jueves, 1 de octubre de 2015

El hombre del parque


Desde Julio paseo a diario por un parque. Me gusta todo él. Y todo de él. Sus lagos artificiales, sus pastos artificiales, sus olivos alineados imposibles de que hubieran nacido en tal disposición,  hasta sus parajes diseñados para hacer picnic, y hasta para fotografiar en un . rinconcillo cuidado que enmarcaría a cualquier retrato de grupo o pareja con un hálito de serena naturaleza domesticada. Pero lo que más me gusta es la gente que hay en él, a las diferentes horas en las que he ido paseando, y en ocasiones, repitiendo el trayecto.






A principios de mes, de hecho el segundo día que salí con la muleta a pasear por ese parque, me llamó la atención un hombre, de unos sesenta años, que caminaba mucho peor que yo. Era evidente que había sufrido un accidente vascular cerebral y medio cuerpo había estado a punto de claudicar definitivamente.

Imagino que, pasado el inmenso susto, los deseos de mejorarse, y los consejos  médicos le habían hecho mella tanto o más que la experiencia de verse tan imposibilitado como hubo de haberse sentido. Nuevos de trinca portaba cinta en la frente para el sudor, unas deportivas fluorescentes amarillas, pantalón negro corto, con raya vertical amarilla, y una camiseta de control de sudor. le había visto sentado, así que cuando pudo incorporarse me vine abajo. No caminaba, de hecho me producía la impresión de que se iba a caer en cada paso que conseguía dar.

Yo, que no estaba para hacer carreras  de velocidad, me vi abrumada por la visión del hombre de la cinta en el canoso pero tupido pelo. No podía entender que le hubieran dejado salir a pasear, de hecho a correr, en tal estado físico. Admiré la entereza y el empeño del hombre, pero me desvié hacia otro lado del parque porque estaba segura de que le vería caerse, de bruces, tan de estreno con su atavío, como estrenando la capacidad de caminar sin artefactos.

Le vi otro día, semanas después. Y me quedé de nuevo abrumada por el miedo a verle caer, tropezando con su propio movimiento de avance de zapatilla deportiva.

Hoy, temprano, le he vuelto a ver. Sé que es él, porque su vestuario es el mismo, pero ahora lleva una muleta, que levanta con cierta dificultad, pero le deja pasear casi seguro. Mientras yo leía, él se ha ido alejando a la esquina donde una mujer de su edad, tendía una sudadera  azul con el borde amarillo, nueva seguramente. Me ha dejado pensando qué fuerza de voluntad tiene el ser humano, mientras  las primeras gotas de una lluvia novicia de otoño, alegraba la hierba cuidada de un parque de una gran ciudad.




8 comentarios:

  1. "Caer está permitido. Levantarse es obligatorio” (Proverbio ruso).
    Un abrazo.

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    1. Es el proverbio que uno ha de recordar cuando cae. Que somos todos, tarde o temprano.

      Un abrazo

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  2. Qué tendrán esos parques, que nos procuran sosiego y serenidad en el paseo, arrullos de aguas siempre retornando al punto de salida y pájaros habitando con declaración estrepitosa de su condición de ocupas, pero que siempre nos hacen estar en tranquilidad con nosotros mismos y ver a los demás paseantes, como personas con las que compartimos ciudad sin molestarnos, todo lo contrario de una bulliciosa calle.
    Es de admirar la lucha de un hombre por superar sus limitaciones y estar siempre en lucha por recuperar su dignidad motora.
    Gracias por mostrarnos estos rincones tan acojedores.
    Un beso.

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    1. Compartimos demasiadas cosas todos los seres humanos. Loa avatares crueles no son ajenos a nadie, por lo que uno se pone en la piel del otro. Es natural, imagino. El parque me ha deparado muchas vivencias de superación personal, pero este señor ha sido especial, porque creo que su coraje es más que meritorio

      El parque es bonito, de verdad. Un beso

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  3. Momentos de disfrute paseando por el parque, observando el entorno y las personas, cada una un mundo y sus problemas, pero todos silencian, y el cuerpo habla.

    Me gustan tus letras.

    Un beso dulce de seda.

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    1. Miramos sin ver, demasiadas veces, por eso, en los parques, con la cadencia de los paseos, sin prisas y como paréntesis de agitación, nos generan tanta tranquilidad. Los cuerpos hablan, y hasta cuando vemos los perros con sus amos, en esas dialécticas de cada relación, se aprende tanto.

      Un beso, María

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  4. me parece encantadora tu capacidad de observación, y encomiable la actitud de esa persona empeñada en hacer ejercicio. a mí también me encantan los parques, últimamente voy mucho a uno de Pedralbes, el Palau Reial, que creo es el parque más bonito de toda Barcelona. Me voy, no sin antes agradecerte los preciosos comentarios que dejas en mi blog, son micro-poemas en sí mismos. un abrazo

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    1. Gracias por pasear por este, tu blog. Los parques, micro.universos entrañables y cercanos. Humanos por ello.

      Un abrazo, nos vemos en un parque :-)

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