lunes, 28 de diciembre de 2015

Fiestas gatunas


Subí a una escalera, por acceder a la caja de los abalorios de Navidad, para bajarla luego, cargada de miedo a caerme y pavor a que un gato necio se interpusiera en mi camino, estando yo de esa guisa. Con ambas manos ocupadas.

Desistí pronto de montar un pesebre, por la obvia imposibilidad de colocar las figuritas, y que se mantuvieran quietas. No es que se movieran solas, es que apenas las intentaba alinear se iban en pos de una de sus pata delanteras.

Los arañazos para afilar sus uñas contra el corcho que simulaba un portal para cobijar un nacimiento, sonaban a gloria para sus oídos, y ese musgo recién comprado, aun en la bolsa, sin haberlo colocado, ya había llamado su atención.

Eché de menos a Alfred, quien con algún conjuro literario me quitase de en medio a un personaje molesto de un relato navideño, pero las letras tienen la consistencia de las palabras, y tampoco me hubiera servido para alejar a un predador de una aventura de caza que parecía desplegarse ante sus ojos.

Entonces saqué el árbol, de segunda mano, de una caja con asa. Ese que no había desplegado el año pasado ante la adolescencia del minino. No sé cómo explicarles que no llegué a abrir sus ramas tampoco esta vez, pues con mis primeros movimientos para armarlo se me hizo evidente que las bolas podían durar unos segundos, o tal vez minutos, y poco más. Las bolas de mi casa no se rompen, y le sirvieron de pelotas relucientes y juguetonas, así que volví a guardarlas. De hecho, procedí a guardar todo menos unas cintas de espumillón y algunas bolas, para decorar las paredes.

La mesa de Navidad tuvo que estar preparada con cerradura previa del gato en una habitación, porque le resultaba tentadora, y le habíamos visto con su pose de felino en la sabana, al acecho. Pero todo resultó bien. Lloró poco desde su habitación de aislamiento, o le escuchamos poco. 

Ya pasada la etapa de montar un Belén, o el pesebre, recordé un río de papel de aluminio, que de tan limpio parecía imposible, y esas palmeras que luego rociábamos con nieve...que ya me dirán que contradicciones. Por recordar, recordé a ese niño Jesús tan desnudo. Y a un abeto de navidad, que manda narices el gusto de comprar uno natural y la bobada de uno sintético como el mío, pero que en ambos casos hay que calcular tamaño de adornos y número, porque no quede un perifollo abigarrado, o de una pobreza de espíritu que quite el alma. En caso de poner los dos ornamentos, siempre recuerdo echar en falta ese máster de cálculo y física cuántica como poco, para acabar cabiendo sin deshacer la sala de cada casa.

Los agobios de las comidas de Nochebuena o de Navidad son tan dulces como cómicas a ratos. Recuerdo esas mesas de amor y paz donde no faltan cuñados pesados en enseñar su ipod. O esas en Cataluña, con invitados con afán independentista, y abuelas beatas, porque entonces ya la comida se convierte en una maratón de diplomacia!.

Lo de la noche vieja será de mayor estrés si cabe, pero esta vez, si lo celebro en casa será de mucho más agobio, porque además este acontecimiento viene con límites  de reloj en mano. Las compras para esa cena son de episodio de guerra de obstáculos, y su preparación es uno de tetris en acción. Se ha de cuadrar la cena con la preparación de uno mismo. Y es que está feo empezar el año hecho unos zorros!. Y ojo a los preparativos para el brindis con las doce uvas.

Cuidado con no descontarse al preparar la docenita exacta, y rezar porque no tengan semillas! porque entonces, ya si hay que pelarlas y quitarles los pipos, requieres un tiempo y una destreza que a esas alturas ya no tenemos. Los rizos quieren alisarse, la raya de los ojos buscó esa noche destinos más lejanos, y esa ropa roja de estreno nos aprieta ya tras atracarnos en la cena.

El gato el año pasado jugó con dos uvas que rodaron de los platillos de cerámica azul para las grandes ocasiones.

Se sobrevive, eso sí. Tragando o engullendo, para brindar y darse un beso ¡con la boca llena! Feliz año, eeeeh, felicidades, grfdddfd... Y ahora suerte que no suenan los teléfonos!. Porque nos pillaban los buenos deseos con la boca sin poder hablar, diría que farfullando como cerdos.  Vaya manera de empezar el año, ¿no?

Si hay fiestuqui después, o se celebra fuera de casa, se corre el riesgo de que alguien te sujete por la cintura gritando Congaaaaa, y otros riesgos, como que se colisione con otra conga. Si hay heridos, tras la ambulancia sigue una fila de congueros hasta el hospital, donde el personal de guardia aún lleva los gorritos y/o, los collares de hawaianos, porque estar de guardia no implica no celebrar un poquillo la Nochevieja. Porque seamos francos...si uno no disfruta de estas fiestas...¿cuándo va a disfrutar uno, no?

Igual toco las campanas con un tenedor sobre una botella, a la hora en la que el sueño me llame, y desisto de alegría impostadas, histerias de mininos y alusiones a lo que nos trajo un año. Pero eso sí, el mío trajo un curso de narrativa, festonado de gente maravillosa, a las que deseo, como a todos, un feliz año nuevo

viernes, 25 de diciembre de 2015

Lunes con miedo

Tomado de Internet

Era lunes, y al fin había podido firmar en la notaría la compra de un piso de segunda mano. Tras dos años mirando. El día había tardado en llegar más de lo esperado. En parte porque los precios iban a la baja, y en parte porque no había visto un piso a su medida, pero tenía ya en sus manos los dos juegos de llaves de ese piso, un primero. Con plaza de parquing y cercano a su centro de trabajo. Ese aparcamiento inmenso, que ocupaba toda la manzana,  había sido la primera toma de contacto. 

Era lunes, y Sofía llegó con el carrito rojo de la compra, con las cosillas que insistía en ir a comprar cada día. No porque comprase muchas cosas, porque desde que quedó viuda, para su comida, con que fuera a comprar un par de veces por semana tendría bastante, sino porque salir a diario le daba la sensación de vivir. Hoy, como otros días, en el mercado habían comentado, ante la pollería, de unos robos en el barrio, y otros asuntos de lo mal que estaba todo.

Era ese primer lunes de mes, e iba a su casa nueva. El mando a distancia funcionó perfectamente, y su utilitario cupo, con dos maniobras, en el lugar que le correspondía. Que no era el mismo que había usado la señorita de la inmobiliaria. Abrió la puerta que daba a la planta subterránea de su casa, cuya apertura no requería llave, y tomó el ascensor, hasta ponerse ante la puerta del primero primera.

Era el lunes en que iba al mercado, por poder comprar cantidades pequeñas de embutido y otros alimentos, y Sofía tenía dolor en ambas rodillas. El mercado distaba siete calles, y tenía cerca dos supermercados, pero los olores le hacían revivir cuando su Pablo y las tres niñas vivían con ella, y a la pequeña sólo le gustaba el chorizo de una charcutería de todo a granel. El dolor era un viejo  conocido.  Conocido y reconocible desde que le dijeron que la artrosis es una factura para la edad. Tras guardar los alimentos fue a su dormitorio. Se aplicó una crema, dándose una buena friega, y se subía las pantys cuando escuchó un sonido en su puerta. Se afanaba en subir, con dificultad, la cinturilla de sus medias, cuando el sonido insistió. Alguien intentaba entrar en su casa.

Era un lunes soleado de Diciembre, cuando notó algo diferente ante la puerta, pero no supo decir qué. Metió la llave de seguridad en la cerradura, pero el llavín parecía no servir. Había entrado perfectamente, así que lo había introducido bien, pero no giraba. Sacó la llave y miró las otras del llavero, confirmando que ninguna podía servir para esa cerradura si no la que ya había probado, así que, por lo bajo dijo “venga…bonita”, y tomado la idéntica del otro llavero intentó abrir de nuevo. Sin éxito.

Era un lunes en el que un perro vecino ladraba, porque la cobaya de los niños del segundo se había escapado, y corría por el salón. Sobre el salón de Sofía. Recordó que habían dicho que los robos se producen más de día que de noche, y que casi siempre entran por la puerta. Se quedó quieta, con la falda aún arremangada, esperando no sabía qué tras la puerta, con miedo en la mirada, dudando si mirar por la mirilla, mientras echaba el cerrojo. En un instante recordó que las vecinas trabajaban a esas horas, e imaginó qué pasaría si alguien entraba. Se sintió vieja, débil, vulnerable y fue a buscar el teléfono, que llevó ante la nevera donde un imán recordaba el número de teléfono de la policía local.

Era ese lunes en el que el felpudo ante la puerta que intentaba abrir era semicircular, en vez de rectangular, como el del piso que visitara con la agente inmobiliaria.El mismo que le descubrió que su plaza de parquing no estaba en la segunda planta, sino en la tercera, y por último, el lunes en el que un piso que intentó abrir, era del número cinco de la calle de "Los rosales", y no del número uno.

Al final, acabó el lunes. El martes oyó decir que la policía municipal había estado por la calle, por una llamada telefónica sobre un intento de robo. Por si acaso, desde el primer momento en que se trasladó a su casa, se acostumbró a echar una vuelta de llave a su puerta. Nunca supo nada del terror que había pasado una mujer que se llamaba Sofía, un lunes cualquiera.

Navidad con gato

Foto de Aquirrefoto


Como cualquier ser poliédrico tiene tantas, o más caras, que los dados. A veces tierno, a veces simpático. A ratos maleducado, a ratos incorregible; e incluso tiene sus tardes de energía peleona o de dormirse sobre el sofá, por horas, sin atender a nada más. Divo y musa...cual estrella rutilante, se sabe protagonista de una función, si el foco le apunta. Así es este gato. 

Simboliza el amor sin disimulos ni ataduras. Tal vez, como el halo que navidad que nos invade, que es sincero en estas fechas, y está teñido de amor. 

Como Lego y árbol de Navidad  (o pesebre) son conceptos incompatibles, con su foto les deseo felices fiestas y mejor Año Nuevo

martes, 22 de diciembre de 2015

El retraso.

Tomado de Google

Era lunes, y ella había quedado para comer con su reciente pareja, sin estrenos de sustos indeseados o amenazas veladas.

Era la una, hora de acabar la clase, y como era normal, la lectura y correcciones de textos seguía, a pesar del horario pactado. Por ser el último día, ya se sabe... Era momento de avisar de que llegaría tarde, de levantarse, coger el bolso, sacar el móvil, mudo, por supuesto, para alertar de su tardanza. Cenicienta y sus doce campanadas del reloj, cambiado a las trece horas. Sonó la 1 p.m..en la catedral cercana.

Era la una, hora en la que había quedado con Paula, para ir a comer juntos, y por supuesto, ella  ni estaba ni tenía encendido el móvil. Esperó hasta la una y media. Era el momento de recordar que  tan sólo tres días antes, la misma Paula, con su móvil apagado, salía de una visita médica, a  la que él no había hecho gesto de querer acompañarla.  Ese día la había esperado en un bar, hasta que ella contactó al fin, pero cada uno tomó un camino diferente, para, cabreado, enfadarse porque era imposible quedar en un sitio y que ella no se perdiera, o tuviera el móvil inoperativo..

Eran la una y treinta cuando, más que enfadado, ofendido por el poco valor que ella otorgaba a su tiempo, decidió irse, porque se sintió maltratado, o tratado injustamente cuanto menos. A dar una vuelta, pero avisando. Porque era de persona educada comunicar por wasaps que no estaba para que nadie le hiciera perder el tiempo, y deseándola felices fiestas de navidad.

Eran la una y cuarenta y dos cuando Paula, sin poder correr, le buscaba ante el bar, luego dentro de bar, por los alrededores después, para al fin tomar el camino hacia una tienda que a él le encantaba, muy cercana. Eran la una y cuarenta y siete cuando llamó por cuarta vez al hombre amable, que la trataba como una dama, cuando le notificaba por messenger que estaba ante el bar de la cita.

Eran las dos y cinco cuando vio el aviso de él, y pudo revivir veinte años de enfados por su culpa, o castigos, o regañinas…o por escribir, o por canturrear, o por hacer ruido punteando en la guitarra…o por llegar tarde. Eran las dos y cuarenta cuando tiraba a la basura lo que tenía en casa de él.

Nadie que ama echa por la borda una relación bonita y libre por media hora de retraso, se dijo. Buscaba una excusa para romper, una cualquiera, se tranquilizó. Pero sobrevolaba la duda de que nuevamente estuviera con un maltratador. En ambos casos era hora de salir pitando.

Sólo al día siguiente, constatando que él tenía la excusa, el cabreo, y que al final era ella quien debía disculparse,  determinó que no necesitaba ni veinte, ni un solo año, ni tan siquiera un sólo día para alejarse de un infierno que ya conocía.

En un segundo se preguntó, qué pasaría si en vez de media hora fuese otro día…"qué sé yo… una hora…o dos. Por pérdida de móvil, o por robo, o nula cobertura... ¿Qué castigo querría imponerla antes de preguntar qué te pasó, o cómo estás?"


Soñando en colores

Tomado de Google

Estreno invierno, con ojos de otoño. Anoche soñé en una bufanda, de mil colores, que abrigara el alma. Con una aguja muy gruesa, para manos inexpertas, me hice con siete ovillos. Uno por cada color y el blanco, porque lo usé como base, simbolizando la  amistad, y es el que me sirvió para montar los puntos. Cupieron cincuenta a falta de mayores dimensiones en el artefacto con visos de asesino. Como las puntas afiladas de los lápices. 

Seis madejas ya montadas en ovillos salieron de la caja de los sueños. Ovillos risueños, saltarines, y explosivamente listos para dejarse tejer rodaban o guardaban equilibrio a los pies de mi balancín de arrullos,  con Bach de fondo  y la luz entrando por la ventana a hurtadillas de la realidad.

El rojo, como el color de mi sangre y el olor a pólvora aterrizó en mis manos y con él tejí el afán de las tardes en paz y el alborozo de pieles.

El naranja quiso seguirlo, aliñando con su fragancia a luz mediterránea la cantinela de mis dedos novicios en el arte de tricotar.

El amarillo de los tulipanes en verano siguió su camino. Tan afanoso, tan terco, tan vivo como el sol del mediodía inundando la casa de ese intenso aroma a risa de limonero de patio andaluz.

Le siguió el verde, con la frescura de un césped gozoso de pies descalzos y ávido de agua y hierbabuena. Pero estaba juguetón con los rayos de sol que entraban de través por la tarde en retirada y quiso discutirse un poco con la hebra del amarillo, entrando en un baile agarrado sin medida que hizo que el ovillo  azul entrase circunspecto en el proyecto de bufanda., sin pedir permiso alguno. Sintiéndose con derecho propio. Con razón.

Ahí, mis manos se entretuvieron con el aroma a mar de su tono. Con la calma azul de mis desvelos y con el sabor a cielo pintado de nubes de la mirada infantil tumbados en el campo. En la era de la finca de mis tíos, en los veranos de asueto y regaliz.

Lo reconozco, el fragmento del entramado azul se ha dilatado, pero es que me llegaba un aroma a rosa azul y sabor a salitre con olas., tan evocadores que no pude controlar las dimensiones del tejido, ni los relojes.

La gran suerte es que el ovillo de color índigo esperaba paciente, por su costumbre de tener que armarse de paciencia. Con ese olor a   ruptura y rebelión, a libertad sexual y respeto para la mujer, puse unas notas, puntos del derecho sin revés, en mi diario ficticio: Todos saben que los colores nunca han sido siete, pero este número, gusta mucho más que el seis. 

Mi despertar, envuelta en una manta de medida de carpa de circo ha sido de las mejores que pude soñar. Y si quieren que les cuente más…ya me lo dirán. Sin colores ni coloretes, pintando con letras los amaneceres.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Punto y coma

Tomado de Google

Le pediste una coma en la locura.
Un punto y seguido en sus desvelos.
Un desapego de ese albornoz a oscuras.

Una catarsis de entrañas… y de anhelos.
Un punto y final en una jungla de espejos.
Le pediste un punto y coma entre unos ceros.
Un paréntesis entre una y miles de premuras.
Un pequeño agujero, por donde mirar el cielo.
Una interrogación a su encumbrada cordura.
Un tablón de corcho entre añejas conjeturas.

La fuga de sus pies, resonando en la avenida
dejó a un punto suspensivo ahíto de preguntas.

Por puro amor, 
el punto jamás se separó ya de la coma.
Naciendo el punto y coma, en su conjura.

Divorciados en Navidad

-        
Tomado de Google
    Teléfono

          -No Paula no.
-         -¿No …qué?
-       -Que los niños pasan las navidades conmigo.
-        -¡Ah… eso! Luisito, que me oiría hablar con mi madre.
-       -Sea lo que sea, el crío ha llegado diciendo que estarás muy sola. Y más chantajes no, ¿vale?
-       - Ay Luis, no te líes. Llamaron mis padres, que querían venir por Navidades, y yo les dije que los niños estarían contigo, que la pasaría sola. Nada más
-        -Mira. Ellos hablan de que estás sola más de una vez, y estoy harto de tu afición a hacerte la víctima, reina. Más no
-       -Eh, eh...para el carro. No me hago la víctima, pero tú vives con Lola, así que no estás solo, y eso es una verdad como un templo.
-        -No es el caso, y lo sabes
-      -Sí lo es. Y si este año iban a venir mis padres para verles y hacer el tió y eso, pues sí importa el que yo esté sola, ¿no?
-        -No empecemos. Más tretas no. Ya no.
-        -Pero es que tú ya tienes otra familia.
-        -Sí, pero ellos son mi familia, Paula, y parece que por haberlos parido sólo son tuyos.
-        -Mira, déjalo Luis. Déjalo. Que vengan por fin de año y ya está
-      -Eso es lo que tenías que haberles dicho desde el primer momento a tus padres. Que estarán contigo por fin de año, porque el año pasado pasaron las navidades contigo, y yo las pasé solo. Pero no, la señora ha de ir con el cuento de la lástima…
-       -No te consiento que me insultes. Y no es cierto. Me hago un hartón de trabajar para estar por ellos, y sí, tú les quieres mucho, y sí… tú les disfrutas mucho...
-      -Claro que les disfruto. Y mucho, y sabes que Lola se mata por caerles bien y hacerles felices, como yo…
-       -Sí Luis, pero soy yo quien les aguanto, ¿entiendes? Coles, lavadoras, deberes…
-        -Pues que vivan conmigo, ya se lo dije al juez- Dice subiendo la voz-
-        -No sigas, Luis. No sigas, que sabes que hay muchas cosas que es mejor dejar en paz 
-       -Pues no las dejemos en paz, di lo que sea que tanto te amarga reina, porque yo ya me cansé de escucharte.
-        -No, ahora ya no vale la pena.
-        -Vale. Quedamos en que pasan las navidades conmigo y fin de año contigo, y ya está
-        -De acuerdo. Pues ya está, que mis padres vengan por fin de año, y así tú eres feliz…
-       -Paula…no puedo, no pude entenderte tal vez. Yo sí que deseé siempre que fueras feliz, conmigo o sin mí.
-      -¿Ah sí? Caray...y yo sin enterarme…- Ahora la que sube la voz es ella, y habla con retintín
-     - No, Paula, déjalo. Venga, que pases unos días felices con tu familia, y saluda a tus padres de mi…
-        -Pririrpiri….llamada finalizada.

Luis no puede ver cómo cuelga el teléfono, cómo va a la cocina, se pone leche en un vaso que entibia en el microondas. Esa leche que luego se desparrama por el mármol cuando, "sin querer", golpea el vaso con el codo.

Paula no puede ver cómo mira sorprendido su móvil, para clicar que cuelga, ni cómo se va a la cocina, donde Lola hace cuentas para ver cómo hacer la comida de Navidad para ellos y los niños de él, y calcula el precio de los regalos que les harán.
-    ¿Qué pasa?
-    Nada reina…Paula y sus neuras.

Se abrazan mientras Lola observa de reojo las cantidades anotadas en un papel reciclado cuya raya inferior ya trazó, con rabia.


domingo, 6 de diciembre de 2015

Música maestro

"Clase de piano", Veemer

Dejo que la ventana abra paso al nuevo día, con mis pestañas aún plagadas de hilachas de rastros de mis sueños.

La ducha me recibe con unos pases de agua y de notas musicales que refreno en mi garganta para no encender de enojo a los vecinos. La toalla abraza la piel por acabar de despertar a los sentidos y el aroma del café de cápsula deja ir, como ambrosía, un compás de promesas para el paladar.♪♪

Abro una ventana más, donde a menudo, por un plasma inerte se me antoja un saludo de a de veras, que me lleva a una loa de sinfonía que acaba por despertar a la mañana.♪♫

Salgo tarareando hacia el trabajo, con una provisión de grato aroma a cuarto con piano de caja, con metrónomo,  y peluca blanca como la alegría.

Mi día me lleva y me trae, como las frutas del mercado, hasta que en algún momento, por la ventana inexistente de las cosas, la vida de las notas musicales se acopla a unos instantes de asueto e islote perdido.♪♫♫

Sin nombre, sin presencia y sin más identificación que un simple apodo, siento que el aire queda quieto. Nada más que calma se acomoda en una página sin dueño. La amabilidad que sabe a café calmo con miel, sin arrebatos, disponiendo un bodegón para este cuadro.

Ese que contemplo cuando lo veo, pero que sé que forma parte de mi casa, como los cuadros que engalanan las paredes de los ratos tranquilos, sin requiebros.
Y en muchas ocasiones son los sones que me llegan del bodegón de los afectos impalpables, los últimos compases♪♫♫ que me llevan al paisaje de otros nuevos sueños, con Morfeo

sábado, 5 de diciembre de 2015

Coulant de chocolate

Tomado de Google
Tengo entre manos la elaboración de masa madre cuya autoría es de una amiga italiana, de origen judaico. Como algunas cosas que merecen la pena, tiene un tiempo para fraguar, desde los campos de trigo hasta que llega a la mesa, por lo que me permito, sin que sirva de precedente, cocinar una pócima de mayor grado de complicación y mayor número de ingredientes que otras veces.

Mi receta, sin embargo, está al alcance de principiantes en el noble arte de la restauración y los manteles.

En la  alacena, con su cortinilla a cuadros blancos y azules, la tableta de chocolate reposa para mí. La tomo, con la suavidad y el mino que los frutos de la pasión requieren, y son los doscientos gramos de aroma a merienda con pan. De la libra del envase, que equivalen a cuatrocientos gramos, ya hice desaparecer la mitad en ataques nocturnos de apetito de dulce y querencia a chocolate, pero la mitad me bastará

Al baño maría, dejo que el rectángulo marón se bañe con mantequilla, y juntos hacen una pasta densa. Ese baño cojnunto lo aceptan más por complacencia que por deseo de calor. Mientras remuevo la argamasa van charlando de sus cosas. La mantequilla, tan fresca de la nevera, anda quejándose al chocolate porque la ensucia, y éste de las manos heladas que quieren abrazarla, pero acaban entrelazándose en un tango arrabalero al ritmo de la espátula en un allegro desatado. El recipiente queda aparcado y por el silencio, deduzco una emulsión perfecta.  

En el bol de los secretos de las noches dulces, bato cuatro huevos cuyas yemas bailongas juegan con el tenedor al pilla-pilla, mientras el azúcar espera con aire circunspecto. Estos huevos – dice el azúcar-, siempre resbalando. Ella es consciente de su importancia, y los setenta gramos de blanca nieve los dejo deslizar, confirmando cómo  eriza y se entremete con los colores anaranjados de puro ballet, en una danza del vientre que quiere salirse del recipiente por dos veces. La varilla está exultante con sus sonidos metálicos que alegran al canario y le provocan un trino.

El horno está pidiendo que lo alimenten y ese calorcillo por las piernas me resulta muy confortable pues la nieve ha hecho acto de presencia en la ciudad, y los tejanos abrigan poco para fríos de helar  las cañerías.

La harina espera en el estante, tan impoluta, tan fina ella, queriendo vestir de máscara veneciana todo lo que toca.

En la fuente de porcelana grande, como apoteosis final, mezclo  el conjunto de ambos bailes, dejando que los diminutos copos blancos de unos setenta gramos, al fin se avengan a conjugar los verbos del mezclar y del fusionar entre mis manos, que notan la húmeda tibieza del aroma a chocolate y dulce sueño de algún  bizcocho infantil.

El molde es con forma rectangular, como la cámara de fotos, hondo como los afectos y engrasado por la risa de confirmar, que tal vez, por puro azar, tras unos diez minutos a fuego medio de un horno de pan sin miga, acabe saliendo un coulant de chocolate.

Adornaré la ración, si sale bien este postre, con fresas, rojas como rubíes de luz  y pintaré una cenefa de sirope de abrazos blancos como la ternura.  

viernes, 4 de diciembre de 2015

Lluvia de lodo

Cae la lluvia. 
Tomada de Internet

Sólo sé que llueve sobre el camino.
Y que la senda se hará intransitable en pocas horas, 
y que las azucenas empapadas
no aguantarán el barro que se avecina, 
si no para de llover.

Y que las mariquitas y las mariposas andan cautivas, 
a la espera de un sol, que vuelva tibio
sobre los campos de las esperanzas, 
agostadas por esta lluvia de desvarío y lodo, 
que han convertido el sueño en pesadilla.

Y que el pan no estará en la mesa
si en los trigales de la fe no se siembra. 
Y no se siembra porque con esta lluvia
de mentiras y cinismo,  de corrupción impune,
las ganas de sonreír andan marchitas.

Cae la lluvia, 
que no alimenta ni nutre. 
Cae la lluvia y nos faltaran paraguas
si no para de llover.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Lágrima cautiva

Tomado de Google

Se formó despacio.
Maduró en silencio.
Esa única lágrima nació como si nada.
Solitaria, interna, inmensa y desalada.
Tejida con hilos de esperanzas rotas
y de realidad contrastada.
Savia de tristeza de un devenir que la arrincona.
La sorbí con mis labios, 
cuando aterrizó en mi boca.

Pétalos de mar

Tomado de Internet

Sentí el regocijo
de tu fuerza desnuda entre las olas.

Estaba oscuro, y, 
cuando entre altibajos de luna y chapoteos
llegué a tu cuerpo, no me cupo duda alguna
sobre el amparo que ofrecía tu piel anfibia entre las aguas.

Y sentí hasta qué punto, 
tú, mujer, inventabas las cosas del amor
para ser puerto de mis brazos y sal de mi pan,
y es que desatas la fuerza de mis olas, prendida en tu mar 


miércoles, 2 de diciembre de 2015

Cosas de viajar en tren


Subí tras una mujer con niqab en Sants. Anduve por el corredor del vagón y cuando vi un asiento libre me senté, con el libro de lectura que ahora cargo, de Ernesto Mallo, un compendio de su trilogía del comisario Lascano. Me sorprende el título, a toro pasado, porque menos detallista que yo hay poca gente lo que haría de mí una detective pésima.
Libro en mano alcancé a ver, desde detrás a una mujer que viajaba en la otra fila de asiento, dos hileras más adelante…que se empezó a peinar el pelo. Largo, y  oscuro cual azabache.

Seguí leyendo.  Empezó a llenar el aire un aroma de cosmética, pero como he visto antes a muchas mujeres usar ese tiempo  para acicalarse, en verdad ni me sorprendía ni me distraía de la lectura. Cuando el olor a acetona llego flotando por el vagón, la cosa empezó a interesarme. Es que me causaba extrañeza poderse hacer la manicura con el movimiento del tren, pero he visto hacerse la raya de los ojos en un metro, así que tal vez la envidia de pulso de cirujano en cualquier ocasión es lo que me llevó a mirar, por entre los asiento, ya que todo el convoy iba con los asientos mirando hacia adelante.

Llegué a San Viçens de Calders a la hora prevista. Yo me espero a que el tren esté totalmente parada antes de levantarme, así a señora, y otros viajeros desfilaban delante mí hacia la puerta de la plataforma de bajada.

Un bulto negro de ropa descansaba bajo un asiento, pero no hice gesto de cogerlo, ni tocarlo siquiera con el bastón.

No es habitual que haya  policía en ese nudo ferroviario. Sí hay siempre dos personas de seguridad, pero ayer estaban ellos, y dos policías nacionales en la puerta de la pequeña estación, mirando a cada pasajero que llegaba, antes de que cada uno pudiera atravesar el pequeño recinto que da lugar, por el otro lado, a la zona de aparcamiento de la estación.

Ante mí el cabello negro ondulaba sobre un vestido de cuadros, que peinaban unas piernas con medias negras y tacones.
Cuando se giró, brevemente, tras haber pasado el control de seguridad, esa uñas color rosa me hicieron sonreír. Pero luego la sonrisa se me fue cayendo cuando dos pasajeros comentaban que parece ser que había habido una alerta de bomba en Sants, y que pudiera ser que un  yihadista hubiese tomado este tren que va Tortosa.

- Una falsa alarma, parece.
- El qué
- Una mochila abandonada que dejó una mujer.-dijo el pasajero de gorra gris.
- Pues vaya bromas.

Yo pensé lo mismo, mientras la chica de cabello suelto y uñas de chicle subía a un coche  de barbudos que la esperaban en el aparcamiento.


sábado, 28 de noviembre de 2015

El escritor de feria

Lamento la escasa luz, con flash salía el reflejo :-)

Para Daniel, lo de las letras fue un descubrimiento que le abrió a un mundo por descubrir y a miles por inventar. Bueno, eso lo es para todos, pero su caso era especial

Escribir se convirtió en su sueño desde que las letras se le descubrieron como fijas de scrabble pero con colores. De tal modo, que poco después de los seis años, y con su caligrafía ligada de estreno, escribió él solo su primera carta a los Reyes. Les pedía letras de colores, que ensamblaría luego como piezas de Lego muchas tardes, tras hacer sus deberes y jugar con su hermana Lola. Sus majestades habían tenido trabajo para encontrar esos cubos con letras que constituyeron su juguete más querido.

Llegó la adolescencia, y con su Harry Potter leído una y otra vez, se enfrascaba en componer magia con las palabras. Inventaba algunas que le parecían faltar para expresar sensaciones. Catalogaba las palabras por sílabas y por fonemas, por colores al pronunciarlas y por el aroma que desprendían al leerlas en voz alta.

Una noche de tormenta soñó que quedaba atrapado entre las paredes de una jaula de cristal.  Con una pluma en la mano, y la imaginación en ristre había de mantenerse quieto, hasta que con una moneda permitía que se pusiera en marcha el mecanismo que le permitía mover su brazo derecho, bajar un poco la cabeza, e ir escribiendo textos, que acababan por salir de una ranura cuando acababa el tiempo estipulado.

Infeliz e impotente, a ratos se preguntaba dónde habrían quedado su familia, y sus amigos, y su mundo de verdad, pero la tristeza se aplacaba cuando podía escribir lo que iba creado en su mente, que con los años, de haber podido, hubiera llegado a ser una novela de más de mil páginas.

Cada visitante se llevaba un fragmento de la gran obra que ya estaba redactada en su mente, y de alguna forma, esa constancia de su paso por la literatura, aunque precario y fragmentado, le concedían algo de felicidad.

Llegó un aciago día en el que cambaron las monedas del país. Veía impotente cómo intentaban  introducir un círculo de metal más grande que el carril de las monedas que habían instalado en su máquina. No podía mover su brazo. Lloraba sin lágrimas, y gritaba sin voz.

Algún estúpido se había olvidado de que él también tenía derecho a vivir.

Sintiendo al fin la nada

Foto del libro "Una mujer loca" 

Si bien hubiera preferido no haberme cruzado en su camino, no pude evitar la bravuconada de intentar conocer a fondo a una persona cuyo presente, personalidad y complejidad, me acabó por sobrepasar. Como tantas otras cosas que he asumido como un reto que sacar a flote luego, y siempre con más deseo que fuerzas para ello, o recursos para llevarlos a buen puerto, contacté con Álvaro, sin más ni más. Y es que cuando digo “que esto lo saco adelante”, o que  “con esto puedo yo, por mis narices”, me dejo la piel, tal vez literalmente, para quedar con la conciencia tranquila de haberlo llevado a cabo.

Pero hay que ver cuántas veces luego, al ver que me precipité de manera irreflexiva al asumir ese reto, me percato de que no puedo con él, incluso en ese mismo instante, en ocasiones. No permito que la flaqueza se perciba, y la oculto en el recóndito páramo de los peores rincones. Para anestesiar mi miedo, o para vencer el miedo del abismo del reto asumido. Nadie me escuchó jamás una excusa con la que reconozca el mal cálculo de mis propias fuerzas. Porque sería reconocer que he errado, yo, la ganadora de competiciones de cálculo mental...jamás de los jamases. Otros tal vez...pero yo no. Llegué a comerme peces por demostrar que tenía una esencia marina en mis venas, con eso lo digo todo.
¿Por qué?. En esta ocasión, con Álvaro, fue porque me gusta ayudar siempre que puedo, eso es todo. Una mala broma del destino, o de los cromosomas. 

Ahora casi todo se reduce a la innegable carga genética, esa impronta insalvable que nos infiere desde temperamento hasta las enfermedades, pasando por el inevitable color de piel, hasta aterrizar a los pies de unos juanetes, todo ello sin pestañear. Pudiera ser, pero no importa la razón de todos modos, sino las consecuencias de ser quien somos. Pero esa bravuconería me ha costado muy cara como para perder más tiempo en conocer si esconde algún episodio infantil. Mis bravuconadas son cual farol de un póquer sin cobertura posible, donde nada es verdad. Salvo mi fe en dar fe que cumplí lo prometido.

Cuando hace dos años opté por conocerle, para ayudarle en lo posible,  como digo, fue cuando el castillo de cartas se vino abajo, porque quién podía pensar que el azar me deparaba un enamoramiento desatado que ignoraba cómo frenar. La complejidad de Álvaro iba más allá de lo que esperaba, pero emanaba quién sabe qué efluvios de erudito, o de genio despistado, que me resultaron  irresistibles. Le vi tan desvalido... Como que perdido en un mar a caballo de sus talentos y de sus limitaciones. Constituyendo un reto, que pude obviar y no hice, ya digo que soy bravucona.

Es un estado de locura transitoria en toda regla, de la que no por edad queda uno exento. Conlleva, de manera innegable, una etapa de compulsiva necesidad de saber de esa persona. De obsesión que enajena, de privación de autocontrol y de raciocinio. Escuchando cómo me pedía que saliera de su vida ¿cómo catalogar si no como locura, que al apretar el nudo del cable del teléfono de la mesita de noche, me pareciera de lo más normal ejercer tanta fuerza sobre su cuello?

Hice como que entendía, y hasta justificaba que hasta para mí era un alivio, porque, alegué, en mi casa empezaban a sospechar que alguna actividad extraña me llevaba entre manos. Lo habíamos pasado bien, disfrutado como adolescentes en celo cuando nos habíamos visto, y sugerí una despedida gozosa, sin remordimientos ni dolor por parte alguna. Quedamos en un cuatro estrellas que él reservó y dejó pagado. Cenamos con vino, brindando por una hermosa amistad y muchos besos que recordar. Fui al ascensor directamente y subimos en él cogidos de la mano y solos, para, ya en la setecientos trece, seguir los besos inacabados del ascensor en la cama.

Como despedida, convino en dejarse atar. Con mi cinturón de la gabardina negra y el fular las muñecas, y con mis medias con ligas de silicona los tobillos. Lo pasamos bien. Le cabalgaba por última vez a lomos del deseo correspondido por su cuerpo, quizá con mayor intensidad que nunca. Tanto, que metí en su boca mis braguitas para que no hiciera tanto ruido de rítmico placer in crescendo.Riendo yo, y sonriendo él.

No lo tenia planificado, pero pasó. Cuando eyaculó tomé el auricular y sin pensarlo rodeé con él su cuello. Abrió los ojos hasta un tamaño que yo desconocía de él. Esos ojos miopes pedían en primera instancia tregua, luego piedad, y al fin, vacíos como los de esos besugos de la pescadería de mi barrio,  mudos y mates, y como privados de vida, diría yo...no pedían nada. Miraban a lo alto hasta quedar fijos en la nada. Noté sus intentos de romper las ataduras, y su cuerpo luchando por zafarse de mí, mientras movía la cabeza en una desesperada lucha por gritar, pero no  he sentido nada más que la gran nada.

Igual es que mi tiempo de amar pasó, en pretérito perfecto y con indescriptible pasado, en este caso de montaña rusa. Y aquí me tienen, poniendo el punto y final a esta locura,  mientras cierro tras de mí la puerta de esta habitación de hotel, y me alejo de donde no he dejado huella alguna de que un día yo pasé por aquí, del brazo de un reto que iba a ganar al fin.