martes, 13 de noviembre de 2012

La prisión de los olvidos.

De Lecturalia

He dibujado tu cara, con más pena que gloria. Con un carboncillo que dormía en un plumier olvidado.
He hecho un boceto y he mirado mis manos. Mis dedos artrósicos me traicionan o los  recuerdos se me  confunden entre los verdugones de los años.

Una cara que ahora encuentro ajena, me mira desde  un bloc  Arranco el mamarracho, quedando pedacitos en la espiral metálica.  Esa espiral, tan superior, y con su vertical visión del mundo. Esa que divide la realidad de lo que sucede.
Hago un esfuerzo para sujetar con precisión los fragmentos perforados de este intento de dibujo. Para desincrustar con ellos los últimos retazos de ese recuerdo confuso.

Quedo exhausto y pensativo ante un esbozo  de ti que nada me dice, con un dolor derramando  escarcha entre las falanges y esa instantánea de dos jóvenes asomados a una noche cuajada de estrellas.

Yace en la mesa de la cocina una bola de  papel, junto a la caja de calmantes y frente a un plato de loza.
El color de una tortilla a la francesa y un olor a aceite de oliva van derramándose entre los azulejos de la prisión del olvido.



Mañana, en el café de la esquina, intentaré volver a recordarte, a recuperar las líneas de tu torso mientras cocinabas cantando... esa canción, sí esa. Que ahora no recuerdo. 

Si no lo consigo, dibujaré lo que tenga ante mí, que no serás tú. 

Porque presiento que tu fin al irte, está llegando al fin de mí. 


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