencia. Ya es demasiado tarde para retroceder su silueta a la posición inicial sobre la puerta del armario de tres cuerpos.

Cuando unos dedos vestidos con un solitario de oro trazan un nudo en la corbata de seda a rayas, ella constata que él no se apercibió de la densidad acumulada a su alrededor, ni del negro dolor que tras él ha ido dejando en cada escalón de su carrera. 

Cuando el tipo envidiado y laureado puede sentirla y reconocerla, se estremece, y el pánico le asalta al notar unas manos que aprietan con mayor intensidad de la que ordena su cerebro.
Siente entonces una niebla densa como el mercurio que aprieta su tráquea. Esa oscuridad asfixiante sí le devuelve la imagen del espejo, junto a una opresión en el pecho. 

Benlliuere. Relieve del pedestal a Goya. En calle Felipe IV de Madrid


Puede verse boqueando, con los ojos como sólo ha visto en las pescaderías, y una especie de esfera perfecta, de negro humo que va penetrando en su boca entre unos labios azulados. 

Siente un olor a alquitrán denso de odio y de afán de destrucción sin cuartel. Sus manos luchan, enloquecidas, contra un nudo y un botón de camisa. En un último intento de dejar paso al aire, desvía la mirada hacia un lado, buscando un respiro y una oportunidad de salir vivo.

Una figura alargada, con una guadaña apoyada en el suelo, le señala una lámina enmarcada de un cuadro de Goya mientras le mira en calma, bajo el quicio de la puerta.

4 comentarios:

  1. Iba a comenzar diciendo "Inquietanto relato...", pero me doy cuenta que yo también trato últimamente, y espero que con naturalidad, el tema de la muerte. Me consuela pensar que contra más piensas en la muerte, más te preparas para la vida, para que no te sorprenda, como en este caso que relatas muy bien, Albada, la parca de la guadaña sin haber vivido o haberlo hecho equivocadamente. Un abrazo.

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  2. Gracias Francisco por la lectura y reflexión. Este micro se urdió con la colaboración de un entrañable amigo y, de haber moraleja en él, me quedo, contigo, en que vivir implica haberlo hecho lo mejor que uno pueda hacerlo. Sin causar daño intencionadamente. Por si la Gran sombra de la guadaña llega...no nos haya comido nuestra propia sombra.
    Un abrazo.

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  3. Gracias Alfred por la onomatopeya.
    ...por si las moscas...que nuestras sombras no nos puedan querer devorar.
    Un abrazo.

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.