martes, 18 de octubre de 2016

Dancemos. La danza, más que una forma de bailar

Tomado de internet

A raíz de la presentación del espectáculo de Sara Baras, “Voces”, en el Tívoli, de hace unos meses, me puse a pensar nuevamente en la relación entre  danza y la poesía, porque son disciplinas cuyas analogías nadie puede negar. Ya Paul Valéry, en su” Filosofía de la danza” trataba el tema a raíz de su admiración hacia “La Argentina” (Antonia Mercé i Luque, bailadora de flamenco de la época). Fue una conferencia impartida en  1936, y que sería luego sería publicada en forma de ensayo, y cuya lectura es altamente recomendable.
Trata de verificar que ambas disciplinas parten de la falta de un objetivo formal, en cuanto a la necesidad de comunicarse,  a través de la palabra, en el caso de la poesía,  o de los movimientos corporales, en el caso de la danza.

La poesía libera al hombre del servicio a la "utilidad". Y si recordamos que la palabra “prosa” proviene de “propsus”, ( “en línea recta”), el poema nos aleja de un tiempo real, recuperando un tiempo cíclico, danzando sobre el papel, en donde cada verso o cada estrofa, en su final, nos invita a un nuevo comienzo. Acaba prevaleciendo  la expresión por tanto, y no la función.

¿Para qué sirven la danza y la poesía, podrá preguntarse el prosaico que “va en línea recta”?. Precisamente para liberar al hombre de la necesidad de servir a un objetivo, celebrando, como con otras artes, que la vida sea celebración y gozo, además de planificación de líneas de llegada o metas.

La danza, no nos engañemos, tampoco tiene un fin especificado, aunque tenga un objetivo más o menos definido. Los movimientos, en animales y hombre, como caminar por ejemplo, están orientados a una meta, a un avance, a una narración, donde cada gesto obedece a un plan para llegar a un fin. Pero en la danza, al avanzar sin línea recta, no hay un tiempo pasado, ni movimiento ya hecho que dejar atrás, sino un transitar por un continuo presente renovado.

Así como las figuras alegóricas nos sirven para habitar el presente, en ambas disciplinas uno se pierde. Pero no como quien deambula o vagabundea, esas búsquedas de un propósito al que centrar el objetivo de la acción, sino que, danza y poesía se identifican  con un todo en un presente, donde palabra o verso está para celebrar la voz interna, y todo el cuerpo y no sólo una articulación está para plasmar el movimiento íntimo que  nacen desde adentro.

En la danza se recuperan movimientos de retroceso y de giro que serían considerados rémoras en una acción determinada por un  objetivo. Ese retroceder, o ese girar o incluso balancearse que acompañan al actor, crea el espacio propio y personal sobre ese espacio físico donde se mueve, al son de una música interior.
En la poesía ocurre algo parecido, y es el poeta quien construye su espacio, huyendo del que tiene y le es dado, que sí usa para su comunicación en prosa y sí que persigue un objetivo práctico y útil. Y no busca nada fuera de sí misma, pudiendo recrear una existencia que no se agota, porque no tenía una línea recta.

Es una negación de los caracteres de acciones prácticas, pues en la danza separa los caracteres de los movimientos, haciendo del cuerpo tantas transformaciones  y búsqueda de límites como el poeta cuando usa metáforas o antítesis, cual piruetas para plasmar el alma, usando rimas, o posturas, como lenguaje que nos aleja del mundo práctico, formando, si somos buenos en ello, un universo particular. Exactamente ese lugar  privilegiado que nos atrevemos a compartir.

Hubo un chileno, Luis Sergio Cáceres Toro (1923-1946), que destacó en ambas disciplinas. Sobre él, el historiador  Luis G. de Mussy dice que le llamaban «el delfín», y que fue poeta, bailarín del Ballet Nacional Chileno, pintor y un excelente creador de collages y fotomontajes. 

Hay seres dotados de una inteligencia artística tan notable que pueden ser verdaderos ejemplos de cuántos universos recreados pueden habitar en un solo ser humano, pero la verdad es que siendo destacado bailarín o poeta ya debe saber uno por satisfecho, imagino , sin necesidad de pinceles o cámara de fotos. Pues construye un mundo sin más elemento físico que su propia voz interna. Y debe ser una sensación de plenitud inigualable.

Hablamos, en ambas disciplinas, de ritmo, y ésa es la palabra  clave… pero ¿si un verso es rítmicamente yámbico, por ejemplo, las caderas se han de mover de tal modo, y si son versos alejandrinos,  los movimientos serán exactamente la mitad más largos que si el poema es una décima hecha de octosílabos?. Pues  no hay reglas. Porque se opera desde lo pulsional. Y de hecho, hasta Sara Baras, en este homenaje a desaparecidos genios del flamenco, o algunos poetas emergentes, buscan en el espectador (o el lector) a un cómplice para una experiencia estética, pero no desde la formalidad, sino desde la única dimensión rítmica libre, desde la pulsional.

Como danza realmente generadora de universo, me quedo con El Bolero de Ravel, en ese final de película “Los unos y los otros”, donde remata, de una forma alegórica, una trama dramática como el mejor broche final para un film (con Jorge Donn). ¿Quién no vibra con esa melodía interna que nos recorre con su audición?. ¿Quién no construye un universo in crescendo en su alma al ver a los danzantes de tal danza, o con Amor brujo, por ejemplo?

El arte, esa actividad nada práctica y sólo humana, es la expresión poética de la voz interior elevándose  al más allá, desde un pragmático y gris "más acá".


2 comentarios:

  1. La película Los unos y los otros la he visto cuando era niña, y he de decir que me impresionó bastante, y cuando escucho el bolero de Ravel, aún me vienen a la mente imágenes del film. Aunque es indiscutible el maravilloso baile del final....

    saludos

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    1. Me alegra que ese último fragmento de mi texto te haya regresado a unas imágenes por recordar con agrado. El ritmo, la música, como n mantra, es una pulsación que se nos contagia

      Un saludo

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