sábado, 22 de octubre de 2016

Amores caros, amores fugaces

Interior del Palacio Güell. Barcelona. Foto de mi autoría


El divorcio de Paula le había dejado con el entrecejo fruncido, un sabor amargo en el paladar, y una cuenta corriente tan escuálida como la radiografía de un silbido.

El piso se lo quedaba ella, y Pablo debía pagarle la mitad, de poco en poco. Ese trato le permitiría alquilar un piso, con opción a compra, que aunque un poco anticuado, estaba en Sants, y le quedaría, por tanto, más cerca de su trabajo.

Quedó con su amigo Lucas, de hecho su único amigo, y la primera vez que se encontraron, tras el divorcio, en ese bar de la Diagonal,  sólo pudo explicarle, entre cervezas Coronitas, qué tanto le había dolido, pero en el fondo, qué tanto le aliviaba  dejar atrás esa historia de diez años de islas irreconciliables.

-      -  Y suerte que ella no se animó a tener un hijo. Porque habría sido muy duro para mi.
-     -   Si, menos mal. Porque igual habías sido un padrazo y ahora estarías hecho polvo.

Brindaron con una última jarra y quedaron en verse más asiduamente, como así fue.

Lucas le invitó a una exposición de talentos emergentes y allí le presentó a María Luisa Gracián, la decoradora de moda en Barcelona. Mujer alta, con una gabardina entallada con su cinturón y un look en blancos y negros que le dotaban de una elegancia que resaltaba su estilo sobrio y femenino. Del que quedó prendado, imposible negarlo, así como de sus manos, de pianista.

Como sin querer, le comentó sobre su piso actual, y de su deseo de reformarlo, aunque fuera un poco, para hacerlo más confortable. Y ella, encantada, se dispuso a visitarle para tomar medidas, y valorar, juntos, qué podían hacer para mejorarlo.
Ese día, ella con el metro en la mano, su cabello rubio recogido en un moño que a ratos sujetaba con el lápiz, tomaba notas sobre una libreta, y durante la comida, que pagó Pablo, le hizo ver un boceto de los cambios que ella imaginaba.

Entusiasmado porque esa reforma le permitiría estar con ella, aceptó encantado las ideas que plasmaba y explicaba, quedándose en cada minuto, más abducido por  su belleza,  y por su inteligencia,  práctica y elegante.

Ella le presentó un presupuesto un par de días más tarde, durante una merienda, que de nuevo pagó él, y luego aceptó hospedarse en un hotel sencillo pero muy cómodo que María Luisa le aconsejase, mientras durara la reforma.

Cuando la acompañó a tiendas de suelos, de mármoles y encimeras, de pinturas y de papeles pintados, verla así, vivaz y etérea, mientras se movía como pez en el agua, sólo consiguió enamorarle más y más, hasta que la invitó a su hotel con una excusa boba, y ella a aceptó, pasando una noche inolvidable.

Pablo ya había pedido dinero a sus padres para los primeros gastos de la reforma, pero cuando, ya acabadas las obras, ella insistió en tirar los muebles, un poco sí que se asustó. Irían de compras de mobiliario.  Ya lo creo.  Fueron, en efecto.

¡Y qué muebles!, todos ellos de diseñadores en alza. Cada pieza, cada silla, o mesita, complemento o simple percha, era una loa al buen gusto, a la simplicidad y a unos precios desorbitados.Pero ya él no se podía echarse atrás, y ella estaba "en el bote". Se imaginaba a los dos en su nido de  amor, a pesar de que ella vivía en un ático de Sarriá.

En el banco le concedieran una hipoteca sobre su casa, a quince años y con un interés muy bajo. Y sin saber cómo, se vio firmando una condena, justo a  tiempo para poder abonar la totalidad de esa reforma por amor, y lo que debía a sus padres.

Paula, por esas cosas de la vida, y de la crisis, tuvo que aceptar la realidad. Ella debía volver a casa de su madre, viuda y con espacio de sobra, porque le rebajaron el sueldo. El pacto cambió y ahora era  Pablo quien debía quedarse con el piso y pagarle a ella la mitad. Eso sí, firmando ante notario el compromiso mensual, porque, enterada de la relación de su ex con aquella decoradora de moda, no iba a dejar pasarle ni un mínimo retraso.

Poco después de inaugurar su nuevo piso, cual bombonera exquisita, María Luisa le comunicó que al fin se casaba con su novio de juventud, quien había reaparecido en su vida, y le rogaba asistiera a su boda, porque, según le dijo, habían tenido una relación inmejorable con él.

Él hoy busca inquilino para su piso de casado, paga a duras penas la hipoteca y el alquiler de la bombonera. A veces se retrasa en su pago. Sí, del pisito que acabó saliendo en las portadas de las revistas de decoración.

No hay amores baratos, es bien sabido, pero haciendo cuentas, esta pasión hacia la musa de Barcelona, le había salido muy caro.

8 comentarios:

  1. El amor idiotiza poniendo una venda en los ojos.
    Un abrazo.

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    1. Idiotiza o hace que se deje de hacer números. Porque, este caso es ficticio claro, pero hay amores muy caros, en el sentido crematístico y en el espiritual

      Un abrazo

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  2. Viendo lo que pasa llego a la conclusión de que las relaciones sentimentales deberían tenerse exclusivamente en hoteles, y cuando el amor desapareciera, chao...

    Besos.

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    1. Sería tal vez efímero, pero real y barato, visto lo visto.

      Un beso

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  3. Que complicadas son las relaciones y que elevado coste tienen :)
    Besos!

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    1. Es complicado convivir con uno mismo...
      muchas veces,
      muchos martes tras lunes,
      y muchos viernes tras jueves
      Así que eso de amores
      baratos o caros
      efímeros o largos,
      es una ruleta rusa
      a la que a veces jugamos

      Y a veces se gana, y a veces se pierde, pero de cada vivencia, se aprende. Un beso!!!

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  4. Por ciegos hemos pasado, cuando no presupuestamos entregándolo todo. Saludo cordial. Un placer leerte querida Alabada.

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  5. En ciegos nos trasformamos, qué cierto es, cuando unos ojos nis seducen por debajo de la línea de flotación de nuestra personalidad

    Un abraz, y gracias por pasar por este rinconcillo

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