jueves, 3 de abril de 2014

Barbero vocacional


Mi padre era barbero  y mi abuelo también lo fue. Desde pequeño he vivido en la barbería del barrio. Mi casa estaba arriba de ella. Conserva el cartel giratorio rojo y blanco anclado en la pared. Aunque me he deshecho de muchas cosas, sigo conservando ese cilindro bicolor que era mi guía cuando regresaba a casa, y el sillón para niños que tanto esfuerzo le costó  encontrar a mi padre. Cuando lo trajeron, yo tenía unos cinco años.  Me subía a él con dificultad, a escondidas, porque mi padre decía que no era para jugar, pero yo me refregaba en su espalda cuando la tensión se apoderaba de mi calma. Y eso sucedía muchas noches. Sobre todo cuando mi abuela Herminia contaba historias de niños ahogados, o perdidos, o enfermados, por desobedecer  a los padres. Repetitiva ella en sus cuentos con moraleja.

No  imaginen un sillón elevable, porque no lo es.  Tiene forma de caballito de carrusel. Es negro, musculado, brioso y altivo, y sigue hipnotizando a los niños, cuando conseguimos que se monten en su grupa. Me es útil para poder cortarles el pelo sin que se muevan demasiado. Está deteriorado por los flancos, por espuelas invisibles, pero sigue imponiendo su perfil desde el rincón.

Hay algunos momentos en que disfruto mucho con mi trabajo. Tras haber pensado cambiar de oficio, me sigue siendo muy grato ser barbero. No lo cambiaría por nada.

Uno de esos momentos especiales, es cuando el corte de pelo de un niño, lo piden a navaja. Dirán que la combinación de pelo infantil recién lavado, con los afeites de barbería, no tiene nada de especial. Pero ustedes no saben hasta qué punto tiene un toque a naturaleza incitante. Me hace subir un centímetro los talones para inundarme de un placer a siesta. Es por ello que suelo demorarme, pero dejo una cabellera esculpida a navaja, que les aguanta tres meses. Y las madres tan contentas. Tengo una tarifa de niño muy económica, pero es porque disfruto con ellos. Les veo llenos de asombro por todo. Con miedos injustificados y risas excesivas por cualquier cosa, y algo en esos ratos me deja al abrigo de las nubes continuas y de los sinsabores de la soledad.

Otro momento único, es cuando me piden un afeitado, y puedo usar las toallas calientes. Tener a un hombre con la imagen de su cara tapada, ablandando la barba, me produce una sensación de poder absoluto. Posteriormente entran en escena las brochas, con el jabón de afeitar, y mi navaja barbera. Me hace encogerme un centímetro en los talones, adentrándome en el olor a secretos, que yo pudiera desvelar.

No tengo hijos. De hecho no me he casado, pero tengan por seguro, que si mi hijo quisiera seguir mis pasos, le animaría a cambiar de oficio. Porque en mi barbería se oyen muchas cosas, se imaginan en gran cantidad, pero se viven muchas menos experiencias de las que yo creo que acabarán por suceder.

Cuando llegó el señor canoso, con barba de unos días, y unas ojeras malvas, me sentí tentado de ofrecerle una toalla caliente empapada en cloroformo, para permitir su descanso.

Se tomó a bien que le ofreciera afeitarle. No, no teman, que no tengo cloroformo en la barbería. Pero le vi tan relajado, tras la toalla que había aderezado con unas gotas de aceite de almendras...que jugué con mi navaja ante su cuello.

Llegué a tenerla a un par de centímetros de su piel tensa por la extensión de las cervicales. Parecía roncar flojito, así que, ante la ausencia de nadie en el local, y tras cerrar las cortinas de la ventana, acerqué un poco más el filo. Un poco más unos minutos después, pero eso no debo decirlo.

Era una tentación que nacía bajo mis manos, por primera vez, pero tan poderosa que me tenía hipnotizado. No miraba su bolso, ni la billetera que asomaba del bolsillo interior de su chaqueta colgada, sólo podía mirar la nuez que iba haciendo unos movimientos rítmicos y pausados.

Tuvimos la suerte de que sonara su móvil. Salí precipitadamente de un estado anómalo, para decir.-¿todo Bien?, mientras le ayudaba a quitarse la toalla de la cara.

Todo bien, por tanto, procedí a un afeitado muy apurado, del que quedó más que satisfecho, por la propina que me dejó. No le volví a ver. No era del barrio.

Cuando unos meses después llegó un joven rubio, me sorprendió que solicitara afeitado y corte de pelo, por esa barba no compactada aún por  la madurez, y por ese color  tan claro que me llamó la atención, porque no abunda en hombres con un pelo marrón oscuro.

Era bellísimo. Su perfil contra la claridad de la ventana era perfecto. La nariz recta, en ese rostro joven y sano era impensable en mi barrio. No pude demorarme más en el corte de pelo, porque empezó a mirar el reloj, que marcaba la una, hora que suelo cerrar para comer, y me explicó que había de tomar un avión a las cinco.

Cuando le puse la toalla, tapando con ella sus ojos, y su nariz, y su barbilla perfecta, me senté sobre el caballo negro.

Por mirarle. Desde la grupa de mi alazán de la infancia le contemplé. Ante el impulso de acercarme me contuve lo que pude, y sólo cuando no podía evitarlo más, me acerqué, con la navaja en mi mano, que brillaba con destellos ante un sol que orillaba la ventana. Estaba con las cortinas abiertas, y podía ver la calle, con sus mil ruidos, y movimientos de regreso a casa de los niños del colegio cercano. Tomé su carnet y apunté sus datos. No sabría decir por qué. Lo cierto es que guardo en el bolsillo de mi bata un papel doblado.

Ante la tentación de acercarme con ella a su cuello, la tiré contra la pared, con tan mala fortuna que impactó en la esquina del mueble de los afeites y lociones, rebotando luego hasta la grupa del caballo de cartón piedra, produciendo un áspero sonido a madera carcomida. Con el golpe, el joven se incorporó, quitándose la toalla de la cara bruscamente, y luego salió corriendo de mi barbería, amenazando con ir a la policía.

Me asomé a la calle, y pude ver que hacía gestos a un taxi que pasaba a unos metros. No llegó a mirar atrás en ningún momento. Seguramente fue directo al aeropuerto, pero, aunque se fue sin pagar el mejor corte de pelo que jamás volverá a tener sobre sus facciones de príncipe al galope, no sabrá nunca que yo sé dónde vive. 

Yo haré porque no sepa jamás quién le despertará un día, con una navaja en el cuello mientras le contemple dormir.


22 comentarios:

  1. Son muchos años con la tentación tan cerca de la tráquea.
    Los barberos deberían pasar exámenes psiquiátricos de forma regular.

    Besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Las tentaciones, mejor lejos. Opino igual que tú. Pero ya sabemos que a veces la carne es débil, o la mente. Tienden a ser suicidas.

      Un beso.

      Eliminar
  2. Un escalofrio me recorre la espalda, recuerdo con satisfacción cómo me contemplaba mi hijo cuando afilaba la navaja de afeitar, notaba en sus ojos la admiración y el respeto por mi destreza, siempre quise inculcarle buenos principios profesionales.
    Ahora, cuando comtenplo su actuación me siento orgulloso de mis enseñanzas, aunque encuentro que le falta un poco de decisión.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ay padre, si tú supieras la de veces que he recordado verte afilar la navaja, con más decisión de la necesaria...
      La cincha la guardo embetunada cada noche, para poder seguir usándola mientras la uso, recordándote cada vez con igual precisión que un recuerdo trazado con bisturí.

      Qué bestia me salió, perdona, Alfred. Un beso grande, como tú.

      Eliminar
  3. Me dan escalofríos esas navajas. Mientras a mi me cortaban el pelo en una silla 'acomodada' a mi estatura, afeitaban al abuelo en otra mi próxima a mi. Pensaba que me iba a quedar bizco forzando tanto la vista.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Caramba, no salió mi contestación. Te decía que esos recuerdos, amén de la vista forzada, seguro te dejaban imágenes con olores.

      Un abrazo grande.

      Eliminar
  4. Las tentaciones de un barbero. La imagen que me llevo es una pelicula de mafiosos. Ahi han cortado mas de un cuello. Muy bueno.
    carlos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por leer. A mí me resultan como misteriosos esos seres en blanco y negro que recuerdo, porque a mí me cortaban el pelo en casa, y asocio la imagen a Italia, ya ves qué cosas.

      Un cordial saludo

      Eliminar
  5. la próxima vez que vaya al barbero llevaré un collarín...jeje. saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ante barberos extraños, con infancias en destellos de caballos negros...yo también iría con más que precaución, temor. Me paso por tu blog.
      Sé bienvenido a este rincón.

      Un saludo, Alejandro.

      Eliminar
  6. Y es que hay que tener vocación para ser barbero, no todos pueden serlo.

    Me encantó tu relato Albada.

    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Este no sé vocacional o por tradición, pero muy profesional no lo imagino. Fiable a estas alturas...pues tampoco, para qué engañarte. Gracias por comentar.

      Un beso, María.

      Eliminar
  7. Ya le cortaban el pelo a mi abuelo. Fui fiel a los profesionales de la Peluquería Rex (sobre la que hice una entrada) hasta que la cerraron. Después me cortó el pelo uno de ellos, que se estableció por su cuenta. Cuando decidí ampliar mi afeitado diario hasta la cabeza por escasez de materia prima, fui a explicarle el motivo. No quería que pensase que estaba poniéndolo los cuernos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. la fidelidad a una barbería me parece de lo más justo, porque escuchan las cosas que se comentan. Es como un lugar de comentar, y se genera una afectividad, así que bien por seguir en las manos de alguien en quien se confía la cabeza!

      Un abrazo, Macondo. Hoy recordé que Macondo es más real, con sus Buendías que muchos escenarios que salen en la prensa, y cuyos habitantes reales o protagonistas de verdad, ignoramos.

      Eliminar
  8. Un día de estos pretendía cortarme el pelo a tu barbería, pero mejor lo dejo... Un look a lo Robinson Crusoe tampoco está mal y -misterios insondables- he ido cogiendo cariño a mi cuello. Espero que no sepas donde vivo.
    Abrazos, siemrpe

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me parece de lo más prudente ese cariño al cuello propio, por más que el precio pudiera ser unas greñas de orate. :-)

      Un abrazo.

      Eliminar
  9. Gracias por tus palabras y un cordial abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias a usted, por pasar por este pequeño rincón.

      Un saludo, maestro.

      Eliminar
  10. Seguí tu huella desde Macondo y vaya que buena sorpresa me he llevado! Por momentos la historia me remontaba a la infancia (mi abuelo Esteban tenía una navajas preciosas y me tenía prohibido tocarlas) y luego me sentí transportada en medio de un thriller genial! Con tu permiso, me quedo! Felicitaciones y muchas gracias por tus palabras en lo de Chema. Un beso!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me gustó mucho poder conocer tu blog, donde con tu permiso, me quedo yo también.
      Gracias por esa lectura, espero que no desde un sillón de barbería, tan abierta.

      Un beso y bienvenida.

      Eliminar
  11. Un precioso relato. Sorprendente que un caballo de calesita se convierta en aliado de alguien que debe cortar el cabello a los niños.Mi primera experiencia a manos de una peluquera fue fatal. Acababa de recuperarme del sarampión - nada menos! - que me llevó hasta los umbrales del Mas Allá, y mis preciosos bucles que mi Mamá peinaba, se caían por mechones.(Soy hija única) Terció mi pediatra para que me hicieran un corte a Cero. Al final mi madre transigió en que fuese algo así como un corte a la garçón. Tardé en comprender que con el tiempo, hasta el cabello crecía. Cordiales saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Este caballo, en una barbería, de existir, existe. Qué horror esos consejos de un pediatra para una niña, y tras pasar el sarampión. Y eso que había hecho el juramento hipocrático! Bravo por el corte a lo garçón. El cabello y la barba crecen, pero hay recuerdos que mejor que una cosechadora deje trasquilados para siempre.

      Un cordial saludo, Beatriz.

      Eliminar

Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.