miércoles, 2 de diciembre de 2015

Cosas de viajar en tren


Subí tras una mujer con niqab en Sants. Anduve por el corredor del vagón y cuando vi un asiento libre me senté, con el libro de lectura que ahora cargo, de Ernesto Mallo, un compendio de su trilogía del comisario Lascano. Me sorprende el título, a toro pasado, porque menos detallista que yo hay poca gente lo que haría de mí una detective pésima.
Libro en mano alcancé a ver, desde detrás a una mujer que viajaba en la otra fila de asiento, dos hileras más adelante…que se empezó a peinar el pelo. Largo, y  oscuro cual azabache.

Seguí leyendo.  Empezó a llenar el aire un aroma de cosmética, pero como he visto antes a muchas mujeres usar ese tiempo  para acicalarse, en verdad ni me sorprendía ni me distraía de la lectura. Cuando el olor a acetona llego flotando por el vagón, la cosa empezó a interesarme. Es que me causaba extrañeza poderse hacer la manicura con el movimiento del tren, pero he visto hacerse la raya de los ojos en un metro, así que tal vez la envidia de pulso de cirujano en cualquier ocasión es lo que me llevó a mirar, por entre los asiento, ya que todo el convoy iba con los asientos mirando hacia adelante.

Llegué a San Viçens de Calders a la hora prevista. Yo me espero a que el tren esté totalmente parada antes de levantarme, así a señora, y otros viajeros desfilaban delante mí hacia la puerta de la plataforma de bajada.

Un bulto negro de ropa descansaba bajo un asiento, pero no hice gesto de cogerlo, ni tocarlo siquiera con el bastón.

No es habitual que haya  policía en ese nudo ferroviario. Sí hay siempre dos personas de seguridad, pero ayer estaban ellos, y dos policías nacionales en la puerta de la pequeña estación, mirando a cada pasajero que llegaba, antes de que cada uno pudiera atravesar el pequeño recinto que da lugar, por el otro lado, a la zona de aparcamiento de la estación.

Ante mí el cabello negro ondulaba sobre un vestido de cuadros, que peinaban unas piernas con medias negras y tacones.
Cuando se giró, brevemente, tras haber pasado el control de seguridad, esa uñas color rosa me hicieron sonreír. Pero luego la sonrisa se me fue cayendo cuando dos pasajeros comentaban que parece ser que había habido una alerta de bomba en Sants, y que pudiera ser que un  yihadista hubiese tomado este tren que va Tortosa.

- Una falsa alarma, parece.
- El qué
- Una mochila abandonada que dejó una mujer.-dijo el pasajero de gorra gris.
- Pues vaya bromas.

Yo pensé lo mismo, mientras la chica de cabello suelto y uñas de chicle subía a un coche  de barbudos que la esperaban en el aparcamiento.


4 comentarios:

  1. Cuando menos lo esperas, te dan el susto.
    Un abrazo.

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    1. Con esta gente, puede haber sustos bastante gordos. En Barcelona, ahora, en estación de Renfe de Sants, de donde salen los AVE, hay policía nacional, además de haber limitado la salida a unos tornos.

      Esto no es real. No había el bulto de ropa en mi tren. Un abrazo

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  2. Una peripecia de lo más preocupante.
    Un beso.

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    1. En mi caso no hubo tal vestido abandonado. Pero te confirmo que en los trenes, uno puede acicalarse, cambiarse de ropa y salir del convoy con un aspecto alejado del que uno llevaba al entrar.

      Un beso

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.