jueves, 25 de octubre de 2012

Pianola para recordar.

Los martinetes de la pianola fueron avanzando. Primero como borbotones de notas enfebrecidas y posteriormente entonando una melodía lánguida, que dejó el comedor saturado de lágrimas derrotadas por la nostalgia del olor a rosas frescas.

El anciano, con el batín a cuadros escoceses, secó la humedad salada con la punta de un pañuelo cuyas iniciales bordadas le ataban a su identidad.

Agarrando dos puntas de la funda de seda, volvió a cubrir el artificio, por otros veinte años más.

jueves, 18 de octubre de 2012

Libros para vivir.



Escultura de la galería solsanches.es

En la década prodigiosa de los sesenta, el siglo de las luces se acomodó sobre la ciudad y los perros.

La muerte de Artemio Cruz jugaba con tres tristes tigres, y la fantasía sorteaba los cuadrados pintados de una rayuela, durante los cien años de soledad, que devendría en crisol de una tendencia.

Me desperezo entre líneas de letras enhebradas en mi cintura, y dejo que el aroma de la magia me inunde de una realidad mágica que libere mi piel de terciopelos. Entre la mesilla de noche, loa puntos de libro,... y mis sueños.


martes, 16 de octubre de 2012

La espuma en tus huesos otoñales.


El olor a talco de sus axilas revoloteó efímero por el cuarto de los cachivaches. Aterrizó en tu nariz aguileña y allá quedó dormido y expectante. En un estado larvado, a punto de eclosionar. 

Alguna vez, cuando sentías la espuma burbujear en tus huesos, sólo ese aroma a talco y lluvia de sus rincones secretos, devolvía el azul intenso de sus ojos de rocío a tus ojos grises.

Y en esos momentos de ingravidez, por unos instantes de fuego, el espejo jugaba a ilusionismos baratos. Y te regresaba tu rostro vestido de una paz sin letanías. Sólo tu faz...teñida de esperanza. 

Noches entre padre e hijo.


Con toda la fantasía que obrara en su poder, no podía abarcar ni un pequeño porcentaje de la realidad.

Habían llegado a compartir un espacio, buscando una complicidad en la soledad de cada uno, bajo la tutela entrelazada de preparación de guisos y mesa. Iban juntos a ver obras de teatro y películas en un intento de comunicar sensaciones que acercaran sus almas más allá de sus epidermis, para rememorar el salero en medio de la mesa con su mantel de cuadros y ausencias.

En el beso nocturno, padre e hijo no llegaban a dejar más que el roce de los labios en las mejillas, dejando abortado el gesto del inmenso afecto que fluía bilateralmente.

Cada uno, en la noche, interpretaba los sonidos del otro cuarto, como una sinfonía de sonidos del alma, que no habían conseguido llegar a expresar.