viernes, 14 de octubre de 2016

Perfecta imperfección



Su mes de vacaciones sería perfecto para dejar atrás una imagen tan vista como anodina. Se había cansado de pasar desapercibida en toda reunión social. Su plan era simple: ponerse unas extensiones del mismo tono que su color natural, y dejarse practicar un implante de mamas. Y qué mejor que aprovechar este mes, dijo a su hermana, que es en el que ofrecían financiación sin intereses. El centro médico  se anunciaba en muchas paradas de bus, en esos  rectángulos para propaganda por toda la ciudad. Y Lucía los veía tanto  a la ida como a la vuelta de su trabajo como dependienta del Zara.

Le ofrecieron cita para una primera visita el día uno de mes, y mientras esperaba turno, pudo ver las paredes llenas de diplomas y asistencias a  congresos de quien sería su  cirujano. No tenía miedo a la anestesia, ni a la recuperación, porque ya se sabe..."que para presumir se ha de sufrir"

Los vendajes dolieron una eternidad y resultó más incómodo de lo que creía, pero al mes ya caminaba pudiendo mover los brazos sin dolor en las axilas. En ese tiempo le había crecido el pelo lo justo para ponerse unas extensiones. De cuarenta centímetros. Y de pelo natural. Carísimas, eso sí, pero por algo había trabajado como una burra. Así que salió de la peluquería saludando a una desconocida que le sonreía desde el espejo.

Hubo de comprarse sujetadores nuevos, y también unos deportivos especiales, porque cuando intentó volver a hacer running, el bamboleo de su delantera  le producía un  dolor que nunca había conocido. También hubo de comprar productos para el cuidado y mantenimiento de su nueva cabellera. Artefactos,  cremas, mascarillas y rizadores que consiguieron que el  proceso de arreglarse para ir a trabajar pasara de cinco minutos a media hora.

Tenía tantas ganas de enseñar su nuevo look, que deseaba acabar sus vacaciones la última semana. Al fin llegó el primer día de su vuelta al trabajo. En el bus notó ciertas miradas hambrientas de hombres, y de envidias femeninas, y se sintió como en volandas de una revista de moda. Todas las compañeras la felicitaron efusivamente, y alguna incluso miró su propio pecho, como para comparar. Puede que contribuyesen las plataformas de sus zapatos negros, en ese atuendo escogido para su reentré, pero  su ego se elevó un palmo y medio, o más, al confirmar que no pasaba desapercibida, sino que era admirada. ¡Y de qué forma, por algunos ojos viriles!

Lástima que se le enganchó el pelo al ayudar a subir una cremallera. Aquella prenda era dos tallas inferiores a las medidas de la clienta, pero lo solucionó yendo al aseo, y en un periquete. Se recogió la melena en un gracioso moño. Y así la siguió llevando en horarios laboral, para no tener percances indeseados.


Lástima también que su amigo, el primer fin de semana tras sus "vacaciones" le sugiriera hacerse una cola de caballo durante los preliminares orales del amor. Y luego le pisó el pelo con el codo, tras un gran polvo. Por supuesto, fue sin querer. Simplemente se giraba para mirar, bien apoyado, a la mujer hermosa que yacía junto a él.  Ya henchidos de amor con cama,  a Lucía le dolían ambos pechos, y su cabellera, una caricatura ahora, en el espejo, era un adelanto de lo que le costaría volver a colocar sus mechones y recobrar el aspecto natural de su melena de estreno.

6 comentarios:

  1. Nunca se está contento con la propia imagen, hasta que vemos que es la mejor para nosotros.
    Un beso.

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    1. Esa es la gracia. Al final, nariz, pechos y ojos nos acaban tocando los que nos sientan mejor...pero díselo a las adolescentes!

      Un beso

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  2. Tonterías propias del género humano.
    Un abrazo.

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    1. Necedades del primer mundo, sobre todo.

      Un abrazo

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  3. Son cosas de juventud, cuando no se está agusto con la imagen, pero ya se darán cuenta que es más importante el valor humano que la fachada exterior, aunque también es importante estar agusto con uno mismo.

    Un beso enorme, preciosa y feliz domingo ya.

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    1. Imagino que luego uno, as siempre "una", acaba por verse armoniosa y guapa ene le espejo. Cuanto menos hasta que la adultez de los sesenta o cincuenta nos llevan a volver a mirar, con ojo crítico, fladicedes, arrugas o barrigas

      Pero si uno no se acepta como él...quién le aceptará, no?

      Un beso, dulce María

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.