sábado, 29 de octubre de 2016

Las palabras de honor.

Un perro. Imagen de Aguirrefoto. Canes fieles por favor.

Tengo a bien tener amigos de diversas tendencias. El idioma y muchas costumbres de los latinoamericanos nos acercan y nos enriquecen. Suelen usar un vocabulario más rico también. Aquí con el "vale" y cien palabras más nos entendemos, pero uno se percata, sobre todo leyendo, que la riqueza aquella del español, se nos ha ido yendo por el sumidero de lo aparentemente inútil. Como a veces el acuerdo hecho dándosela mano, que ya a nadie le inspirar seriedad.
Todo esto viene a cuenta de que ayer paseaba por una zona céntrica, y cuatro chavales iban charlando, de paseo. Ni más ni menos que esas nuestras mocitas, cuando alborotan el aire con sus grititos adolescentes, sin hacer nada a nadie.  Ahora, con el revuelo de una ruta para la independencia por estos lares, me hizo girar la cabeza un hombre, ya entrado en años, que soltó su "sudacas de mier" con una mirada de soslayo, pecho inflado de mal aire, y una mirada de odio que me dejó perpleja.

Y hoy pensaba en palabras como "no", y sobre todo la frase "No es no", que  fuese lema de una campaña electoral.  Oyendo, abstención, o "abstención por imperativo", me ha hecho recordar que la palabra de honor, ha perdido el honor de ser fiable. Y nadie pedirá perdón, ni pública ni privadamente. Es lamentable ese suicidio de un partido, pero ellos sabrán qué pactos laten  tras la traición a militantes y votantes. Miro una foto y me quedo con la coherencia de los perros, por ejemplo.


jueves, 27 de octubre de 2016

Quien espera desespera II


Obra de Young-sung Kim


Hoy. mi marido y yo fuimos a la consulta médica para él. Vimos, y no me explico cómo les han dejado poner esto en el ambulatorio, un montón de cuartillas donde anuncian un tipo de seguro médico muy raro. Raro en el sentido de que parece que tiene para los clientes unos servicios que otros no ofrecen. Digamos que de medicina complementaria, porque llamarla "alternativa” es algo que no me cabe en la cabeza.

Unas flores de Bach, por un decir, o la acupuntura, con los milenios que lleva ejerciéndose, yo no la llamo alternativa. Porque póngase  a pensar…¿alguien se trata, sólo con flores de Bach, o sólo con acupuntura para un cáncer? Que no, que será complementaria, como por mi pobre Pablo ya entiendo. Y le llevo a gusto. Porque oiga, le mejora. Y uno mira los chanchullos de un partido que decía ser de izquierdas y que votará para que siga en el poder la derecha. Y yo me digo, ¿pero tú te crees que eso es coherente? Seguir esperando.

¿Quién no está aterrorizado por las listas de espera de Sanidad?. O por los recortes en Educación. O con esos sueldos que ni permiten salir de la pobreza, con los contratos que ahora hacen. Si los llamamos "contratos basura". Qué más quisiéramos. Para mucha gente son de hambre. Y dicen que España va bien, como si tú o yo pudiéramos creerlo. Superamos la crisis, vamos encarrilados... Pero de verdad ¿tú te crees eso? Yo he trabajado treinta años, como mis vecinos, mi familia usted o su hermana , y nos encontramos por ahí escuchando mentiras en un disparate continuo de a ver quién la dice más gorda. Yo recuerdo la expresión “a ver quién es el que la tiene más grande”. Y veremos si llegamos a cobrar pensión alguna. 

El día de mañana se verá qué teje-manejes había en esta farsa de tanta votación, pero los dos partidos seguirán juntos, porque son demasiado parecidos.

Yo me hecho estampar un pez de un cuadro hiperrealista. Parece una foto, lo sé, pero quiero que presida el comedor de mi casa. Y que Pablo lo mire cuando algo en su interior, que ni los médicos ni yo le diremos, le anuncie que es hora de partir y dejar que la puerta se cierre tras de él. Como la del médico cuando entras. 

Como la del último suspiro sin vuelta atrás. Como el último boqueo de un pececillo, fuera del mar.

lunes, 24 de octubre de 2016

Probando saboresII

Imagen de Google


Ir a una cata de quesos y vinos es algo a lo que no tenía ni idea de que se podía asistir. De hecho soy abstemia, y los quesos no son mi fuerte, pero la vida es como es, y acabé yendo acompañada de una hermana. Me dio por recordar y rescatar este texto, lejano ya en el tiempo, porque me da por pensar que podemos estar muy cerca de no considerarlo una fantasía, viendo el cariz que la tecnología va tomando. Hace unos años disfruté en grande escribiendo sobre un hipotético,  e imposible de momento, curso on.line: Ahí va:

Me matriculé en un curso semi-presencial de Enología para principiantes. El primer día nos dieron, a los cinco matriculados, toda una relación de tipos de uva, sus características esenciales, tierra de cultivo y formas de reconocer los caldos más comunes, junto con un dossier pormenorizado de las composiciones más usadas en los caldos de la zona.

La primera práctica on-line fue hace dos jueves. A las 17 horas, con el dossier en la mesa, el portátil recién cargado, y .habiendo avisado de que por favor no me distrajesen en mi casa, esperaba mi clase. En el chat lucían en abierto los nombres de los conectados, todos los alumnos, y el tutor. Ese sistema, nos habían comunicado, permitía que pudiéramos interrelacionarnos, como en un aula común, enfatizaba la publicidad del curso. Ahí estaba yo, con un vaso de agua a mi alcance, cuando desde la pantalla emergió una copa balón.

Era una copa preciosa, con un tinto, y que sujeté torpemente. Olí y luego paseé por la copa el caldo, degusté como pude y a los 10 segundos me puse  a rellenar un cuestionario para evaluar las apreciaciones. Habían puesto una línea final donde hacer un resumen de la experiencia, donde al fin y tras mucho pensarlo me atreví a escribir:

“Evocador y delicado bouquet floral sobre una pétrea base de taninos, especias y vainilla. Vibrante e inolvidable.”

El segundo jueves me conecté a la hora acordada, y vi una lucecita verde junto al nombre del tutor, pero ningún estudiante conectado al campus virtual menos yo. La pantalla me hizo llegar otra copa, de vino blanco esta vez, y una cartulina roja donde en letra gótica escrita en tinta china, y a plumilla rezaba:

“Le ruego concrete su comentario e intente delimitar la zona y composición de la cosecha. La base de datos quedó inservible tras su entrada en ella el jueves pasado. Inservible porque hizo saltar los por aires al programa, así que no use más de diez caracteres. Gracias.

Atentamente. 
Profesor Falanix"

domingo, 23 de octubre de 2016

Barco hundido, en otoño

Juego de playa de Comarruga, imagen de Aguirrefoto

Me han instalado en Abril, en esta playa de Comarruga. Cuando me montaron, creí que era una broma, porque me vi reflejado en unas gafas de sol de un paseante, y me dije “jolines, parezco tocado y hundido”, pero pronto se me pasó la desesperanza.

Llegó el verano más pronto que tarde. El sol me resecó mis maderas, pero soy fuerte, y llegó a a gustarme ese calor en mi piel barnizada.  Comenzaron a pasear a mi vera, camino de la playa, tanto deportistas como personas con perros. Que alguno se ha orinado por babor, todo sea dicho, pero en verdad no me molesta, ni me debilita por dentro. Habitantes de todo el año, paseando, nada emocionante en realidad.

Pasó muy poco tiempo, y de día en día fueron llegando a mis brazos el alma de los niños. Con sus risas y sus escaladas por mi costillar. Con sus pies menudos y sus miradas curiosas, y con esas manos que llegan a todos mis rincones y esquinas, con las cosquillas de la inocencia.

Al caer la noche, algunas veces, se han refugiado en mi vientre parejas que se han besado entre mis tablones y sus temores a ser vistos. Esos jóvenes con las hormonas disparadas por los cuerpos libres de abrigo. Incluso una vez, unos mozalbetes se han liado algo que fumaron dentro de mío y que me dejó medio mareado.

Ahora, que han huido a sus quehaceres los veraneantes,  me siento desolado.  No sé cómo explicar la soledad y tristeza que siento. Ni cómo definir la añoranza por esos niños que me usan para lo que fui creado, para que jueguen. Aunque me arañen a veces con sus impulsivos movimientos. Me siento sordo sin sus sonidos cascabeleros y sus voces agudas.

Hoy me ha devuelto la sonrisa un columpio cercano cuando me ha dicho, a gritos, por el rumor del mar

-  No te preocupes, barco hundido, es que ha llegado el otoño, y no hay otoño que no engendre una nueva primavera.


Se acerca el invierno

Foto de Aguirrefoto

Ya revienta el silente hormiguero.

Se intuyen las pisadas mordisqueantes
de sus patas por mis piernas.

Ese ir y venir tan laborioso
de  sur a norte, de mis sueños.

Y hasta la pálida luna 
hace extraños aspavientos,
cuando las amapolas voladoras
emprenden su negro vuelo,
al dejarnos resbalar por las auroras
de un rayo fulminando ya el silencio.

De una en una parecen anodinas
pero en manada, cual lobos, 
de mordisco a destellada, 
bien que nos quitan la vida


sábado, 22 de octubre de 2016

Amores caros, amores fugaces

Interior del Palacio Güell. Barcelona. Foto de mi autoría


El divorcio de Paula le había dejado con el entrecejo fruncido, un sabor amargo en el paladar, y una cuenta corriente tan escuálida como la radiografía de un silbido.

El piso se lo quedaba ella, y Pablo debía pagarle la mitad, de poco en poco. Ese trato le permitiría alquilar un piso, con opción a compra, que aunque un poco anticuado, estaba en Sants, y le quedaría, por tanto, más cerca de su trabajo.

Quedó con su amigo Lucas, de hecho su único amigo, y la primera vez que se encontraron, tras el divorcio, en ese bar de la Diagonal,  sólo pudo explicarle, entre cervezas Coronitas, qué tanto le había dolido, pero en el fondo, qué tanto le aliviaba  dejar atrás esa historia de diez años de islas irreconciliables.

-      -  Y suerte que ella no se animó a tener un hijo. Porque habría sido muy duro para mi.
-     -   Si, menos mal. Porque igual habías sido un padrazo y ahora estarías hecho polvo.

Brindaron con una última jarra y quedaron en verse más asiduamente, como así fue.

Lucas le invitó a una exposición de talentos emergentes y allí le presentó a María Luisa Gracián, la decoradora de moda en Barcelona. Mujer alta, con una gabardina entallada con su cinturón y un look en blancos y negros que le dotaban de una elegancia que resaltaba su estilo sobrio y femenino. Del que quedó prendado, imposible negarlo, así como de sus manos, de pianista.

Como sin querer, le comentó sobre su piso actual, y de su deseo de reformarlo, aunque fuera un poco, para hacerlo más confortable. Y ella, encantada, se dispuso a visitarle para tomar medidas, y valorar, juntos, qué podían hacer para mejorarlo.
Ese día, ella con el metro en la mano, su cabello rubio recogido en un moño que a ratos sujetaba con el lápiz, tomaba notas sobre una libreta, y durante la comida, que pagó Pablo, le hizo ver un boceto de los cambios que ella imaginaba.

Entusiasmado porque esa reforma le permitiría estar con ella, aceptó encantado las ideas que plasmaba y explicaba, quedándose en cada minuto, más abducido por  su belleza,  y por su inteligencia,  práctica y elegante.

Ella le presentó un presupuesto un par de días más tarde, durante una merienda, que de nuevo pagó él, y luego aceptó hospedarse en un hotel sencillo pero muy cómodo que María Luisa le aconsejase, mientras durara la reforma.

Cuando la acompañó a tiendas de suelos, de mármoles y encimeras, de pinturas y de papeles pintados, verla así, vivaz y etérea, mientras se movía como pez en el agua, sólo consiguió enamorarle más y más, hasta que la invitó a su hotel con una excusa boba, y ella a aceptó, pasando una noche inolvidable.

Pablo ya había pedido dinero a sus padres para los primeros gastos de la reforma, pero cuando, ya acabadas las obras, ella insistió en tirar los muebles, un poco sí que se asustó. Irían de compras de mobiliario.  Ya lo creo.  Fueron, en efecto.

¡Y qué muebles!, todos ellos de diseñadores en alza. Cada pieza, cada silla, o mesita, complemento o simple percha, era una loa al buen gusto, a la simplicidad y a unos precios desorbitados.Pero ya él no se podía echarse atrás, y ella estaba "en el bote". Se imaginaba a los dos en su nido de  amor, a pesar de que ella vivía en un ático de Sarriá.

En el banco le concedieran una hipoteca sobre su casa, a quince años y con un interés muy bajo. Y sin saber cómo, se vio firmando una condena, justo a  tiempo para poder abonar la totalidad de esa reforma por amor, y lo que debía a sus padres.

Paula, por esas cosas de la vida, y de la crisis, tuvo que aceptar la realidad. Ella debía volver a casa de su madre, viuda y con espacio de sobra, porque le rebajaron el sueldo. El pacto cambió y ahora era  Pablo quien debía quedarse con el piso y pagarle a ella la mitad. Eso sí, firmando ante notario el compromiso mensual, porque, enterada de la relación de su ex con aquella decoradora de moda, no iba a dejar pasarle ni un mínimo retraso.

Poco después de inaugurar su nuevo piso, cual bombonera exquisita, María Luisa le comunicó que al fin se casaba con su novio de juventud, quien había reaparecido en su vida, y le rogaba asistiera a su boda, porque, según le dijo, habían tenido una relación inmejorable con él.

Él hoy busca inquilino para su piso de casado, paga a duras penas la hipoteca y el alquiler de la bombonera. A veces se retrasa en su pago. Sí, del pisito que acabó saliendo en las portadas de las revistas de decoración.

No hay amores baratos, es bien sabido, pero haciendo cuentas, esta pasión hacia la musa de Barcelona, le había salido muy caro.

viernes, 21 de octubre de 2016

La espera que desespera

Imagen de Mateo Guerrero

Pablo,  mi marido, ha traído un pasquín tamaño cuartilla, el pobre mío se cree que su dolor de rodilla será una artrosis para operar, y el dolor le desespera. Lo que no sabe es que en la radiografía que le hicieron en urgencias por dolores de tripas, apareció una masa con metástasis que nos pillará sin cobertura médica cuando ya  no hay nada que hacer. 

Y sin seguro de vida, que ese es otro cantar, ¡porque vaya viudedad me va a quedar!, y qué nada de jubilación, todo sea dicho.

Usted que habita en esa sala de espera sin esperanza de la Seguridad Social. Sí, usted que lee a diario esas noticias de decesos mientras alguien  esperaba una operación de pulmón. Sí, usted que hace meses que le pidieron la resonancia de una  rodilla dolorosa, o de unas cefaleas de tamaño de un melón,  y que sigue esperando. Usted que ahora anda mirando seguros de salud, con o sin copago, para saber de qué mal ha de curarse, no deje pasar este pasquín.


Somos su solución. Nuestra clínica “ Juventud eterna!, de Barcelona y Madrid, y el mejor cuadro médico de la historia de la medicina, en todas sus ramas, estamos a su disposición por un módico precio. Qué nos diferencia, se dirá, pues que iIncluimos en el listado de especialidades las flores de Bach y la quiropráctica. La psicología, acupuntura y rezos a María. No lo dude más, doble el papel, y métaselo en el bolsillo, o mejor aún, llame desde la sala de espera del ambulatorio al que ha ido.  Como ve, es un teléfono 900, gratuito, y le orientamos en qué póliza le conviene.  

Imperfecciones y revoluciones

Tomado de Internet

Tras el verano, Ana María, cansada de ser ignorada, tomó medidas. Con una cinta métrica, para ser precisos, aunque el lector ya lo imaginará. Ya con sus extensiones de cuarenta centímetros en el pelo, y con su copa C en el busto, se calzó unas plataformas en los pies y acudió a la oficina.

Qué revolución entre los compañeros de “Seguros duraderos”. Qué conmoción entre las chicas. Qué ojos se le pusieron a su novio cuando fue a recogerla. Qué bombón de revolución.

En Navidad, después de varios incidentes en la cama con su melena de Magdalena, y dolores en los pechos en la postura del “perrito”, dejó atrás las extensiones que le quedaban, y se dejó media melena. No obstante, con poses menos bamboleantes en la cama, y con unos sujetadores especiales para hacer footing, seguía contenta. Algo ofendida, porque las miradas no fueran a sus ojos, preciosos, sino a sus pectorales, pero contenta a fin y al cabo.

Por Semana Santa, regresó a la clínica “La belleza eterna” y se deshizo de las prótesis.

Llegó la exuberante primavera,  y su novio al fin le pudo explicar que la seguía queriendo, pero que había conocido a otra mujer, lamentando que fuera él, y no ella el responsable de la ruptura.  Ella hizo como que entendía. Él hizo como si dijera la verdad.

Cuando días más tarde se cruzó con ellos, no pudo evitar una sonrisa. Aquella joven lucía una larga cabellera, seguramente de extensiones, mientras caminaba sobre unos zapatos rojos, de tacón de aguja, que la obligaban a aferrarse al brazo de él. Ana María, mirándoles, se dijo
- Sí, son falsas.

La mujer se había inclinado a recomponer sus medias, y casi pudo jurar que su copa C de pecho era de la misma clínica. Ana María, relajada y feliz, siguió haciendo footing por la vereda del parque de la ciudad, sintiéndose muy cómoda y muy bella siendo quien era.

Un hola sin hasta nunca

Foto de Aguirrefoto

Este hola no espera un "hasta nunca"
ni este hoy es un "cuánto durará"

Este beso, carente de notario
no contará calendarios
para un "por siempre jamás".

Esta boca sellará la botella
que guarda viejas querellas
listas para enterrar

Este fuego arde  entre cenizas
de ausencias de mil sonrisas
que pudimos  rescatar

Estos abrazos rompecostillas,
nos curan, nos cicatrizan
mil desgarros que curar.

Este voto a las esperanzas
no empaña,  ni nos engaña
las ganas de reintentar.

Este amor pausado y sin alharacas
no es ramo de rosas con albahaca
pero creo que es de verdad




miércoles, 19 de octubre de 2016

Tras el paso de Elena

Foto de Aguirrefoto

Al fin libre de atadurasElena se había largado al fin con el fotógrafo que insistiera en llamar "amigo", hasta consigo misma, y que la dejó inundada, según le confesara una noche, y entre lágrimas amargas, de una luz de la que él carecía. 
No había tenido tiempo ni paciencia para entender, o ella no habido tenido palabras, o redaños, para explicar, o explicarse, que la realidad que la desbocaba la alegría de vivir, era tal vez una huida, pero lo cierto es que no deseaba seguir casada con Luis, sino con Pablo. 

Meses par él de ver cómo se iba con su amigo a buscar, o cazar, según lo llamaba ella, dependiendo del día, esos paisajes que inventaban o buscaban. Meses preguntando si le traería a casa a cenar, o si quedaban los tres en algún lugar, porque quería conocerle, e imaginando qué excusa pondría cada vez.
- Es una amistad blanca, decía ella siempre, no temas Luis, y no vengas paranoias, por favor- remataba con un mohín de asco de niña de Pedralbes- Buscamos lugares que él quiere plasmar con su máquina y yo con mi voz, y nada más,¡jolines ya, con tanta pregunta!.
Lo que Luis no puede saber es que en verdad era una amistad tan blanca como la nieve. Tan clara como el agua de un arroyo saltarín, que no es consciente de las salpicaduras húmedas que deja en las rocas tras su paso. No adivinó, ni remotamente, las noches de lucha, entre sus pechos de niña, por no dejarse caer en la tentación de ceder a sus instintos, con ese lastre de las  clarisas que pesaba como una cadena perpetua. Todo había acabado entre ellos. Para ambos era cerrar una puerta.
Inició una búsqueda por Internet el mismo domingo en la noche en la que ella se fue, y como un puzzle que de pronto cobra certeza. Tenía un mañana por abrir si desabrochaba el pasado. Tomó diez días de vacaciones, su ordenador y dos mudas, y allí estaba. En las afueras de un pueblo de 600 habitantes, según google, gozando de un aire limpio, sin plan fijo de cómo presentarse, porque igual no le reconocería.

Se había ido a hacer COU a Madrid, con sus abuelos, porque, por supuesto, ni bachillerato se cursaba en su pueblo. Por qué no regresó jamás es algo que no le costaría explicar a Isabel, la compañera de pupitre que le despertó el afán por las trenzas, por deshacerlas, mejor dicho. Ella, y no Marisa, con quien se estrenó en la cama, era la mujer que de manera recurrente se le aparecía en sueños. Quien, en sueños siempre, le llamaba, como aquella tarde de otoño, desde el pajar, para, al acercarse, ver cómo se levantaba la falda, dejando ver las braguitas de perlé blancas. Como en la realidad añeja, en su sueños, tras hacer ese gesto, tal vez de desafío o de aseveración de su feminidad, daba media vuelta y echaba a correr hasta el pueblo. 

Ella, con el olor a goma de borrar Milan y pegamento Imedio seguía viviendo en el pueblo, y era la concejala de cultura y festejos. Bueno, junto con el alcalde, era la única persona que cobraba en el Ayuntamiento.

Le reconoció al instante, y desde la silla, sonrió de oreja a oreja mientras gritaba su nombre
- Pabloooo, ¿qué haces aquí?

Era fácil, pero tan difícil decirle cuánto la había añorado, que primero quiso saber si estaba casada, por no romper una paz que no era quien para destrozar desde la distancia del tiempo contado en décadas. La vida no es como las películas. Los amores no son eternos, ni hay escenas de un último minuto antes de tomar un avión, pero hoy, junto a la ventana que deja ver la caída de las hojas en la plaza mayor, la magia ha hecho de las suyas.

El aperitivo duró hasta la comida en casa de ella, y desde la comida hasta el paseo por la alameda del pueblo. El tiempo había traído parejas para ambos, que llegaron para luego irse de sus vidas, y en el otoño de su existencia, haciendo una cabriola, Cupido quiso deshacer el entuerto, y permitir que los dos críos destinados a amarse, pudieran encontrarse al fin.


martes, 18 de octubre de 2016

Dancemos. La danza, más que una forma de bailar

Tomado de internet

A raíz de la presentación del espectáculo de Sara Baras, “Voces”, en el Tívoli, de hace unos meses, me puse a pensar nuevamente en la relación entre  danza y la poesía, porque son disciplinas cuyas analogías nadie puede negar. Ya Paul Valéry, en su” Filosofía de la danza” trataba el tema a raíz de su admiración hacia “La Argentina” (Antonia Mercé i Luque, bailadora de flamenco de la época). Fue una conferencia impartida en  1936, y que sería luego sería publicada en forma de ensayo, y cuya lectura es altamente recomendable.
Trata de verificar que ambas disciplinas parten de la falta de un objetivo formal, en cuanto a la necesidad de comunicarse,  a través de la palabra, en el caso de la poesía,  o de los movimientos corporales, en el caso de la danza.

La poesía libera al hombre del servicio a la "utilidad". Y si recordamos que la palabra “prosa” proviene de “propsus”, ( “en línea recta”), el poema nos aleja de un tiempo real, recuperando un tiempo cíclico, danzando sobre el papel, en donde cada verso o cada estrofa, en su final, nos invita a un nuevo comienzo. Acaba prevaleciendo  la expresión por tanto, y no la función.

¿Para qué sirven la danza y la poesía, podrá preguntarse el prosaico que “va en línea recta”?. Precisamente para liberar al hombre de la necesidad de servir a un objetivo, celebrando, como con otras artes, que la vida sea celebración y gozo, además de planificación de líneas de llegada o metas.

La danza, no nos engañemos, tampoco tiene un fin especificado, aunque tenga un objetivo más o menos definido. Los movimientos, en animales y hombre, como caminar por ejemplo, están orientados a una meta, a un avance, a una narración, donde cada gesto obedece a un plan para llegar a un fin. Pero en la danza, al avanzar sin línea recta, no hay un tiempo pasado, ni movimiento ya hecho que dejar atrás, sino un transitar por un continuo presente renovado.

Así como las figuras alegóricas nos sirven para habitar el presente, en ambas disciplinas uno se pierde. Pero no como quien deambula o vagabundea, esas búsquedas de un propósito al que centrar el objetivo de la acción, sino que, danza y poesía se identifican  con un todo en un presente, donde palabra o verso está para celebrar la voz interna, y todo el cuerpo y no sólo una articulación está para plasmar el movimiento íntimo que  nacen desde adentro.

En la danza se recuperan movimientos de retroceso y de giro que serían considerados rémoras en una acción determinada por un  objetivo. Ese retroceder, o ese girar o incluso balancearse que acompañan al actor, crea el espacio propio y personal sobre ese espacio físico donde se mueve, al son de una música interior.
En la poesía ocurre algo parecido, y es el poeta quien construye su espacio, huyendo del que tiene y le es dado, que sí usa para su comunicación en prosa y sí que persigue un objetivo práctico y útil. Y no busca nada fuera de sí misma, pudiendo recrear una existencia que no se agota, porque no tenía una línea recta.

Es una negación de los caracteres de acciones prácticas, pues en la danza separa los caracteres de los movimientos, haciendo del cuerpo tantas transformaciones  y búsqueda de límites como el poeta cuando usa metáforas o antítesis, cual piruetas para plasmar el alma, usando rimas, o posturas, como lenguaje que nos aleja del mundo práctico, formando, si somos buenos en ello, un universo particular. Exactamente ese lugar  privilegiado que nos atrevemos a compartir.

Hubo un chileno, Luis Sergio Cáceres Toro (1923-1946), que destacó en ambas disciplinas. Sobre él, el historiador  Luis G. de Mussy dice que le llamaban «el delfín», y que fue poeta, bailarín del Ballet Nacional Chileno, pintor y un excelente creador de collages y fotomontajes. 

Hay seres dotados de una inteligencia artística tan notable que pueden ser verdaderos ejemplos de cuántos universos recreados pueden habitar en un solo ser humano, pero la verdad es que siendo destacado bailarín o poeta ya debe saber uno por satisfecho, imagino , sin necesidad de pinceles o cámara de fotos. Pues construye un mundo sin más elemento físico que su propia voz interna. Y debe ser una sensación de plenitud inigualable.

Hablamos, en ambas disciplinas, de ritmo, y ésa es la palabra  clave… pero ¿si un verso es rítmicamente yámbico, por ejemplo, las caderas se han de mover de tal modo, y si son versos alejandrinos,  los movimientos serán exactamente la mitad más largos que si el poema es una décima hecha de octosílabos?. Pues  no hay reglas. Porque se opera desde lo pulsional. Y de hecho, hasta Sara Baras, en este homenaje a desaparecidos genios del flamenco, o algunos poetas emergentes, buscan en el espectador (o el lector) a un cómplice para una experiencia estética, pero no desde la formalidad, sino desde la única dimensión rítmica libre, desde la pulsional.

Como danza realmente generadora de universo, me quedo con El Bolero de Ravel, en ese final de película “Los unos y los otros”, donde remata, de una forma alegórica, una trama dramática como el mejor broche final para un film (con Jorge Donn). ¿Quién no vibra con esa melodía interna que nos recorre con su audición?. ¿Quién no construye un universo in crescendo en su alma al ver a los danzantes de tal danza, o con Amor brujo, por ejemplo?

El arte, esa actividad nada práctica y sólo humana, es la expresión poética de la voz interior elevándose  al más allá, desde un pragmático y gris "más acá".


lunes, 17 de octubre de 2016

La vejez se construye de a poquito



Se llama Rosser de Casamatjor y vivo con ella. Oigo cada noche cómo se queja en sueños, cómo levantarse a hacer un pipí es una  maratón de angustias de esquinas y de picaportes, porque el presupuesto nuestro hace inviable hacer reformas en el viejo piso de la calle Alcolea. Tan viejo como mal aprovechado. Tan húmedo en invierno como asolado en verano.

Ella, con sus noventa y seis años, la que sobrevivió a los bombardeos de una Barcelona sitiada. La misma que fue a robar fruta a los huertos del Prat ante los disparos de los payeses que les gritaban…”que us doni de menjar la Generalitat, roixos de merda”. Esa mujer de veinte años que en la España Industrial se reventó la espalda en telares que ni un hombre de cuarenta años podía manejar, se niega a recibir mi ayuda.

La oigo encender la luz, quejarse en cada movimiento en la cama matrimonial que se niega a cambiar por una articulada que nos prestan en una ortopedia de Sants. Yo me levanto, cada noche, le ofrezco mi brazo, que rechaza. Luego le acerco el caminador con sillita incorporada, pero me dice…

-   -  ”qué bleda ets filla meua, ja sé anar al wáter jo soleta”. Y me manda a mi cuarto, colindante al suyo, por supuesto.

Me niego a volver a mi casa de Nou Barris hasta que la vea más repuesta de la operación de prótesis de cadera, pero ¿qué esperar de una mujer que ha bregado con la muerte?, con el hambre de comer tortitas de salvado y agua?, con el estraperlo, con el afeitado de cabeza y el aceite de ricino por hablar catalán?

¿Cómo enseñarle a pedir ayuda, si cuando, quedándose viuda, fue ella quien giró en la cama a su marido, que se desangraba por una ulcera de estómago?. Ella llamó al médico de toda la vida.

“ Soc la Rossser, afanyis, que en Joan es desagna, com un gorrí decapitat”.

Hoy, como cada noche desde el alta por la operación, me quedo sentada en mi cama, escuchando sus pasos tambaleantes, luego la cadena del wáter, y por fin su regreso a esa cama que es un rosario de gruñidos y espasmos. Y cuando al fin siento que se volvió a dormir, me pregunto si he sacado la fortaleza de mi madre.

Y ahora, echando la vista atrás de mi propia vida, sé que sí.

PD, lamento mi catalán horrible

sábado, 15 de octubre de 2016

Llovió cuanto quiso


Te quedaste arriba, en el dormitorio, calculando que yo, entre el bastón y la humedad, no me animaría a salir a dar una vuelta por la playa vacía, en ese pueblo costero solitario bajo el agua que a ratos parecía una sábana de líquido redentor.
Se oían los truenos, ¿recuerdas?, y me dijiste- mujer, espera un poco, que igual luego clarea.

Te quedaste, mirando luego desde la terraza qué tanto me atrevería a acercarme a la playa, e imagino que pensando que hay que ser necio del todo para dejarse empapar cerca del mar, cuando el agua te rodea ya por los cuatro puntos cardinales de la piel.

Lo que no sabes, es que en Agosto, a partir de la segunda quincena, muchas tardes solía llover, y que yo era especialmente feliz nadado, paralela a la costa, precisamente en esas tardes, cuando el agua hacía huir a los bañistas y me quedaba yo sola, inundada de mar entre mis piernas, y glotona de un agua dulce que recoger con mi boca.



No sabes tantas cosas…y es normal que sea así. No en vano hace sólo dos años que nos conocemos. Las tardes, y las madrugadas. Las estancias en tu casa o en la mía, nos han dejado hablar de unos pasados muy ricos, sí, pero imposibles de pormenorizar.

Los viajes, cuidando de mi rodilla, que parece ya el cuento de nunca acabar, nos han permitido compartir muchos recuerdos, muchos nombres de familiares, amigos y situaciones laborales, pero claro, ¿cómo puedes saber que me chifla bañarme cuando llueve?, ¿que soy agua entre las aguas de unas playas, o unos ríos que nunca son el mismo mar ni el mismo agua?. Inconvenientes de habernos buscado por tantos años hasta encontrarnos. No haber podido saber más de esas pequeñas manías o grandes fobias.

Jaja: te pareció absurdo mi pánico a los insectos. ¡Ellos tan pequeños y yo tan mayor!, pero ya ves, un día u otro tenías que saberlo, y fue en La Ciudadela aquella tarde , mientras una avispa burlona merodeaba alrededor de un seto protegiendo a unas rosas. Y te sorprendiste. Pues esto es algo similar. Habiendo pasado toda mi adolescencia veraneando en Comarruga, la sensación de la lluvia frente al mar, me hace latir en deseos de tocar la arena que va rompiendo cada ola, así que no podías saber que con bastón y paraguas, también llegaría a jugar con las olas muriendo en la orilla.



-       -    Claro que me  mojé. Tobillos enteritos, hago chop-chop te dije al entrar en la habitación del   hotel
-      -     Veo que al menos trajiste chanclas, respondiste.

Me preparaste un baño caliente y fuiste a buscar una chocolatina. “Traigo chocolate y besos”, dijiste desde la puerta del aseo.

Que nunca nos falten los besos, que no te canses de guardarlos para mí cuando no estamos juntos.

El resto ya lo conoces. Hoy tendré que salir de paseo contigo con calcetines bajo las chanclas, pero nos conoceremos un poco más. Y tú más tarde me enseñarás las fotos que me hiciste desde este balcón prestado.

Te dejo esto escrito mientras sales de baño. Iré bajando. Espero que hoy, como ayer, en  el buffet libre haya churritos. Te espero allá. 


viernes, 14 de octubre de 2016

Perfecta imperfección



Su mes de vacaciones sería perfecto para dejar atrás una imagen tan vista como anodina. Se había cansado de pasar desapercibida en toda reunión social. Su plan era simple: ponerse unas extensiones del mismo tono que su color natural, y dejarse practicar un implante de mamas. Y qué mejor que aprovechar este mes, dijo a su hermana, que es en el que ofrecían financiación sin intereses. El centro médico  se anunciaba en muchas paradas de bus, en esos  rectángulos para propaganda por toda la ciudad. Y Lucía los veía tanto  a la ida como a la vuelta de su trabajo como dependienta del Zara.

Le ofrecieron cita para una primera visita el día uno de mes, y mientras esperaba turno, pudo ver las paredes llenas de diplomas y asistencias a  congresos de quien sería su  cirujano. No tenía miedo a la anestesia, ni a la recuperación, porque ya se sabe..."que para presumir se ha de sufrir"

Los vendajes dolieron una eternidad y resultó más incómodo de lo que creía, pero al mes ya caminaba pudiendo mover los brazos sin dolor en las axilas. En ese tiempo le había crecido el pelo lo justo para ponerse unas extensiones. De cuarenta centímetros. Y de pelo natural. Carísimas, eso sí, pero por algo había trabajado como una burra. Así que salió de la peluquería saludando a una desconocida que le sonreía desde el espejo.

Hubo de comprarse sujetadores nuevos, y también unos deportivos especiales, porque cuando intentó volver a hacer running, el bamboleo de su delantera  le producía un  dolor que nunca había conocido. También hubo de comprar productos para el cuidado y mantenimiento de su nueva cabellera. Artefactos,  cremas, mascarillas y rizadores que consiguieron que el  proceso de arreglarse para ir a trabajar pasara de cinco minutos a media hora.

Tenía tantas ganas de enseñar su nuevo look, que deseaba acabar sus vacaciones la última semana. Al fin llegó el primer día de su vuelta al trabajo. En el bus notó ciertas miradas hambrientas de hombres, y de envidias femeninas, y se sintió como en volandas de una revista de moda. Todas las compañeras la felicitaron efusivamente, y alguna incluso miró su propio pecho, como para comparar. Puede que contribuyesen las plataformas de sus zapatos negros, en ese atuendo escogido para su reentré, pero  su ego se elevó un palmo y medio, o más, al confirmar que no pasaba desapercibida, sino que era admirada. ¡Y de qué forma, por algunos ojos viriles!

Lástima que se le enganchó el pelo al ayudar a subir una cremallera. Aquella prenda era dos tallas inferiores a las medidas de la clienta, pero lo solucionó yendo al aseo, y en un periquete. Se recogió la melena en un gracioso moño. Y así la siguió llevando en horarios laboral, para no tener percances indeseados.


Lástima también que su amigo, el primer fin de semana tras sus "vacaciones" le sugiriera hacerse una cola de caballo durante los preliminares orales del amor. Y luego le pisó el pelo con el codo, tras un gran polvo. Por supuesto, fue sin querer. Simplemente se giraba para mirar, bien apoyado, a la mujer hermosa que yacía junto a él.  Ya henchidos de amor con cama,  a Lucía le dolían ambos pechos, y su cabellera, una caricatura ahora, en el espejo, era un adelanto de lo que le costaría volver a colocar sus mechones y recobrar el aspecto natural de su melena de estreno.

martes, 11 de octubre de 2016

Deberes imposibles en otoño

De Google


Los niños duermen, son las 9,30 de la noche, y, como otras veces, le han dejado la urgencia de unos deberes para ella que ya verá si podrá cumplir. Está poniendo jabón en el estropajo de la pica de la cocina

No, si es que no hay manera. ¿Cómo voy a encontrar a estas horas la libreta que necesita llevar mañana?, a ver. Ya me dirás…sólo queda abierto Carrefour…y dime tú cómo les dejo para ir en coche a por la maldita libreta con anillas.

Si es que les digo mil veces que no dejen para el último momento lo que han de llevar al cole. ¿Es que no entienden que trabajando de tarde se hace imposible buscar en el último segundo? Les dan un papel…y ella mira…me lo da el mismo día, pero este crío…no hay manera. ¡Si hasta me entero de las excursiones la noche antes!, pues ya me dirás cómo va a llevar el chándal del cole limpio.

Que esa es otra. ¿Por qué narices han de ir con el chándal del cole?, en fin, que mucho concertada y que sólo da clase una monja, pero ojo qué tiparracas con la coña de su bata y su chándal  de las narices. Y feo. Porque es feo. Y mira…para ella no sirve el que le quedó chico a Pablo, porque lo cambian cada tres años. ¡No vaya a ser que un hermano pueda aprovecharlo!…qué morro tienen.

Claro, que también podían haber dicho en la lista de enseres lo de esta carpeta. Porque bien que dicen “tantas de papel cuadriculado, tantas de doble línea, tantos lápices…”¿y luego resulta que  al mes de cole ya estamos con que necesitan otra con anillas? Haberlo dicho ¿no?. Pero no. Les dan el papelito para dar a los padres y hale, tan panchas ellas.

Y esos deberes…pero si hace cuarto por Dios…¿no podían poner menos deberes? Tanto concertada, tanta excusa de que pagamos más porque están una hora más…¿ y no pueden hacer ese repaso en esa hora?. Todavía un día lo expongo en la reunión del AMPA porque…si hasta la nena tiene deberes…y hace P4, ¿qué quieren? ¿Que hagamos los padres de profes? Y mira…si hay padre, mientras uno vigila deberes otro hace cena y baños, pero así…lo ponen difícil las buenas monjitas de Dios.

En fin. Ya friego los platos, me ducho y a la cama. Con suerte, el quiosco de la esquina tenga alguna. Me suena que tiene lápices,… pues igual tiene alguna carpeta, aunque con cuatro anillas no sé yo… Y claro, la papelería que hay al lado del cole abre a las nueve. Qué tontos, por Dios. Eso sí, tienen todos los libros que piden cada fin de curso para el siguiente. Yo creo que sólo ellos los tienen en Julio, algún chivatazo, o “convenio”, digamos.
Qué cansada estoy. Creo que tengo más varices, ahora que me desnudo…sí. En el Zara me paso demasiado tiempo de pie. He de cambiar de turno, si no acabaré enferma, ya lo verás.
       
 Uff que ganas de ducharme y dormir. Mañana veré qué invento

Con lo chulo que es jugar sin hacer deberes!!!!

sábado, 8 de octubre de 2016

Pócima y azul


De Andrés 

Aníbal jugaba con las palabras desde que, en el instituto, confirmara que ninguna chica se fijaba en él. Con su gordura, y su cierta asimetría facial, hasta el espejo le gritaba que su cara no era normal. No es que se viera feo, es que lo era. Parecía fruto de una mala broma, o de una elucubración de un Dios de segunda mano. Sí, era diferente al resto de los mortales y eso le hizo introvertido y experto en buscar tácticas de conquistador, hasta llegar a inventar un bebedizo de amor que le echara una mano para conquistar a alguna alma gemela, bella, como la suya.

Una noche, adulto ya, se sintió, como otras veces, un auténtico chamán, y entre anuncios de turrones, mientras  todos por la calle andaban con preparativos navideños, se dijo que bien valía un amor de quita y pon que le devolviera la mirada azul de los estrenos. El efecto duraba poco, y era lo que más le gustaba de su pócima. Ese sabor dulce en los labios de ellas se acoplaba como horma a los zapatos, a sus palabras vestidas de gala y apremio, orladas  de promesa y eternidad.

Nuevamente, jugaba con las palabras, entre sonetos y chupitos, en la noche fría de la barra de un bar, frente a una mujer con pelo de Magdalena y ojos de Cleopatra. Con dos bromas bien trabadas y unos versos prestados, sobre el vasito de ella vertió unas gotas del líquido de su invención, como tantas otras veces. Era muy sencillo, y fruto de pruebas y errores. Consistía en el destilado de hojas laurel y alas de mariposa bajo la luna llena, por tres noches y ningún ingrediente más. Luego dejaba reposar el brebaje en su frasquito de cristal marrón, con tapón de cuentagotas. Esos recipientes los compraba en una tienda de aceites esenciales y flores de Bach.  Había diseñado otra pócima, sólo para él. Para olvidar los encuentros de amor impostado, tal vez forzados para ellas, pero que para él eran reales. Las amaba, de manera real e incontestable, y no quería tener el desvelo de buscarlas para recrear la dicha de sentirse amado.

Eva, esa jornada, vestía unos tejanos y un halo de tristeza. La soledad tenía la sombra más alargada por fin de año, cuando todos parecían tener la felicidad a sus pies. En sus pestañas la luna se había dormido por esa noche, y se entregó a escucharle dejándose amar a través de los sentidos. Tomados de la mano cruzaron la puerta y el aire navideño les hirió en los ojos. Las luces de la calle zigzagueaban en diversos tonos de azul, y sólo la esquina retenía un rondel blanco de un farol viejo, tan viejo, tal vez, como sus propias esperanzas.

La iluminaria de fiesta se reflejaba en los escaparates cerrados, mientras los tacones de Eva resonaban por la acera. Apenas circulaban coches, pero no necesitaban más que sus pies sobre las callejuelas, para sentir que la oscuridad estaba llena de vida por desenvolver.
Cuando en el cuarto de una pensión sin nombre se miraron, se reconocieron por primera vez. Se acariciaron mudos los cuellos, y sin dejar de besarse, fueron desabrochando botones, abriendo heridas y cerrando añejas cicatrices. En el primer asalto a un tren de mercancías caducadas, descarrilaron los vagones cargados de miedos y desesperanzas, que cayeron resbalando por el terraplén del pasado, dando vueltas de campanas. Desnudos, y con el pestillo echado, la sombra de sus cuerpos fue  derritiendo la luz mortecina de unas lamparitas imposibles. Justo cuando el mundo desaparecía con la eyaculación de él, se oyeron risas flojas y pisadas sin cuerpos. Era, casi con certeza, alguna pareja que trepaba ebria por la escalera de madera gastada. Seguramente sin remedio. Tal vez dejando inquieta a la carcoma de los sueños por buscar de las parejas efímeras y  de los besos usados.
En el segundo asalto adelantaron las pelvis y dejaron sin destinatario el respirar agitado y rojo de sus pulmones.

En cada beso ella relamía las palabras redentoras que él seguía inventando, desde su más profundo interior,  que se deshacía ahora en palabras blandas y firmes, tiernas y azules, entre sentimientos reales que le escarbaban las entrañas.

En cada beso, él buscaba la vida en la boca de Eva como el aire en la mañana que estaba por descubrir. Como un pez que boquea fuera del agua. Con el afán simple de sentirse vivo. Con cada embestida, ambos desafiaron a la muerte, sonriendo para sus adentros. Y es que se sentían vivos y amados, sin más que un presente lleno en sus espaldas. Se supieron lejos de la amarga desazón del gris marengo de la soledad de su día a día.

Acomodaron las cinturas de sus cuerpos nuevamente, luchando contra las manecillas de todos los relojes, en una carrera loca de suspiros mudos. Rebobinando el reloj, quedaron presos de esa nada donde quedarse prendidos del placer profundo y roto por otra tanda de contracciones y espasmos. En ese instante, mordieron cada uno su propio puño, ahogando el imparable grito de victoria sobre la muerte, mientras las sombras chinescas de sus cuerpos entrelazados, se deshacían en la pared desconchada.

En la mañana, cuando ella despertó, una botellita marrón vacía descansaba en la papelera del baño, pero en la mesita de noche,  junto a un poema de amor, sin firma, el sol que luchaba con las cortinas dejaba ver una rosa azul de invernadero. Aníbal no había llegado a dormir. Se había dado una ducha redentora y se había vestido sigiloso para enfrentarse a su reloj chapado de soledad. Pero se sentía diferente a otras madrugadas. Se sentía casi guapo ante el espejo del cuartito de hostal de medio pelo. Miró su cara dormida antes de cerrar la puerta, y en contra de todo pronóstico, palpó su bolsillo, como siempre, pero no  se decidió a sacar el frasco de la mañana después. Por una vez sentía que no habría hecho falta el bebedizo. Por una vez algo dentro de él gritaba que su estrategia de conquista había sido un exceso. Porque, por una vez, había sentido que esa mujer de una sola noche, debía ser la mujer de cada noche.

Habiendo descansado en su piso de soltero, tras explorar su corazón, encontró que no lucía su eterno gris deshilachado, sino que tras las hilachas, se entrevenía un corazón aventurero que exigía una respuesta a mil dudas. Al mediodía, cuando las mesas de la gente festejaban Navidad, decidió volver a la pensión para rescatar el nombre de ese amor que desafió a su miedo a ser desdeñado. Le costó unos billetes pero por el DNI podría localizarla, o tal vez asistiendo una y otra vez al bar de las melancolías donde se encontraron.

Eva se había despertado y leído el poema, un soneto perfecto para una noche tan corta como intensa,  mientras desnuda aún la rosa miraba hacia su melena. Sin resaca alguna, pudo rescatar de la memoria cada gesto de aquella cara difícil, casi cada palabra de ese hombre con algo de peso de más y cada caricia que le aplicara a su corazón amordazado. Se duchó recorriendo cada pliegue de su piel que besara y recorriese, y al fin se fue a su habitación de piso compartido con el poema doblado en cuatro y la rosa en su mano derecha, con la certeza de que, ese hombre esquivo, quedaría en su memoria como un paréntesis que no se podría reabrir.  


Pronto llegó el momento en que ella accedió a encontrarse con él, y ese día plantó un geranio en el balcón de ese piso de eremita, invocando a los dioses, para que, sin pócima alguna, ella pudiera amarle, sin imposturas, como aquella irrepetible noche.