domingo, 27 de septiembre de 2015

El metro multicultural


El metro iba bastante vacío. En verano hay menos gente y a ciertas horas es muy grato y rápido viajar con este medio. En casi tres meses de tomar dos por día, he visto un poco, sólo un poco, de lo que es un laberinto sociológico de primera magnitud.

A modo de ejemplo les explico una anécdota de una tarde, como otras, en las que a punto estuve de provocar un conflicto internacional. Verán qué tontamente. Subí con mi muleta a un vagón. Hay líneas que tiene un vagón como que continuo, que en vez de separaciones formales por dentro, se articular con espacios de cuasi bisagra, donde el suelo se mueve, como es natural y cuyas “`paredes” no albergan ventanas ni barras de sujeción para los pasajeros, bueno sí, pero no una vertical en la zona central.  

Todos los vagones tiene una zona de asientos, cuatro, que son para ancianos, gestantes o personas con dificultad de movimientos y están correctamente rotulados en la ventana que hay sobre ellos, con pegatinas inequívocas. Es imposible no entender los dibujos. Imposible. Enfrente de éstos está  la zona que es para maletas o bicis o carritos de bebé. Pues bien. Busqué la zona de dificultades y estaba un hombre moro, vestido de forma identificable, y a su lado un niño de unos tres años. A su lado, estaba sentada una señora bastante mayor y una embarazada. Miré al padre y le señalé las etiquetas, en un gesto neutro, señalando con la muleta, a la espera de que se pusiera el niño en su falda. Nada pasó. El niño me miraba a mí y a su padre, alternativamente. Se levantó la señora mayor y yo me senté, procediendo a abrir el libro que llevaba en ese día, pero aún no había cogido el punto de lectura para ubicar mis ojos al texto cuando un señor, sujetado a una barra de las que van del suelo al techo del convoy, y  en árabe, le decía cosas al señor vestido de moro. Parecía increparle, y era fácil adivinar que recriminaba el mal ejemplo que daba al niño.

El viajero sentado  se estaría defendiendo no sé con qué argumentos, pero lo cierto es que el que iba de pie sujetado a la barra central, acabó su  parlamento diciendo en perfecto español…”cabrón”. Y entonces entró en escena un señor argentino o uruguayo recriminando al viajero de a pie  por insultar a un padre delante de un hijo. Ahí se inició una pequeña discusión entre los dos viajeros de a pie.   La señora mayor, cuyo asiento me cobijaba entonces, quiso poner paz. Y el trayecto de tres paradas tuvo pocas variaciones de viajeros. Subía y bajaba poca gente, hasta llegar a Maragall, donde se bajaban los tres hombres y ese niño, quien,  con un caramelo en la mano que le había dado el sudamericano, miraba a los tres adultos en el andén.

El metro siguió su camino, y yo me bajé en mi parada de metro, no sin antes tener que escuchar a la señora mayor, quien, al lado de la embarazada, comentaba para quien quisiera escuchar, en voz alta, y buscando mi aquiescencia, que si yo hubiera sido mora, seguramente me habría cedido el asiento, porque a sus mujeres  sí las respetan, o algo parecido. No entré en la discusión, ni el sudamericano estaba ya en el convoy, Nadie ratificó ese extremo, pero una señora de mediana edad, que se agarraba a la barra central en ese momento empezó a comentar lo que parece que encontraba como injusticia en el trato a favor hacia los moros. Milongas que me he cansado de rebatir, y en las que ya no entro. Me quedé absorta en el libro, a pesar de que escuchaba la conversación entre mujeres.  

La verdad es que la ignorancia es mala consejera para la convivencia. Pero tomé nota de que por encima de los avisos que invitan a la educación, es decir, en este caso, a ceder el asiento a quien lo necesita, hay una noción de humanidad que no puede intentar traducirse en símbolos.

Al bajar, por una puerta más lejos de mi asiento, constaté que unas jóvenes, habían viajado ajenas a esta disyuntiva intercultural. 




2 comentarios:

  1. Situaciones que por desgracia cada vez nos encontramos más a menudo, sin entrar en la nacionalidad de quien la práctica y de quién la sufre, es un problema de la falta de educación tan evidente que hay en la sociedad actual, en que cada vez más, cada uno va a lo suyo.
    Como por ejemplo esas mujeres con movilidad reducida, que se ayudan con una muleta y pretenden sentarse en un metro en los asientos reservados para jóvenes sordos por que casi todos suelen llevar unos auriculares, con los que nos participan la pseudomúsica con la que se destrozan los oídos y ciegos por el sueño que arrastran de sus peculiares horarios. O de padres y madres super protectores, que cuidan con estimable perseverancia que sus infantiles vástagos no sufran la inclemencia del estar derechos en un inestable suelo de un medio de transporte público, sin ceder tampoco su asiento, conquistado cor ardor guerrero.
    En fin bienvenida al mundo real del transporte público.
    Besos.

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    1. El tema es que hay niños, menores de cuatro años, que ocupan asientos, máxime estos reservados, cuando ellos a su vez, no pagan para montar en el metro. Lo que es la vida, lo que son algunos padres...porque los niños no deciden.

      De jóvenes y no tan jóvenes empecinados en aislarse para no ver a quien necesita esos asientos, ya es un tema para otro rato, pero ha de haber de todo en la viña del Señor!!. Un beso

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.