martes, 24 de noviembre de 2015

Esperando un metro

Tomada de Internet

Se cruzaban cada día en el mismo metro. De Sants a Virrei Amat, en un trayecto de poco más de veinte minutos. Ambos iban al trabajo, y eran lo más diferente que uno podía imaginar.

Ella, de unos cincuenta años, vestía en tonos pastel, le sobraban unos quilos  y portaba siempre un libro de lectura. Él, de unos veinte años, llevada rastas recogidas, vestía pantalones de cintura más que baja inexistente, unos piercings, y presentaba una extrema delgadez. El joven se calzaba los auriculares nada más agarrarse a una barra del convoy, o si podía sentarse, con los auriculares puestos igualmente, jugaba con un pájaro  obús que había de destrozar a unos cerditos de la pantalla de su Smartphone.

Una mañana chocaron, literalmente, por dejar sentarse a una señora con bastón, y por vez primera supieron el uno del otro.

Desde ese día, sin acuerdo tácito, se esperan en la parada de Sants, sin esperarse de manera expresa, se esperan el uno al otro para abordar un vagón. El que sea, de la línea cinco, la de color azul, para viajar juntos. Ahora, en esos minutos, se comentan las noticias, y desde ayer, se muestran algunas fotos de los móviles de cada uno. Las de ella son de Laia, su hija, de veintitrés primaveras exultantes, y las de él, son de Lego, un gato asilvestrado, rubio y necio que se anda instalando en  el patio de unos bajos de una casita de la calle Vallespir. 

Eulalia Soler i Formentera es una mujer de pelo cano, curvas en declive y mirada de primavera tras las gafas de ver. Para ir a trabajar a una tienda de La maquinista, toma el metro cada día, desde que se trasladó a la calle Vallespir, del barrio de Sants, donde vive con su hija Laia, estudiante de biología, con vocación de musa y cientos de pecas por reivindicar cada verano.

A esta mujer le fascina leer narrativa, de no importa qué autor ni qué narrador omnisciente o cuasi interno le hable. Porque espera que la lleven en las alas de la imaginación hasta mundos donde perderse para acabar por reencontrarse.  Desde que un día chocara con un joven en el metro, recuerda una y otra vez a aquel primer novio, con sus dedos de pianista y su atuendo de hipee que dejara perder, o perdió por los recovecos de las obligaciones y los laberintos de la vida.

Sus ojos, de un verde esmeralda huido, se enmarcan en un azabache de noche por disparar, como los de  aquel amigo del primero de carrera. Siendo de la edad de su hija, y a sabiendas de que estas conversaciones, ahora diarias, no son más que un pasatiempo de trayecto, no puede evitar saberse viva cuando se sientan juntos.  Tan viva como el gato que él le muestra, haciendo travesuras, o tan palpitante como su propia hija luciendo poses cómicas, en esas imágenes que acaban por compartir en un metro cargado de soledades.


4 comentarios:

  1. El imposible de una relación amistosa entre soledades, mostrado con el cariño de la espectadora, fiel cronista de las historias sorprendentes que acontecen cada día en nuestro suburbano.
    Besos.

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    1. No sé si es imposible, pero tal vez es la única manera de romper la jaula de las soledades. La amistad, entrecomillada entre estos pasajeros, es una fuente de salida a las intimas ferocidades que nos empujan a estar entre las rejas de la soledad, cual isla amurallada.

      Un beso

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  2. Esas pequeñas vidas incrustadas en la vida se convierten muchas veces en alicientes que nos ayudan a sobrellevar la monotonía y los sinsabores de todos los días.
    Un abrazo.

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    1. Esos pequeños regalos de la vida...que hay que estar para saberlos ver

      Un abrazo

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.