domingo, 10 de febrero de 2013

Repostería de fantasía.

                                   
                                         Foto de Esmeralda Sainz














Tengo entre manos la elaboración de masa madre cuya autoría es de una amiga italiana, de origen hebreo. Como algunas cosas que merecen la pena, tiene un tiempo para fraguar, desde los campos de trigo hasta que llega a la mesa, por lo que me permito cocinar una pócima de mayor grado de complicación por el mayor número de ingredientes.

Mi receta está al alcance de principiantes en el noble arte de la restauración y los manteles.

En la  alacena, con su cortinilla a cuadros blancos y azules, la tableta de chocolate reposa para mí. La tomo, con la suavidad y el mino que los frutos de la pasión requieren, y son los doscientos gramos de aroma a merienda con pan, pues una libra de envase equivalen a  cuatrocientos, y ya desapareció la mitad. La báscula no actúa, el instinto basta y sobra.

Al baño maría, se baña con la mantequilla y juntos hacen una pasta. Ese baño lo aceptan más por complacencia que por deseo de calor. 

Mientras remuevo la argamasa van charlando de sus cosas. La mantequilla, tan fresca de la nevera, anda quejándose al chocolate porque la ensucia, y éste de las manos heladas que quieren abrazarla, pero acaban entrelazándose en un tango arrabalero al ritmo de la espátula en un allegro vivace desatado. El recipiente queda aparcado y por el silencio, deduzco una emulsión perfecta.  

En el bol de los secretos de las noches dulces, bato cuatro huevos cuyas yemas bailongas juegan con el tenedor al pilla-pilla, mientras el azúcar espera con aire circunspecto. Estos huevos - dice el azúcar-, siempre resbalando. Ella, doña azúcar, es consciente de su importancia y los setenta gramos de blanca nieve los dejo deslizar confirmando cómo  eriza y se entremete con los colores anaranjados de puro ballet, en una danza del vientre que quiere salirse del recipiente por dos veces. La varilla está exultante con sus sonidos metálicos que alegran al canario y le provocan un trino.

El horno está pidiendo que lo alimenten y ese calorcillo por las piernas me resulta muy confortable pues la nieve ha hecho acto de presencia en la ciudad, y los tejanos abrigan poco para fríos de helar  las cañerías.

La harina espera en el estante, tan impoluta, tan fina ella, queriendo vestir de máscara veneciana todo lo que toca.

En la fuente de porcelana grande, como apoteosis final, mezclo  el conjunto de ambos bailes, dejando que los diminutos copos blancos de unos setenta gramos, al fin se  avengan a conjugar los verbos del mezclar y del fusionar entre mis manos, que notan la húmeda tibieza del aroma a chocolate y dulce sueño de algún  bizcocho infantil.

El molde es con forma rectangular, como la cámara de fotos, hondo como los afectos y engrasado por la risa de confirmar, que tal vez, por puro azar, tras unos diez minutos a fuego medio de un horno de pan sin miga, acabe saliendo un coulant de chocolate.





Adornaré la ración, si sale bien este postre, con rodajas de kiwis verdes como esmeraldas de luz  y una cenefa de siropo de abrazos blancos como la ternura.   


6 comentarios:

  1. Qué bella sinfonía de aromas y sabones, Albada, tan bien preparada. Recuerdo que Vázquez Montalban también nos alegraba el paladar literario con bellas descripciones de las comilonas que se mercaba su Pepe Carvalho. Yo, que voy a comer ahora, me sentaré a la mesa esperando un postre de múltiples sabores como éste. Un abrazo.

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    1. Las recetas de Montalbán son para coleccionarlas, antes que algún tomo de libro acabe una chimenea.

      Me he puesto el delantal de Pep Carvallo, y la servilleta suya, pero siento comunicarte que el resultado ha sido comestible. Sólo comestible. Es broma. Gracias por pasar, gracias por ser.

      Un abrazo.

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  2. Me pilla justo a la hora del postre. Con cierta nostalgia, me dirigiré a la nevera, tras leer tu relato. Quizá me queden aún unas natillas industriales sin caducar.
    Abrazos, dulces.

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    1. Los postres artesanos tiene la magia de las promesas y de los recuerdos, siempre amoldables a los deseos.

      Con la nostalgia de los olores a cocina de la casa, mil postres resultan anodino.
      Si mi texto te arrancó una mínima nostalgia y media sonrisa, considero que el afán en mi cocina valió una estrella Michelín.

      Abrazo de clara montada en unicornio azul.

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  3. Tiempo de meriendas, tardes de estar en casa, al calor de la familia, descubriendo los sabores que una buena cocinera ha hilvanado con su buen hacer, y la complicidad de todos los ingredientes sabiamente elegidos, para endulzar esas caras alegres y ansiosas, que rato hace que asoman en la cocina respirando aromas delatores de felicidad inmediata.
    Un abrazo.

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    1. la cocina olía a promesa inmediata. Sin dejar reposar el pastel y arracimados, los dedos infantiles tocaban un bizcocho acabado de hacer.
      Las narices pueriles se drogaban con el calor del horno y las esencias. Y al final, sentados en el suelo, en corro de ilusiones, merendaban junto al Capitán Tan y Locomotoro.

      Si te parece. Abrazo de bizcocho y chocolate Suchard rallado.

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.