martes, 27 de octubre de 2015

Padres y café en el Gótico


Papá y mamá sacaban a pasear a los niños, para llegar a un bar donde el café es magnífico. Donde tienen siete variedades de té y donde recogerse en el Gótico, en un oasis de silencio varado, como una isla, en medio de ese trajín de las zonas turísticas con tanto museo, edificaciones eclesiásticas y sonidos de un gótico, o de un barroco, en manos de aspirantes a solistas por los rincones de una  acústica sensacional, que nos atiborra los sentidos.

Les vimos ponerse los niños en sus piernas, y pedirse dos refrescos, mientras nosotros, desterrados de un museo  con tarde gratuita, pero ya repleto en su aforo programado, nos dejábamos llevar por la conversación de nuestras actividades cotidianas.

Cuando la mamá me pidió el agua que acompaña al cortado, ese vaso pequeño cuya función es enjuagarse la boca, para poder deleitarse con los aromas y sabores de un café recién molido, por supuesto se lo di.

Nos quedamos viendo cómo lo ponía en el suelo, para dejar que sus hijos bebieran. Nuestra cara de estupor fue menor de la que ponía el camarero, ese tipo experto en no mirar a los ojos cuando le llamas, pues está al tanto de tus demandas telepáticamente. Sí, esa virtud del oficio que aprenden desde que son contratados, sin haber hecho los estudios reglados de Formación Profesional de Hostelería, pues creo que los que tienen título oficial son expertos en no obrar de manera telepática, sino abiertos al entendimiento oral, o por señas. Creo, que no afirmo.

Con la cuenta en un vasito, como pergamino redentor, íbamos a la barra, a pagar, cuando el feliz padre, justificando a su mujer, tuvo a bien mostrarnos la habitación de los niños. Su móvil estaba plagado de fotos de los niños jugando, durmiendo, haciendo monadas o posando simplemente bien sentaditos en un jardín privado.

En la pantalla de su Samartphone un cuarto con peluches, muñecos silbadores blandos y dos preciosas camitas con edredones grabados en rosa y azul los nombres de Cuco y Cuca, nos sacudían la mirada, para la eternidad de toooodo el resto de tarde.

Seguimos paseando por el barrio Gótico de una gran ciudad. Mirando unas paradas tipo mercado que había en la plaza de la catedral. Habíamos visto cómo, una de tantas parejas, lucía sus mejores galas paternales en unos perros, caniches enanos en este caso.


Tal vez porque el amor cobijador y protector se manifiesta siempre, con o sin hijos, con o sin sobrinos o hijos de vecinos, y hay que darle salida para no reventar.

La tarde otoñal se dibujaba en el aparador de la cecería más antigua de la ciudad de los prodigios, dando pistas  de bosques lejanos con olor a hojas caídas, más allá de las murallas de los olvidos.


6 comentarios:

  1. Esas miradas esquinadas de los camareros para evitar el trabajo.... como ha cambiado todo.

    Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No ven, miran tal vez a u punto en el infinito, entre docenas de cabezas, pero ver...no quiere ver.

      Quiero creer que entenderán que los gestos no son actos de mimos locos, pero tal vez no entiendan lo que es servir un café, a nivel de humanos.

      Un beso

      Eliminar
  2. Estas tardes de paseos otoñales por la gran ciudad, con sus barrios tan característicos del centro, ocupados por turistas y despistados en general, siempre tienen sorpresas.
    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sorpresas con forma de canes consentidos, en este caso, pero cada paseo nos trae posibles anécdotas para vivir, comentar, decir o describir.

      Un beso

      Eliminar
  3. Qué facilidad tienen los camareros para no ver hasta que les interesa.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Visión selectiva creo que se llama, a esa capacidad de hacerse ciegos y sordos, pero la ciencia ya encontrará definición más adecuada.

      Un abrazo

      Eliminar

Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.