viernes, 1 de enero de 2016

Un mundo para Julia


Luis, se levantó con el pie izquierdo, y desde temprano intuía que algo incómodo rondaba a su alrededor.

Se había retirado de la fiesta de nochevieja a las cuatro, con la sensación de que Julia, esa muchacha a la que le había echado el ojo por primera vez desde que la conociera en el instituto, era el centro de la fiesta. En realidad es la propia fiesta, se había dicho durante toda la noche.

Los amigos comunes, algunos de bachiller como Pablo, habían seguido su camino, y sólo en ocasiones especiales se volvían a ver. Esta vez aceptó ir a la fiesta de entrada de año en casa de Blas, porque la última discusión con Laia había excedido su punto de paciencia, y a falta de otro plan, o de mayor presupuesto se vio a las doce y media ante el garaje de su viejo compañero, donde, nada más llegar, Julia brillaba con luz propia.

Nada tenía que ver ese vestido de tubo negro ni sus medias con costura, que llamaban a la simetría de un chocolate cimbreante. Tampoco el escote palabra de honor de su atavío. Era su sonrisa, que no podía recordar de las mañanas de estudios. Brillaba. Sin más. Sopesó el malestar del resto de las chicas ante la evidencia de que ellas parecían la comparsa de una reina, y acabó por beber dos cervezas, charlar con Julia dejándose el alma prendida de su mirada y gozando del atrevimiento de bailar con ella a última hora, inhalando la esencia de mujer que desprendía, ante la cara de Pablo, que siendo amigo, captó el terremoto que su novia producía en él.

Se despidió alegando haber dormido mal la noche anterior.

Cuando salió por la mañana, estrenado el año, con su pullover gris, se acercó a casa de Blas, el anfitrión, aunque sin saber por qué. En la esquina había dos coches de policía, uno de los municipales y otro de los mossos, y un joven llorando a gritos.

A las nueve de la mañana, sólo unos jubilados montaban guardia en los bancos de la avenida y comentaban lo malo que es el alcohol, que había dejado  dos jóvenes entrando el año fatal. Uno se había ido discutiendo con una chica preciosa, vestida de negro, porque se había portado como una flor llena de miel para los hombres, según dijo el anciano con cayado y gorra negra, pero que otro había quedado sentado en un escalón de un supermercado.

Lo que Luis vio fue a los cuatro policías ayudando, imaginó, al mecido en llanto, a volver a levantarse para poder seguir andando hasta llegar a su casa. Pero en la acera un cartel pudo verse durante todo el día. Si bien nadie dijo haber visto pintar el suelo.

   

6 comentarios:

  1. Hay amores que matan! o eso dicen.
    Un beso.

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    1. Imagino que Luis intentará no volver a ver a Julia, y, en lo posible, olvidar que aquella niña de trenzas del instituto se había convertido en una mujer que le arañaba el alma.

      Un beso

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  2. A veces los buenos deseos pueden romperse en pedazos en unas pocas horas.
    Un abrazo.

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    1. Luis tiene todo el año entero para olvidarse de Julia. Le deso un feliz año nuevo, sin arañazos de amor.

      Un abrazo

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  3. Respuestas
    1. Pues igual es que nos complicamos la vida con él. Siempre genera literatura, como mínimo :-)

      Gracias por su lectura. Un cordial saludo

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.