jueves, 7 de abril de 2016

Ateneu para hermanos de letras


En el patio interior del Ateneu, hay musas que dormitan y viven junto a los peces de colores del pequeño estanque interior.

Les gusta sentarse sobre las flores para escuchar cómo los escritores se quejan de unos personajes desalmados y egoístas. Les oyen quejarse del precio del café y de las aspirinas. Quejarse de editores que sobrevuelan promesas que nunca cumplen y condiciones de avaricia y explotación del talento ajeno. Quejarse de las facturas de la librería. Quejarse de las compañías que escatiman besos a cambios de buenos versos.

Cuando nadie queda en el patio y el silencio se deja ver, hablan entre ellas. Son musas de edad indefinible, entre quienes igual encuentras hoy una con miriñaque que otra con short plateado, pero todas ellas charlan con los peces. Y todas saben volar sin artificio de escobas ni de patinetes quiméricos. Hasta sin alas…ellas vuelan y parlotean.

A los escritores de la planta segunda, en la biblioteca de regia estancia, llegan restos de susurros de ellas, y de las flores, y de los peces, en forma de fonemas. Llegan a veces finales de cuento bastardos, y hasta cuentos de final feliz enteros que parecía sobrevolar sobre los anaqueles de libros para aterrizar en el  lápiz de un hombre de pelo cano, o una chica de jean azul.

Del silencioso claustro llega también el aroma a agua y a campanillas. En ocasiones, cuando uno se sienta junto a la ventana, justo cuando apoyas el lápiz en un papel, notas cómo un ejercito de palabras se disponen en orden de batallón, en el alfeizar,  para empezar a romper filas luego, y ponerse a jugar después. 

Se las percibe  haciéndose tropezar entre ellas, se las oye reír. Se dan codazos los adverbios con los adjetivos. Se tronchan de la risa las tildes, y hasta las mayúsculas pierden el aplomo cuando los artículos determinados se ponen a jugar al corro de la patata girando alrededor de una goma de borrar Milan.


En ocasiones, uno deja de escuchar el chibarri de las palabras a su aire, cuando pone el punto final de su cuento inventado en una silla de Brcelona.

8 comentarios:

  1. Las musas revolotean todo el tiempo y por todo lugar, dominan el espacio, desde la más silenciosa de la biblioteca hasta la más ruidosa del bar, pasando por escaleras, baños, salas de reuniones y aulas de aprender.
    Tan absortas están en su trabajo que difícilmente se les escapará detalle de cualquier obra en ciernes de los miles de autores presentes y pasantes de tan acreditado centro.
    Miran por encima del hombro de señoritas descocadas con atrevidos textos subidos de tono, a través de las gafas de los sesudos autores desesperados por conseguir la rima perfecta a una rima trasnochada.
    Incluso reprueban con un gesto de censura, el atrevimiento de los posmodernos destruyendo toda lógica en el lenguaje escrito.
    Pero se sienten satisfechas cuando su halo de luz consigue iluminar una mente brillante, que ejercitando con pasión, entreteje una historia de las que alzan el vuelo por encima de todas las cabezas presentes.
    Siempre están ahí y siempre disponibles, aun que los autores desconfíen de ellas en momentos de hojas blancas y cafés fríos.
    Pero ellas no se descorazonan, arremeten sin piedad introduciendo mil temas y mil dudas por debatir, en cada cabeza pensante, por ello son las reinas del lugar.
    Un beso.

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    1. Miran por sobre algunos hombros, no de de todos, hacen entonces mohínes, despeinan al tipo con gafas, revuelven las hojas del libro abierto. Dejan de lado el viento del sur para dejar que pase el del norte, y luego se sientan sobre la oreja izquierda del tipo. De tal guisa, u ahorcajadas de la idea central del escritor en ciernes, se ponen a disertar de pe a pa de cuán pequeño y bobo estaba el borrador de su cabeza, para ponerse luego a dictar...sí dictar, digo bien, de manera fluida y sin puntos el tercer capítulo de esa novela que se atascó, exactamente en la segunda frase de tal etapa.

      Luego, sin dejar de dictar, emprenden con el cuarto. Dejando sin comer al escritor. Y hasta con el quinto. Dejando sin merienda al escritor. Y cuando le reloj lejano de la Catedral tocan las ocho, las musas, con un sueño por cumplir, desean buenas noches al tipo de gafas, aletean sobre las campanillas y se duermen, mientras el escritor promesa desde los quince, apaga la luz, se quita las gafas, se lava la cara y huye hacia la taberna del pavo crudo para comer, ahora sí, sustancias más sustanciosas u lea palabra de unas musas juguetonas bailando un vals con sus argumentos y personajes.

      Un beso para tu musa :-)

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  2. Las tenías cerca, porque sabían que estabas hablando de ellas.
    Un abrazo.

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    1. Las musas siempre están cerca, si uno se para a escucharlas, creo.

      Gran mito ese. Es la constancia la que consigue los textos que valen la pena, pero estaría bien eso de tener musas amaestradas

      Un abrazo

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    1. Divertimento, pero es que mis musas andan de vacacionales :-)

      Un beso

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  4. Que ganas me han entrado de ir... casi lo había olvidado...

    Besos.

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    1. Se recuerda siempre por esos agujeritos que dejan en el alma los buenos ratos que huelen a inspiración, silencio y buena idea.

      Un beso

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.