viernes, 27 de noviembre de 2015

Equilibrista sin red

Tomada de Internet 

Como única amiga, si tiene alguna, de Lola, sé que el hecho de estudiar en las monjas le había condicionado, cuanto menos en los conceptos de obligaciones, culpa y pecado, que pudieron pesar, en parte al menos, en que acabara casándose con Eduardo, ser buena madre e infeliz. 
Lo sé porque nos conocimos en BUP y compartimos muchas noches de estudio, risas, confidencias y aventuras de chicos que jugaban a ser hombres.

Eso sí, a los veintitrés  años, y con el himen ajado en escarceos de coche con el propio Eduardo, pero intacto. Nunca supo si por cumplir las expectativas de su familia, o las suyas propias viendo a ese grandullón rendido a sus encantos, y, seamos francos, contenta por la paciencia que parecía tener antes sus negativas de pasar a roces físicos más profundos. Yo aceptaba su manera de pensar, pero no compartía esos frenos del deseo.

Pero se había casado, técnicamente virgen, y enamorada de ese primer y único novio. Ese Eduardo, estudioso y miope, que amaba las clases de Medicina, devoraba los libros de anatomía y conducía un Citroen Dyane desvencijado y asmático que ambos empujaban al subir las curvas del Garraf, con más fe en sus fuerzas que en los caballos de potencia del vehículo añejo. Como tantos otros. Nos animaba, recuerdo, una convicción irracional de que nuestros embistes animaban al trasto, como si fueran espuelas en los flancos de unas acémilas. Cosas de juventud.

La primavera de hace quince años  había traído los primeros despertares juntos, y las primeras sensaciones completas de amor para Lola, y poco después los primeros llantos de infancia de un primor de crío que les llenó de satisfacción.

Eduardo fue avanzando en su carrera profesional, mientras Lola dejó el trabajo muy pronto, ante la dificultad de criar al pequeño con las guardias de residente de una especialidad que no llegó a terminar. No lo lamentó jamás. En parte, porque estudió para el MIR por complacer y acompañar a Eduardo en sus jornadas de estudio maratonianas, pero en parte, porque ella misma, no tenía ninguna inclinación a rama alguna de la medicina.

Feliz con su bebé, todo parecía ir bien. Pero las jornadas laborales de Eduardo seguían siendo iguales e incluso más excluyentes de la dinámica familiar, y Lola se encontró un con un niño que asistía a la escuela, por largas horas, y un marido ausente, por más horas aún.

Sin vocación de ama de casa, hacía a ratos de secretaria de su marido, de limpiadora y responsable de logística de su esposo y de su hijo, y de hija-médico de un don Álvaro, su padre, cada vez más demenciado y con peor humor.

Las primaveras llevaron al pequeño Lalo, su único hijo, a ser un hombretón reivindicador de espacio para abrir sus alas, y ella quedó nadando en un charco de esperas, silencios en la casa y planes de asueto compartido que casi siempre se desbarataban como castillos de naipes.

En estos años nos hemos saludado por teléfono casi cada mes. Y compartido merienda un par de veces al año, para tenernos al corriente de los avatares de la vida de cada una. No me extrañó que solicitase merendar juntas hace unos meses, para explicarme una situación que la perturbaba un tanto.

Según me contó, se sorprendió una tarde aceptando un café, de un señor que había coincidido con ella en un tren de cercanías. Ella tenía que hacer trasbordo y él había cogido ese tren por los pelos, pero su horario habitual era de una hora más tarde, por lo que tomaron ese café, como continuación de una charla distendida sobre rodillas, en primera instancia, sobre los trabajos, en segunda, y sobre los hijos y la vida en su mayor extensión.

Se dieron los teléfonos, con la certeza de que no los usarían, pero no pasó como estaba previsto. Me contó que llamó ella. Por saber si a los pocos días él tomaría el mismo tren, pues tenía que dejar unos papeles de Eduardo en la Notaria del pueblo donde tenían  un piso de veraneo. 

Llamó con la esperanza de que él no pudiera coger ese tren nuevamente, ni quisiera, para ser exactos. O que, directamente, el número fuera falso. Porque a ella le había gustado mucho la manera de relatar de ese pasajero, y su porte, y deseaba que otro fuera responsable de que su vida continuara como siempre.

No tuvo suerte. Luis contestó, y, encantado además, para prometer, de manera instantánea que sería un placer tomar el tren. Aduciría prisa en el trabajo. Tomarían un café. Con mucho gusto.

De esta forma tan simple, durante cuatro semanas el bar de una estación cobijó sus charlas frente a las humeantes tazas de loza blanca,  para despedirse con un apretón de manos cuando avisaban del tren que Lola tomaba hasta Cambrils.

Somos adultas. No tengo la influencia de las monjas tan interiorizada como ella, así que me limité a escucharla. No puedo dar consejos. No soy amiga de darlos ni de recibirlos. Menos aún me siento juez para juzgar a nadie, entre otras cosas, porque conmigo habría sido más estricta, así que nos despedimos, con mis deseos de que fuera feliz, hiciera lo que hiciera. Y es que los cafés habían derivado en tardes de paseo, o de cine, bien hablados, y algún beso, y ahora, me confesaba que dudaba si aceptar pasar una noche con él.

Me llamó de nuevo anoche, excitada y llorosa. No puede asegurarlo, pero cree que está embarazada de Luis, el marido de Rosalía, sí mujer, la señora en silla de ruedas.
-          ¿Del señor del tren?
-          ¿De quién si no, por Dios, Paula…?
-          ¿Quieres que nos veamos?
-          Por favor. Estoy que trino. No pego ojo. ¿Mañana?
-          Por supuesto. Merendamos juntas
-         Gracias. Te dejo, que llega que llega Eduardo. Ciao.shssss

4 comentarios:

  1. Historias cotidianas a la sombra de un tren cargado de aventuras personales, con sorpresa incluida.
    Un beso.

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    1. Cotidianas todas las historias normales, pero para esa mujer no era tan cotidiana la sorpresa de no saber qué hacer.
      A veces, salir de las rutinas tiene altos precios, y veces, todo precio es barato para subirse a algún tren que nos aleje de ellas

      Un beso

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  2. Ay Dios... a la vejez, viruelas...

    Besos.

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    1. A la vejez, en lo que hoy llamamos vejez, o mayores de 65 años...quién sabe la de viruelas que uno aún puede vivir, no?

      Un beso

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