lunes, 29 de febrero de 2016

Besos y caracola

Juan la despidió con un beso largo en un abrazo de vértigo. El avión despegó  con una explosión ruidosa, tal vez preludiando una estrepitosa sensación de  ausencia.

Él se dio en guardar los besos con destinatario ausente.

Primero guardó los más cálidos en los lugares de mayor uso. En el recibidor, sobre el sofà, sobre la colcha...Luego sobre los respaldos de las sillas, y dentro de los cajones de su ropa, y en el estante de la ducha, y en el armarito de sus afeites, y en su mesita de noche, y en el cajón del chocolate del frigorífico...

Cuando abrió el congelador para seguir guardando besos, confirmó que los meses habían ido pasando, y que ya había  atesorado para ella miles de besos alados, de mil colores y mil texturas.

Diminutos y leves, humedecidos y exaltados, de apoyo para noches frías y de frescor para siestas de Julio. Había besos de floración y de luto. Besos de parar relojes y de escasos segundos. Besos de sal de lágrimas y besos de mar de luna.

Una noche soñó con ella, una y otra vez. Y los besos fueron creciendo, indisciplinándose de las rejas de sus cárceles, hasta inundar el suelo,  hasta derramarse bajo la puerta, hasta conquistar las escaleres, y bajarlas en cascada de besos.

Se colaron por el hueco del ascensor inundando ese espacio. Ahuyentando a las cucarachas y a las pelusas del olvido. Escaparon por la acera, como ejército de hormigas en busca de un hormiguero. Desfilaron por la acera, se colaron por las bocas de desagüe, siguieron por las alcantarillas, derivaron al mar de las ausencias y veleros de viento en popa, hasta arribar a una playa griega, entrando en una caracola, que dejaron inundada de besos de amor y gritos de ternura. 

Una mujer que rescataba a unos niños de una lancha, tropezó con su angustia, con la rabia de ese rosario de gente huyendo y empapados de dolor. Tropezó con sus miedos, sus añoranzas y con esa caracola rubia y grande, reluciente  y golosa, húmeda y tentadora.

La acercó a su oreja derecha, y justo en ese instante, un hombre de Barcelona despertaba sintiendo la piel anfibia de una mujer de mar, que, junto a su almohada, venía cargada de besos sin sal.  

sábado, 20 de febrero de 2016

¿Quién es usted?

- ¿Quién es usted?        
- Paco, tu marido
- Desde cuándo   
- desde hace cincuenta años
- ¿Por qué me da la mano?   
- porque te quiero
- ¿Ah sí?Ah...y desde cuándo       
 - desde que eras niña


- ¿Quien era ese hombre con barbas?     
- Paquito, tu hijo
- ¿Y por qué lleva barba?
- la ha llevado siempre. Le gustará.
- Ah. Muy guapo ese hombre 
- Sí, salió muy guapo, y muy bueno.

- ¿Dónde me lleva?
-  a pasear por el jardín
- Un hombre muy mayor para ser mi hijo, serà hijo de otra
- No, es nuestro hijo mayor, tenemos otros dos
- Me hace broma. Soy muy joven para tener hijos. ¿Quién dice que es usted?
- Soy tu marido. Ya te llevo a comer, Adela

En la residencia de los recuerdos extraviados, la anciana de la ciento quince, en cada visita conoce de nuevo a la misma gente, una y otra vez

lunes, 15 de febrero de 2016

El amor no alimenta

Imagen de Google


Ayer, día de San Valentín, se celebraba el día de los enamorados. En Cataluña es costumbre  utilizar el día de San Jordi para festejar ese sentimiento. Recordé un juego de una compañera con la figura de este santo de lanza y dragón, y me animé a armar otra historia, que no leyenda, sobre tal día y tal santo.

Este santo nació en una pequeña villa de la Conca de barberá, Montblanc. Pero hay quien lo sitúa en Inglaterra.

La historia, que no leyenda, dice que hace mucho tiempo, había un  rey viudo, cuyo nombre no ha sido recordado, quien tenía una hija, cuyo nombre exacto tampoco se recordaría. La hemos dado en llamar “bella princesa” porque era linda y prudente, modosa y buena hija. El rey, cuando la artrosis empezó a molestarle, comenzó su periplo de buscarle esposo, por garantizar la sangre azul por sus reinos, pero la bella princesa no manifestaba prisa alguna. Se mantenía virgen y serena, cultivando flores del jardín palaciego, rezando o cosiendo en la tranquilidad de ser feliz, contemplando los paisajes del reino en sus paseos diarios y cuidando del padre. En gerundios mecida.

Cuando la joven cumplió veintidós años, impaciente por ser abuelo, el afligido padre ofreció a su hija que fuera ella quien eligiese al esposo, porque los pretendientes que él recordaba como posibles príncipes ideales, esos príncipes azules que abundaban en los otros reinos lejanos, a ella no parecían causarle ningún deseo de conocerles.Desde entonces, de hecho, son los hijos los que eligen pareja, y no como en el medievo, época en que eran los padres quienes elegían a los cónyuges de sus vástagos. 

Dicho esto, que no es milagro sino coherencia, y que no haría que pasase a la historia, la razón de su santidad llegó un día en que la casualidad quiso que a las afueras del pueblo, un joven llamado Jordi, cuyo nombre sí que ha pasado a la historia por la gesta casi milagrosa que realizó, se encontrara con la bella princesa. Justo cuando ambos creyeron escuchar el aleteo de un dragón, y un calor sofocante que parecía fuego vivo. Un géiser ignorado hacía su primera erupción en mil años.

Él, gallardo aunque humilde,  aun sin lanza ni sable, hizo movimientos de asestar mandobles al viento con un palo, y ella, con los ojos cerrados, escuchó un rugir de fiera que al fin cesó, tras ruido de aspavientos, reniegos varios y un “muere cobarde” final acompañado de un golpe seco.

Nadie pudo encontrar el cadáver del dragón, pero todos creyeron a la princesa cuando afirmaba que Jordi había dado muerte a una bestia fiera que escupía fuego por su boca. El joven no explicó jamás que los ruidos los produjo él, para impresionar a tan bella dama, así que el rey, agradecido, propuso una comida para festejar el hito de la caza de un dragón en su reino. Era un prodigio que tal bestia hubiera sido muerta antes de tener que alimentarla con ganado, y como tal proeza quiso festejarla. Correspondió con un banquete pantagruélico para nobles del reino, compartiendo  el honor de encabezar la mesa con el valiente joven.

Como Jordi no tenía costumbre de comer carne, pues las aves que comía de tarde en tarde eran los pajaritos que cazaba si tenía suerte, casi se indigesta de comer en demasía y no estuvo por cortejar a la bella princesa, aunque quedó prendado de nuevo por la mirada ausente de tan linda dama. Reparó en que los lugareños como él casi nunca comían carne y que hasta era laborioso conseguir algo que comer cada día. En los jardines se cultivaban bellas flores, y  en los campos nacían también,  pero la belleza y el aroma no servían para alimentar los estómagos de los habitantes del reino. Así que, mirando al cielo un día de Abril,  encomendándose a Dios, y apesadumbrado al ver qué mal comían casi todos en el reino, rogó porque a partir de ese día, al lado de cada rosa naciera una patata, y al lado de cada tubérculo naciera una rosa.

Desde entonces, en ese reino, conviven rosas, para demostrar amor a las damas, junto a patatas y nabos, de tal forma que lo que les alimenta está al lado de una flor, y al lado de cada rosa nace un tubérculo que alimenta.

Por no regalar junto a la rosa una patata,  por estética y por envoltorio de dudoso aspecto, se puso de moda poner una espiga de trigo junto a la flor.

En ese reino jamás se pasó hambre, pero lo que pasó a la historia, que no leyenda,  es que cada veintitrés de Abril, por coincidir con la muerte de dos grandes literatos, se conjuga el alimentar el amor con una rosa, el cuerpo con una espiga de trigo, y el alma con un libro.


domingo, 14 de febrero de 2016

Regreso de remeros




Espejo de mar
El sol en retirada
Rayas de nubes


La mar acuna
La vela fuerte y sutil
Tras los remeros




La mar en calma
Los remeros despiden
Al día huido





Remos cansados
Tras la dura jornada
El puerto acoge


Imágenes de Aguirrefoto

martes, 9 de febrero de 2016

Lluvia y rosas

Llovió bien poco. El viento sí que quería dar la nota es este día de nubes que iban llegando, pero para irse yendo 


Cayeron cuatro gotas mal contadas, dejando la ciudad con un halo de humedad que adornaba la mirada, bajo el paraguas, de un invierno en retirada. Cayeron sólo cuatro gotas. Suficientes, para que, a las rosas, yo las viera diferentes


lunes, 8 de febrero de 2016

Carnaval de caramelo


Cuando los vecinos llevaron al perro, ella aceptó, sin pensar que temprano en la mañana, se disfrazaría de elfo musa para ir a trabajar.
Con las compañeras de planta, la suya tan peliaguda, harían el turno de cuidar a los niños ataviadas  de cuento. Harían competiciones de risas con los pacientes más animados y leerían cuentos a los más graves, por llevar la alegría abrochada en tus talles.

Vestida con antenitas llamó a la vecina, le devolvió a Yoko, se montó en el metro y llegó a Vall d’Hebron rodeada de princesas con sueño en las pestañas. De piratillas de parche en el ojo y misterios por descubrir, de hadas con alas plegadas en bolsas de Ikea, de indias y americanos, de mamás retocando peinados y plumas, zapatillas y espaditas de plástico.

Junto a la gente que iba hacia el trabajo vestidos de día laboral, ella, algunas madres y casi todos los niños, engalanaban el aire con sabor a carnaval sin comparsas, al son de un convoy que olía a Cola cao y nervios, a dicha y a regaliz. Una fauna y flora de caras de alegría, de impaciencia o de sueño infantil, se empeñaban en recordar que era carnaval para todos, también para los niños del hospital.      


domingo, 7 de febrero de 2016

Verte y escucharte

Imagen de Internet 

Quiero mirar y ver.

Esa luz en tus ojos… y en tu tacto.
La que va de tu cintura a tus manos,
y desde tus dedos hasta mi cuerpo.

La que calienta mis fríos labios,
y  que atempera las noches sin luna.

Quiero mirar y verte. En cualquier parte.

Quiero oír y escuchar.

Esas frases que desbocan mi piel.
Las que, cual música me acunan
y que no evito, que saben a deseo.

Las que aplacan todas las sombras
y que al fin susurras…por rescatarnos.


Quiero oír y escucharte. En cualquier parte.

jueves, 4 de febrero de 2016

Geranios vivos

Imagen de Aguirrefoto

Cuando desabrochas mi piel, 
como quien atesora sensaciones, 
dejo que las sombras se diluyan, 
cerrando el pasado,
sintiendo en presente. 

Es  una ecuación que desafía 
las leyes nunca escritas,
las sombras de las noches, 
las cuitas de la vida. 
Las noches sin tu día.

Y así, 
como el geranio despierta en la ventana,. 
con su respirar tranquilo, 
con sus colores desbocados...
me contagias la alegría infantil 
de saber..., de gozar...
que estamos vivos.

martes, 2 de febrero de 2016

Caperucita y el pobre lobo

Imagen tomada de Internet

Vaya por adelantado que pensé en Macondo.

Caperucita salió a pasear temprano, aprovechando la excelente temperatura. No tenía prisa por ver a su abuela. De hecho, ningún martes tenía ni prisa... ni ganas. En el pueblo era bien sabido que la ancianita vivía sola, en una casita aislada en el bosque, lejos de todo y de todos, porque era odiosa, se adornaran como se adornasen sus defectos. Mujer con peores modales y menos sensibilidad no se había conocido en el valle desde el principio de los tiempos. Ni los más viejos del lugar recordaban mujer tan soplagaitas e insoportable

La niña, ataviada de rojo, por una estúpida creencia de que ese color era el más adecuado para que pudieran encontrarla, si un día se perdía, siempre ponía pegas a llevarle un cesto con miel y frutas.

Su madre insistía cada martes en que era responsabilidad suya hacerle compañía, y ya de paso, vigilar el estado de salud de la anciana. Y cada martes, la niña se quejaba, de que era la hija y no la nieta quien debía ir a visitar a la desagradable mujer.

Pero este martes, hoy, rezando para que algo gordo la excusase de esa visita obligada, se paró a mirar mariposas al llegar a un riachuelo. Contra un sauce robusto divisó a un lobo adormilado, con el pelo revuelto y sucio, la lengua parcialmente visible y su abdomen tenso como la piel de un tambor. Se acercó con precaución, porque había escuchado que era un animal taimado y feroz. 

Más que miedo le dio pena. Al preguntar qué le pasaba, el pobre lobo, tocándose la barriga haciendo círculos con su mano sobre la piel tirante, le confesó, entrecortadamente, que dimitía de su trabajo.
- ¿De qué hablas?

- Cuando acepté el papel de malo del cuento de la Caperucita, nadie me habló de lo insoportable que era la anciana, pero es que además…no sabes lo indigesta y dura que es.