viernes, 20 de noviembre de 2015

Hostal mirando al mar

Montaje sobre cuadro de Hopper, del Thyssen. Tomado de Internet

Lola estudió en las monjas, y de alguna manera, se había casado a los veinte años por cumplir con las expectativas de su familia. Se casó, de hecho, como estaba previsto. Con ese primer novio. Un Eduardo, estudioso y miope, con quien poco tenía en común más allá de esa carrera de Medicina que ambos compartieron. Él con vocación y ella empujada por su padre. Su único hijo compartía piso con compañeros de facultad, en Granada, lugar al que  alcanzó su nota de selectividad, y Eduardo seguía, como siempre, enfrascado en su profesión.

Luis tenía una mirada de sultán y dedos de pianista. Sin exceso de talento, trabajaba en un club, con los horarios cambiados, y pendiente siempre  de su esposa Rosalía, una bella mujer que no supo escapar de un coche rojo. Un Seat Toledo la había dejado atada a una lesión medular, y aferrada desde entonces a una silla de ruedas y mil dolencias. El amor entre ambos había pasado por mil peripecias, dejando un poso de afecto que parecía un buen escenario donde sentirse tranquilos.

Lola y Luis se encontraban cada tarde de jueves en la última habitación del pasillo, la ciento quince. Contaban con una cama que crujía en las embestidas, una corriente de aire que el balcón aun cerrado no lograba aniquilar, un silloncito descolorido y granate, las mesitas cuyos cajones cerraban con gestos asmáticos, y  una mesa, a modo de escritorio, con manchas de vasos y de cigarrillos olvidados.

A salvo de naufragios, dotaban a las huellas lejanas de lejía de un olor a jazmines que dejaban flotando por unas horas. Entre el polvo de los amores clandestinos, en la ciudad de los fracasos, se amaban. Ahora, al cabo de los años, y con la rutina de los casados, yacían sin las sorpresas de los bendecidos por la magia de la luna reflejada en el espejo ovalado de un hostal. Modesto y discreto. Uno de esos que miran al mar.




6 comentarios:

  1. A salvo de naufragios, pero aislados en una isla sin palmera, cumpliendo con unas rutinas que solo les dan una vista al mar.
    Buen escenario.
    Un beso.

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    1. Aislados en una burbuja que inventaron, que tal vez, sólo tal vez, han convertido en un escenario de casados por horas, frente a un mar. De espejismo tal vez.

      Un beso

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  2. Tan sencilla como bien contada.
    Un abrazo.

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    1. Tan simple como con posos de un café ya muy frío, en vasos de pasión domesticada.

      Un abrazo

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  3. Amores impuestos que nada tenían en común ni siquiera el blanco de los ojos, matada la vida en juventud, entre los sentimientos congelados y la rutina.

    Me ha encantado tu relato sobre los desvaríos de la vida de varias parejas marcadas de antemano pir un cruel destino.

    Un placer leerte mi querida Albada.

    Un beso muy dulce de seda.

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    1. No pensaba en nadie en especial, pero me temo que alguna persona pueda sentirse identificado, en tanto que se construyen islas, como burbujas de alivio ante las rutinas impuestas o aceptadas...

      Un beso, dulce María

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.