martes, 24 de septiembre de 2013

Laura


Laura de mis pesadillas y de mis lunas.
Cabellera que recoges en un hatillo de sueños.
¿Qué piensas?, Laura, ¿qué te hace arrugar el ceño?
¿Qué recuerdan tus ojos que no quisiste ver?
Abre el corazón de hojalata que guarda tu top añil.

Laura de mis días, preocupación de mis noches.
Laura de mis pecados y de mis redenciones…
¿Quién te abrazará si llueve en tus tejas de temores,
para ser para ti la almohada de tus pesares?.
Hija de bosque y fuego, fruto de menta y regaliz.



Pecosa, zascandil, guerrera..en qué lugar te perdí.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Las solapas para vivir.

Steve Hanks

Algunas veces la vida se instala en la esquinita superior de la solapa.

Levanta la tela, dando abrigo al cuello, cuando hace frío, protegiéndolo  del viento.

Fantasea entre el cabello con posibles recovecos de un corazón aterido y

resguarda, con rescoldos, la chimenea de las mejores brasas para calentar el alma.

Estremece con su canto a los búhos y a las ranas de los estanques, consiguiendo…

dormir a los fantasmas de los oscuros callejones de las noches sin luz ni luna.

Cuando te topas con esa brisa de mar sin olas, sólo hay que dejar que asome

entre la lluvia de espliego y ginesta, para sentirnos afortunadamente vivos.

Por tenerla. Por sentirla. Por  estar inmersos en el fragor a vida por abrir que nos abraza.


jueves, 5 de septiembre de 2013

Corazón de canica

Foto de Belibeli

Recogido el hatillo de corazón de vidrio, encendido el motor interno, se dispuso a rodar por ahí. Sin conciencia de ser.

Revoloteaba entre otras compañeras, en una peana de cristal amorfo, transparente y limpio. Ésta estaba sustentada por dos flejes a unas esquinas, aunque ella no podía divisar desde la aparente ingravidez, qué mecanismos eran responsables de la inmaterialidad fingida.

Era feliz, sin saberse. Sin sentirse. Sin ser más que esa esfera de vidrio con vocación de cristal de cuarzo perfecto.

En cuanto llegó un ave a la estancia de la quietud permanente y plácida, la vibración del aire hizo desestabilizar el escenario.

Ella detectó una aceleración hacia un extremo. Sintió miedo. Tomó conciencia. Adivinó sin cerebro ni experiencia que su destino estaba marcado por un gradiente en la peana, que la conduciría a su propia aceleración centrípeta y con ella a su final.

La canica tomaba velocidad de forma imperceptible ante mis ojos, y con ella, iba asimilando todos los conceptos del ser. Supo de su inicio, de su existencia,  de su presencia…exactamente cuando experimentaba la certeza de su vida y de su muerte.  

La vi caer de refilón, irisando el reflejo del sol sobre la pared blanca de mi despacho. Eché mi mano hacia el aire, en un gesto automático para detener su marcha.


Rebotó suavemente en mi plama, y la contemplé en su caída al suelo,  con un sonido a último suspiro, dotado de vida consumada, al consumirse.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Plató por aula

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Foto de Omar Ortiz, pintando, de http://aiveegohphotography.tumblr.com/
Ella añoraba, cada tarde,  
el calor de la trastienda de sus ojos, 
mucho más que la blancura de sus manos al teclado.

Él añoraba la patria  no conquistada. 
Esa que preludiaba dando color a la estancia
de sus deseos no sabidos, de sus sueños más preciados.

Pasaron los días, 
y en la circunscrita levedad de un aula oscura, 
recorrieron torpemente las sendas de una cremallera y dos cordones.

Se perdieron en oquedades. 
Balbucearon anhelos prendidos a labios inexpertos. 
Se demoraron poco y mal en espacios  donde encontrase.

Entre perneras contrahechas, 
un tirante de sujetador colgante,
un saliente improvisado  y algunas frases de corto alcance,
ese amor sin más academia que el instinto por desbrozar,
los amantes debutaron en un plató por estrenar.

Se miraron.
Recompusieron su ropa. 
Se colocaron el pelo. 
Maquillaron su expresión.  

Les vi salir del Cuarto C. 
Cerraban la puerta de una clase de ternura, 
con dientes de cachorros juguetones. 
Les miré hasta donde fui capaz, 
perderse por los habitados corredores, 
hablando con los chicos hacia el aula, por disimular. 

Siguiendo mi camino, 
hacia el gimnasio me dije:
ni sobró, ni faltó, ni hubo bastante, 
como decía doña Ana Jimenez Padilla, 
maestra en aderezar composturas de la cotidianidad.