jueves, 15 de marzo de 2012

Trama de tafetán


En una terraza del puerto tomaron un té que les entretuvo la charla, les despejó las ideas, les acompañó las manos y les sirvió de excusa para saborear sus miradas y sus silencios. La tarde anunciaba nubes. Los relojes andaban desorientados y sus piernas acabaron acompasando el ritmo por una empinada calle.

El foulard gris perla colgaba del sillón, sus zapatos dormían cerca del armario y ella apuraba un baño con los auriculares puestos, los ojos cerrados y tarareando una canción. El leía el diario tumbado en la cama, levantando sus gafas a cada rato. La vio salir del aseo con una toalla a modo de túnica, la piel reluciente y un susurro de melodía por sonrisa.

La tarde se desvistió despacio. La noche no tenía prisa. Las manos inventaron un braille para la ocasión, los labios diseñaron recorridos preludiados, la piel descubrió nuevos tonos de luz desde los ventanales y la noche fue llegando entre estaciones de tren habitadas y apeaderos por encontrar.

Cuando la sed pudo más que otra caricia la noche cerrada les esperaba, al otro lado de la puerta, con una ciudad insomne que les acogió en sus brazos. Cenaron con más hambre de la habitual, encontraron más llevaderas las imperfecciones y encontraron delicioso cada plato de esa taberna marinera a punto de cerrar.

Apuraron el aire teñido de salitre, con trama de tafetán, para regresar a la habitación, tomados de la cintura, ante la atenta mirada de unos balcones y un gato.

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias Alfred. Un día perfecto puede ser cualquiera en que el ritmo de la vida ya es sereno.
      En este lugar con mar, como escenario posible, en mi texto.
      Un abrazo.

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  2. Todo inundado de amor Aldaba. Una viad tranquila pero llena de la emoción del amor, de una espera paciente de lo ya conocido pero con la impaciencia de volver a saborearlo. Has creado ese clima sosegado del amor maduro. Precioso.
    Un beso

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    Respuestas
    1. Como casi todo lo de verdad importante, el amor requiere un tiempo de maduración.
      Es que lo pretendía reflejar.
      Cuando se tiene el valioso tesoro de un amor sereno, quizás en el mundo cotidiano de los pequeños gestos, cualquier día es el garante de saborear la madurez de ese sentimiento tan potente.
      Un abrazo.

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.