sábado, 28 de noviembre de 2015

Sintiendo al fin la nada

Foto del libro "Una mujer loca" 

Si bien hubiera preferido no haberme cruzado en su camino, no pude evitar la bravuconada de intentar conocer a fondo a una persona cuyo presente, personalidad y complejidad, me acabó por sobrepasar. Como tantas otras cosas que he asumido como un reto que sacar a flote luego, y siempre con más deseo que fuerzas para ello, o recursos para llevarlos a buen puerto, contacté con Álvaro, sin más ni más. Y es que cuando digo “que esto lo saco adelante”, o que  “con esto puedo yo, por mis narices”, me dejo la piel, tal vez literalmente, para quedar con la conciencia tranquila de haberlo llevado a cabo.

Pero hay que ver cuántas veces luego, al ver que me precipité de manera irreflexiva al asumir ese reto, me percato de que no puedo con él, incluso en ese mismo instante, en ocasiones. No permito que la flaqueza se perciba, y la oculto en el recóndito páramo de los peores rincones. Para anestesiar mi miedo, o para vencer el miedo del abismo del reto asumido. Nadie me escuchó jamás una excusa con la que reconozca el mal cálculo de mis propias fuerzas. Porque sería reconocer que he errado, yo, la ganadora de competiciones de cálculo mental...jamás de los jamases. Otros tal vez...pero yo no. Llegué a comerme peces por demostrar que tenía una esencia marina en mis venas, con eso lo digo todo.
¿Por qué?. En esta ocasión, con Álvaro, fue porque me gusta ayudar siempre que puedo, eso es todo. Una mala broma del destino, o de los cromosomas. 

Ahora casi todo se reduce a la innegable carga genética, esa impronta insalvable que nos infiere desde temperamento hasta las enfermedades, pasando por el inevitable color de piel, hasta aterrizar a los pies de unos juanetes, todo ello sin pestañear. Pudiera ser, pero no importa la razón de todos modos, sino las consecuencias de ser quien somos. Pero esa bravuconería me ha costado muy cara como para perder más tiempo en conocer si esconde algún episodio infantil. Mis bravuconadas son cual farol de un póquer sin cobertura posible, donde nada es verdad. Salvo mi fe en dar fe que cumplí lo prometido.

Cuando hace dos años opté por conocerle, para ayudarle en lo posible,  como digo, fue cuando el castillo de cartas se vino abajo, porque quién podía pensar que el azar me deparaba un enamoramiento desatado que ignoraba cómo frenar. La complejidad de Álvaro iba más allá de lo que esperaba, pero emanaba quién sabe qué efluvios de erudito, o de genio despistado, que me resultaron  irresistibles. Le vi tan desvalido... Como que perdido en un mar a caballo de sus talentos y de sus limitaciones. Constituyendo un reto, que pude obviar y no hice, ya digo que soy bravucona.

Es un estado de locura transitoria en toda regla, de la que no por edad queda uno exento. Conlleva, de manera innegable, una etapa de compulsiva necesidad de saber de esa persona. De obsesión que enajena, de privación de autocontrol y de raciocinio. Escuchando cómo me pedía que saliera de su vida ¿cómo catalogar si no como locura, que al apretar el nudo del cable del teléfono de la mesita de noche, me pareciera de lo más normal ejercer tanta fuerza sobre su cuello?

Hice como que entendía, y hasta justificaba que hasta para mí era un alivio, porque, alegué, en mi casa empezaban a sospechar que alguna actividad extraña me llevaba entre manos. Lo habíamos pasado bien, disfrutado como adolescentes en celo cuando nos habíamos visto, y sugerí una despedida gozosa, sin remordimientos ni dolor por parte alguna. Quedamos en un cuatro estrellas que él reservó y dejó pagado. Cenamos con vino, brindando por una hermosa amistad y muchos besos que recordar. Fui al ascensor directamente y subimos en él cogidos de la mano y solos, para, ya en la setecientos trece, seguir los besos inacabados del ascensor en la cama.

Como despedida, convino en dejarse atar. Con mi cinturón de la gabardina negra y el fular las muñecas, y con mis medias con ligas de silicona los tobillos. Lo pasamos bien. Le cabalgaba por última vez a lomos del deseo correspondido por su cuerpo, quizá con mayor intensidad que nunca. Tanto, que metí en su boca mis braguitas para que no hiciera tanto ruido de rítmico placer in crescendo.Riendo yo, y sonriendo él.

No lo tenia planificado, pero pasó. Cuando eyaculó tomé el auricular y sin pensarlo rodeé con él su cuello. Abrió los ojos hasta un tamaño que yo desconocía de él. Esos ojos miopes pedían en primera instancia tregua, luego piedad, y al fin, vacíos como los de esos besugos de la pescadería de mi barrio,  mudos y mates, y como privados de vida, diría yo...no pedían nada. Miraban a lo alto hasta quedar fijos en la nada. Noté sus intentos de romper las ataduras, y su cuerpo luchando por zafarse de mí, mientras movía la cabeza en una desesperada lucha por gritar, pero no  he sentido nada más que la gran nada.

Igual es que mi tiempo de amar pasó, en pretérito perfecto y con indescriptible pasado, en este caso de montaña rusa. Y aquí me tienen, poniendo el punto y final a esta locura,  mientras cierro tras de mí la puerta de esta habitación de hotel, y me alejo de donde no he dejado huella alguna de que un día yo pasé por aquí, del brazo de un reto que iba a ganar al fin.

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Igual es una forma más mortal que el morir mismo, quién sabe. Como narrador interno me quise poner en esa piel que pierde el norte, por una bravuconada, según creí.

      Un beso

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.