sábado, 5 de diciembre de 2015

Coulant de chocolate

Tomado de Google
Tengo entre manos la elaboración de masa madre cuya autoría es de una amiga italiana, de origen judaico. Como algunas cosas que merecen la pena, tiene un tiempo para fraguar, desde los campos de trigo hasta que llega a la mesa, por lo que me permito, sin que sirva de precedente, cocinar una pócima de mayor grado de complicación y mayor número de ingredientes que otras veces.

Mi receta, sin embargo, está al alcance de principiantes en el noble arte de la restauración y los manteles.

En la  alacena, con su cortinilla a cuadros blancos y azules, la tableta de chocolate reposa para mí. La tomo, con la suavidad y el mino que los frutos de la pasión requieren, y son los doscientos gramos de aroma a merienda con pan. De la libra del envase, que equivalen a cuatrocientos gramos, ya hice desaparecer la mitad en ataques nocturnos de apetito de dulce y querencia a chocolate, pero la mitad me bastará

Al baño maría, dejo que el rectángulo marón se bañe con mantequilla, y juntos hacen una pasta densa. Ese baño cojnunto lo aceptan más por complacencia que por deseo de calor. Mientras remuevo la argamasa van charlando de sus cosas. La mantequilla, tan fresca de la nevera, anda quejándose al chocolate porque la ensucia, y éste de las manos heladas que quieren abrazarla, pero acaban entrelazándose en un tango arrabalero al ritmo de la espátula en un allegro desatado. El recipiente queda aparcado y por el silencio, deduzco una emulsión perfecta.  

En el bol de los secretos de las noches dulces, bato cuatro huevos cuyas yemas bailongas juegan con el tenedor al pilla-pilla, mientras el azúcar espera con aire circunspecto. Estos huevos – dice el azúcar-, siempre resbalando. Ella es consciente de su importancia, y los setenta gramos de blanca nieve los dejo deslizar, confirmando cómo  eriza y se entremete con los colores anaranjados de puro ballet, en una danza del vientre que quiere salirse del recipiente por dos veces. La varilla está exultante con sus sonidos metálicos que alegran al canario y le provocan un trino.

El horno está pidiendo que lo alimenten y ese calorcillo por las piernas me resulta muy confortable pues la nieve ha hecho acto de presencia en la ciudad, y los tejanos abrigan poco para fríos de helar  las cañerías.

La harina espera en el estante, tan impoluta, tan fina ella, queriendo vestir de máscara veneciana todo lo que toca.

En la fuente de porcelana grande, como apoteosis final, mezclo  el conjunto de ambos bailes, dejando que los diminutos copos blancos de unos setenta gramos, al fin se avengan a conjugar los verbos del mezclar y del fusionar entre mis manos, que notan la húmeda tibieza del aroma a chocolate y dulce sueño de algún  bizcocho infantil.

El molde es con forma rectangular, como la cámara de fotos, hondo como los afectos y engrasado por la risa de confirmar, que tal vez, por puro azar, tras unos diez minutos a fuego medio de un horno de pan sin miga, acabe saliendo un coulant de chocolate.

Adornaré la ración, si sale bien este postre, con fresas, rojas como rubíes de luz  y pintaré una cenefa de sirope de abrazos blancos como la ternura.  

4 comentarios:

  1. No sé si resultará tan dulce el postre como el relato. En cualquier caso, cuando he visto que añadías azúcar al chocolate, aunque entiendo que había otros ingredientes que podían requerirla, me he acordado de mi padre cuando decía que sabía lo que era el empalago porque se lo habían contado, no porque lo hubiera experimentado nunca.
    Un abrazo.

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    1. Es que saqué la receta de una de verdad, y en ella, además de chocolate, ponían azúcar.

      Los postres oníricos, que salen más o menos como quieren :-)
      Un abrazo

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  2. Con más o menos azúcar, un postre tan divino, merece todos los privilegios de ser degustado en rica compañía, con los besos de las fresas, para decorar el sobrio aspecto de ese chocolate tan rico, extraído de una alacena noctámbula.
    Un beso, con nota de frambuesa.

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    1. En la noche, la luna y el chocolate se dan la mano en un minuette de fantasía, para dejarnos en la boca el sabor de la ambrosía.

      Mis manos torpes, mis recetas de luz sin alimento, me dejan a ratos recrear dulces momentos.

      Un beso de frutas de bosque sobre pétalos de chocolate

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.